Capítulo 5 Desayunos incómodos y Ezequiel

Una muchacha puso la bandeja con el desayuno sobre la cama con dos tazones humeantes y algunos panecillos. Arianna se sentó adormilada, con el pelo alborotado como un huracán, cuando tocaron la puerta que interconectaba con la habitación de Taedore.

—Voy a pasar —anunció el príncipe, y ella hizo el intento nervioso de alisarse la rebelde cabellera.

Entró con pasos firmes y se paró junto a la cama. —Espero no molestar con mi presencia, pero no dejo de pensar... —vaciló—. ¿Durmió usted bien?

La pregunta le hizo recordar la cita de ensueño. Miró los ojos grises del joven y se sonrojó al descubrirse observada.

—Sí.

Taedore percibió su silueta marcada por la ropa y evitó ser descubierto agarrando un panecillo de la bandeja. Vio con vergüenza el sofá desterrado a un rincón, partido en dos, testigo de un arrebato casi pecaminoso. Aquel cuarto se volvía demasiado pequeño para contenerlos.

Arianna trató de beber un sorbo de su leche caliente, pero apartó la boca del tazón al quemarse los labios.

—¡Ay, por Dios! ¡Quema!

Taedore se levantó como resorte y examinó sus labios, tocándolos con suavidad.

—¡Demasiado caliente! Ten cuidado.

Se miraron muy de cerca, los alientos contenidos, las bocas anhelando un roce, pero ella escapó bajando de la cama, cubriéndose la boca con pudor.

—Me gustaría saber qué otras cosas esperar de este mundo tan diferente al mío —huyó—. Y está ese otro tema...

Taedore le prestó toda su atención, caminando hacia ella.

—La escucho.

—Aún no comprendo por qué deberíamos casarnos. No tienes que hacerlo.

Él la miró perplejo.

—Además, quisiera regresar a casa. ¿Cree que podría?

—¡Qué terca eres, mujer! —se enojó—. ¿Cómo pretendes irte de palacio con un heredero real dentro tuyo? ¡Eso es imposible!

—Mire, señor príncipe, yo no sería una buena esposa para usted, y claramente su madre tiene otros planes para el futuro del reino.

—¡Nuestra familia es honorable! ¡No abandonamos a nuestros descendientes, y nos responsabilizamos por nuestros errores!

—¡Eso, señor mío! —se enojó Arianna—. ¿Lo ve? ¡Hasta usted se da cuenta de que ha sido un error!

—No quise decir eso así —se disculpó.

—¡Yo sé cuidarme sola! —se levantó y salió de la habitación.

—¡Arianna! —casi fue tras ella, arrepentido de sus palabras.

Ella volvió a entrar al darse cuenta de su propia ropa, y lo invitó con la mirada a salir de allí. A Taedore no le quedó más remedio que irse.

Los jardines de Arberik eran fascinantes, y Arianna se maravilló al verlos de cerca: flores de colores hermosos cuya fragancia, no sabía si por su embarazo, era el doble de estimulante que cualquiera de la Tierra.

—Podría acostumbrarme a esto —se agachó para verlas mejor.

Una joven apareció a unos pasos de ella: rubia, resplandeciente, de rasgos delicados como salidos de un fresco antiguo. Taedore salió a su encuentro con una sonrisa amplia, y conversaba con ella con una familiaridad que a Arianna le supo a complicidad de enamorados.

—Lo sabía. Este príncipe ya tenía sus planes. Y yo no sirvo para ser la tercera punta de un triángulo amoroso. _ Dio media vuelta y se alejó con pasos rápidos.

Decidió salir del castillo sin anunciarlo a nadie, con una capa para ocultar su identidad.

—Siempre quise disfrazarme para huir, como en las novelas de época —rio con picardía.

Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Y, sobre todo, necesitaba encontrar alguna manera de averiguar si existía un camino de regreso a su mundo, a su consulta, a su vida ordinaria de úteros y bebés que, por primera vez, empezaba a añorar con una intensidad sorprendente.

Detrás de ella, una mirada la observaba a cierta distancia desde las sombras.

El pueblo que rodeaba el castillo era pequeño y pintoresco. Arianna caminó entre los puestos del mercado, escuchando fragmentos de conversaciones en un idioma que, por alguna razón, entendía perfectamente.

Se detuvo a descansar, y entonces lo vio: detrás de uno de los puestos, sentado sobre un barril con la elegancia despreocupada de quien es dueño absoluto de su tiempo, un gato completamente blanco, de ojos rojos como rubíes, que la observaba con un interés inusual.

—Vaya, vaya —dijo el gato, con una voz grave y perfectamente audible—. Pero si es la forastera besadora de príncipes. Eres toda una celebridad en palacio. Miau.

—¿U... un gato me está hablando a mí? —Su rostro parecía aterrado.

Nadie más prestó atención al parlanchín.

—No veo a nadie más por aquí capaz de escucharme, así que sí, evidentemente. Me llamo Ezequiel Gato, Miau. Y solo tú puedes escucharme; al parecer tu bebé me eligió como guardián. Agotadora tarea, si me preguntas.

—¡Esta tierra es de los imposibles!

—Te acostumbrarás. —Saltó del barril con gracia felina—. Aunque, por su cara, diría que tiene algo más en la cabeza que mi encantadora presencia. ¿Problemas de príncipe?

Arianna se sentó en un muro de piedra cercano.

—En mi mundo no te embarazas de un beso. Y ahora estoy perdida en uno mágico, con gatos que hablan. ¿Acaso soy Alicia? —suspiró, dejando caer los hombros.

—Un problema de identidad, miau.

—Solo quiero saber si hay alguna forma de volver a casa, Ezequiel. Tengo una vida allá y quiero volver.

El gato guardó silencio un momento.

—Hay caminos entre los mundos —dijo, por fin, con un tono más serio—. No son fáciles, ni están libres de peligro, pero existen. Si de verdad quiere buscar uno, quizás debería preguntarse algo antes.

—¿Qué cosa?

—Si de verdad quiere irse. O si solo está huyendo de algo que empieza a asustarla mucho más que cualquier portal mágico. Miau.

Arianna no supo qué responder. Ezequiel ya se había puesto de pie, estirándose con total despreocupación.

—Piénselo, forastera. Pero el precio de dejar este mundo quizás no le guste.

—¿Qué podría pasar?

—Perdería el regalo en su vientre. Un embarazo mágico no puede desarrollarse en su mundo. Tendría que renunciar a él.

—¿Renunciar al bebé? —Se entristeció muchísimo. En su mundo sus ovarios eran asesinos de espermatozoides; aquí era diferente. ¿Qué debería hacer?

Arianna se quedó sentada en el muro un buen rato, con el corazón enredado: la idea de perder esta oportunidad era más aterradora que cualquier tornado o cualquier magia.

Epílogo

Ezequiel estaba a punto de devorar a un pequeño roedor que suplicaba por su vida.

—¡No me coma, poderoso Ezequiel! Puedo canjear mi vida por información de la vida de palacio.

—¿Y por qué cambiaría mi desayuno por puros rumores de roedores? Miau.

—¿No sabes que hay humanos que cuidan a sus mascotas y las alimentan? Con información crucial puedes tener muchas puertas abiertas en Arberik.

Ezequiel lo pensó brevemente y bajó al ratoncillo.

—Veamos qué tan provechoso es tu rumor, pequeño bocadillo... rrrr.

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