Capítulo 7 ¿Dónde estás?
El estanque apareció ante Taedore como un espejo de plata quieto entre los árboles, rodeado de un silencio tan denso que parecía tener textura propia, y junto a él, sentada con las rodillas recogidas contra el pecho, estaba Arianna, con la mirada perdida en su propio reflejo.
No lo escuchó llegar, pero vio su imagen en el agua.
—¿Dónde has estado? —preguntó Taedore, acercándose despacio, mientras ella se ponía de pie y saludaba con la mano.
—¿Qué tal? —dijo, casi con alivio—. Te veo demasiado a menudo...
—Te he buscado por todos lados.
—Hui —le dedicó una sonrisa pequeña, cansada.
Taedore se acercó y le tomó la mano.
—¿Por qué huirías de mí? ¿Acaso te ofendí en algo?
—Quizás me gustas y estoy celosa —escondió el rostro, avergonzada de su propio atrevimiento, como si el subconsciente la hubiera traicionado, obligándola a confesar en sueños lo que jamás se habría atrevido a decir despierta.
—¿Celosa? —sonrió con picardía.
—Bueno...
—¿Quién podría hacerte dudar de mi honor? —le tomó la barbilla.
—Una hermosa dama que lo hizo sonreír —él recordó su encuentro con Cintia Lulubbeli y sonrió, porque para él no había sido un hecho relevante.
—Creo que le sienta bien su presencia; yo no soy del agrado de la nobleza de este reino, y mi presencia podría haber interrumpido algo con ella.
—¿Dónde estás?
—Lejos —respondió ella, sin mirarlo—. Lejos de la corte, del protocolo, de tu madre y sus planes. Escapé, Taedore. De esta relación que ninguno de los dos eligió.
—Debes regresar. —La voz de él se tensó, cargada de una urgencia que ni el propio sueño lograba suavizar del todo—. Por nuestro bebé. Hay peligros en todas partes, y no soportaría que algo te ocurriera.
—No lo sé... —lo interrumpió, con dudas—. No he decidido nada.
Taedore cerró los ojos, tragándose la réplica que le subía por la garganta.
—Al menos dime dónde estás. Necesito saber que estás a salvo.
—Estoy con mi guardián —sonrió.
Fue entonces cuando Taedore la vio: una pequeña silueta blanca, apenas visible entre los pliegues del sueño, acomodada sobre el regazo de Arianna como si aquel fuera su lugar de siempre.
—¿Un gato? —frunció el ceño—. ¿Ese es tu guardián?
—Es una larga historia.
—Necesito que vuelvas —titubeó, buscando las palabras correctas—. Te necesito de verdad. —Sus ojos se encontraron de una forma sorprendente. ¡Qué ojos tan hermosos tenía Arianna! ¿Acaso no los había notado así antes, o era solo el embrujo del sueño?
—¿Me necesitas? —se sorprendió, y él se acercó más, tomó sus manos con fuerza y las besó con ternura.
—Tengo miedo, Taedore —admitió ella, con la voz quebrándose apenas— Miedo de quedarme y perderme a mí misma en un reino que no me quiere. Miedo de irme y perder lo único que siempre creí que no podría tener. Y tengo miedo, sobre todo, de lo que siento por ti, porque no tiene ningún sentido sentir algo tan fuerte por un hombre al que conozco desde hace apenas unos días.
—A mí tampoco me hace ningún sentido —confesó él, con una sinceridad que solo el sueño parecía permitirle—. Y sin embargo, aquí estoy, deseando verte.
Arianna esbozó una risilla tímida. Él dio un paso más, y sus labios casi se juntaron cuando ella desapareció como el viento, en un suspiro.
Taedore dejó caer los brazos, vencido por la angustia, y miró el lugar vacío, con el pecho cargado de un anhelo terrible.
—No te vayas... sé mi esposa. —La súplica quedó flotando en el jardín vacío, sin nadie que la escuchara salvo él mismo.
Arianna abrió los ojos, húmedos de nostalgia, lamentando que solo fuera un sueño. El joven era tan atento, tan honorable y galante. ¡Qué difícil era encontrar hombres así en la Tierra! Quizás quedaran unos pocos, pero ella nunca había podido encontrar el suyo allí.
La mañana llegó con una luz fría y gris que se colaba por los ventanales, y Ottilia se encontraba de pie frente a Yseult, que llevaba toda la tarde con el semblante de quien ha decidido, de una vez por todas, dejar de fingir paciencia.
—¿Todavía no hay noticias de su paradero? —preguntó la reina, mientras era asistida para vestirse.
—Ninguna, majestad. Cassian y sus hombres han buscado discretamente, pero la muchacha parece haberse esfumado.
—¡Qué inconveniente! —La reina dejó los documentos a un lado, con un suspiro que sonó más a cálculo que a preocupación genuina—. Debo serte franca, Ottilia: mi interés en esta situación nunca ha sido la muchacha en sí. Es mi nieto lo que me preocupa. El heredero de Arberik, creciendo sin supervisión, en algún rincón del reino que ni siquiera podemos identificar.
—Es comprensible, majestad.
—He estado considerando otra alternativa. —La reina se acercó a la sanadora—Existe un procedimiento, ¿no es así? Una forma de trasladar el embarazo a otro vientre, una vez cumplidos los primeros cuatro meses, para completar la gestación en condiciones más controladas.
Ottilia sintió que se le helaba la sangre, y tuvo que esforzarse para mantener el rostro sereno ante su reina.
—Majestad, ese procedimiento existe, sí, pero es sumamente peligroso. Muy pocas sanadoras en toda la historia de Arberik se han atrevido a intentarlo, y no todas obtuvieron buenos resultados. El riesgo para la criatura, e incluso para la madre portadora, es considerable.
—Pero es posible.
—Sí, pero...
—¡No hablemos más! De este tema, ni una palabra a Taedore. —Miró a su mucama con ojos violentos—. ¡Ni una palabra!
—¡Sí, señora! —la sirvienta bajó la cabeza, nerviosa.
Pero cuando la sanadora se retiró aquella noche hacia sus propios aposentos, con el peso de aquel secreto instalado en el pecho como una piedra, no pudo evitar pensar que, tarde o temprano, algún hilo de aquella trama terminaría por deshacerse, y que cuando eso ocurriera, ni la reina ni nadie en el castillo estaría preparado para las consecuencias.
Extra
Ezequiel observaba el sueño de Arianna. Se veía tan dulce dormida, sus ojos enormes parecían querer descifrar el sueño que ella tenía. Estaba concentrado cuando vio lágrimas, y salió de su hipnosis gatuna, sobresaltado.
—¡¿Por qué es tan tonta esta humana?! —Caminó unos pasos, subió a un estante y dejó caer con toda malicia unos libros al suelo, que terminaron por despertarla— Rrrr... ¡Ups! —sonrió.
—¿Taedore? —Arianna se sentó de golpe, sobresaltada.
