Capítulo 6 El secreto de los sueños

Ezequiel conocía cada rincón del pueblo con la familiaridad de quien lo ha recorrido durante años sin que nadie se moleste en preguntarle cómo ni por qué, así que sabía el lugar perfecto donde pernoctar: una casona a la salida del pueblo, vacía desde hacía algunos días tras la muerte de su propietario.

Arianna entró aterrada, pero pese a sus pocas expectativas, encontró la casa bastante decente; aún conservaba el calor de haber sido habitada hacía poco.

—Solo hay que encender la estufa y ver si en la alacena quedan algunos granos. Miau. —afirmó Ezequiel con elegancia—. Y hacer algo de pan.

—Gracias, Ezequiel —sonrió—. No sé cómo agradecerte.

—Ya habrá tiempo para que retribuyas mis servicios... rrr —sonrió con algo de picardía.

Se sentó en una vieja butaca y lo miró fijamente.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó—. No tienes ninguna obligación conmigo.

—Ya se lo dije. Su bebé me eligió como guardián. —El gato bostezó, mostrando una hilera de dientes pequeños y afilados—. Y, para ser sincero, no tenía nada mejor que hacer estos días y me aburría enormemente.

Ella sonrió, admiró su pulido pelaje frente a las llamas recién encendidas, se acurrucó allí mismo y cerró los ojos en busca del sueño, sin saber que aquella noche estaba a punto de desatar, en el castillo, un caos que ella ni siquiera imaginaba.

La sirvienta designada para atender a Arianna llegó temblando frente a Taedore.

—¡No está! ¡La señorita no está!

—¿Cómo que no está? —La voz del príncipe resonó por el pasillo con una fuerza que hizo temblar los candelabros—. ¡Cassian!

El escudero llegó corriendo, y apenas tuvo tiempo de abrir la boca antes de que Taedore lo sujetara por los hombros con urgencia, elevándolo del suelo.

—¡Búscala! ¡Ahora! En cada rincón del castillo, en los jardines, en los establos, en cualquier lugar donde pueda haberse escondido.

—Alteza, la voy a buscar, se lo prometo, pero necesitaría que me soltara, porque mis pies ya no tocan el suelo.

Taedore pareció despertar de golpe, mirándose las manos con la misma expresión de horror del episodio del sofá, y soltó a su amigo de inmediato.

—Cassian. Lo siento. Yo no...

—Está bien, alteza —el escudero se sacudió la ropa, más divertido que ofendido—. No es la primera vez que casi me convierte en decoración de techo esta semana.

—Esto no es gracioso. No puedo controlarlo. —Taedore se pasó las manos por el cabello, con una desesperación que iba mucho más allá de la fuerza física—. Cada día que pasa es peor. Y ahora ella ha desaparecido, y no sé si quiso escapar de mí, o si algo le ha ocurrido, y la sola idea de que pueda estar en peligro me hace sentir que voy a partir la mitad del castillo con las manos desnudas.

Cassian le puso una mano en el hombro, con la confianza que solo da una amistad de años.

—Entonces vamos a encontrarla, alteza. Juntos. Pero le sugiero que, la próxima vez que sienta ganas de sujetarme, me avise antes.

—Organizaré una búsqueda discreta —continuó—. No podemos permitir que la reina se entere. Su madre acabaría conmigo, y usted estaría en serios apuros.

—Mi madre —repitió Taedore, con un suspiro que contenía todo el peso de aquella palabra— es precisamente parte del problema.

La búsqueda discreta no dio resultados aquella tarde, y cuando por fin se retiró a su habitación, agotado, Taedore se recostó con la firme intención de encontrarla en sueños, tal como había ocurrido la primera noche.

Cerró los ojos. Buscó el jardín imposible, la fuente de agua plateada, pero ella no apareció; apenas pudo dibujar una silueta que se desvanecía al instante. Sus temores de haberla perdido le hicieron escuchar aullidos de lobos y risas maliciosas. La desesperación lo inundó, y despertó sobresaltado.

Arianna, por su parte, no pudo conciliar el sueño: llevaba horas mirando el techo, la cabeza llena de preguntas sobre el bebé, el reino, aquel hombre de ojos grises que la hacía sentir cosas que ninguna teoría médica lograba justificar. Sin sueño, no había jardín. Sin jardín, no había manera de que Taedore la encontrara.

De madrugada, Taedore se levantó con la decisión de salir a buscarla por el bosque.

—¡Debo buscarla!

Bajó las escaleras con premura, imaginando cuántas cosas podrían pasarle: perdida, herida, atacada por alguna criatura, raptada por quién sabe qué enemigo. No estaba de humor para la prudencia.

—¡Cassian! —gritó—. ¡Trae mi espada!

Ottilia le salió al paso, serena y un poco divertida, y los llevó de vuelta a la habitación de la joven.

—Ottilia. Ha desaparecido. Llevo horas buscándola y no la encuentro...

—¿Ya intentó buscarla dormido? —La sanadora sonrió, esa sonrisa suya que sabía demasiado y decía demasiado poco.

—¿Cómo que dormido? Acaso...

—Alteza, ha llegado el momento de que alguien le explique correctamente lo que le está pasando, antes de que termine derribando medio bosque en su desesperación. —Le indicó con un gesto que se sentara—. El vínculo que se ha formado entre usted y Arianna no es solo físico, ni solo mágico en el sentido que usted imagina. Es, sobre todo, un puente que permite que sus mentes se encuentren mientras ambos duermen, en un espacio que la magia crea especialmente para ustedes dos.

—Pensé que solo eran sueños...

Cassian observaba la conversación con cierta indiscreción y complicidad.

—Ese puente solo se construye cuando ambos están dormidos al mismo tiempo, y en calma. Si uno de los dos no logra conciliar el sueño, el puente simplemente no se forma. Quizás deba volver a dormir para encontrarla en algún momento de la noche.

Taedore procesó aquello con el mismo alivio de un condenado que recibe un indulto inesperado.

—Entonces podría encontrarla.

—Sabría de estos datos si se hubiera casado, como manda la ley de Arberik —continuó Ottilia—. Este conocimiento se entrega a cada pareja el día de su boda, como parte de las enseñanzas que preparan a los esposos para toda una vida de vínculo compartido. Normalmente, no debería saber nada de esto hasta su propia noche de bodas. Vuelva a dormir, alteza. Si de verdad quiere encontrarla, empiece por calmar ese corazón suyo antes que su magia.

Taedore miró la cama vacía de la muchacha y pidió que lo dejaran solo.

—Te voy a encontrar, Arianna. Juro que lo haré. —se acostó sobre las almohadas y sintió su perfume.

Extra

Arianna logró descansar brevemente. Se encontró en la fuente, el lugar idílico donde se habían conocido en sueños. Sintió pasos detrás de ella, y al voltearse, sobresaltada, vio a un hombre apuesto de ojos rojos y cabello blanco que le sonrió y le besó la mano.

Fueron apenas unos segundos, interrumpidos por el estrépito de una brasa en la estufa. Frente a ella estaba Ezequiel, mirándola fijamente con sus grandes ojos. Se quedaron en silencio.

—¿Ezequiel?

—Roncas mucho, forastera —dijo él, dándole la espalda, y escapó al tejado por una ventana.

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