Capítulo 8 Encuentros agitados

La mañana entró por la ventana de la casona con una luz tibia y dorada que hacía brillar el polvo suspendido en el aire, dándole al cuarto un aire casi irreal, y Arianna, sentada en el borde de la cama deshecha, llevaba ya un buen rato atándose los mismos cordones de los zapatos, sin lograr concentrarse en la tarea más de dos segundos seguidos.

Una imagen no salía de su mente: Taedore diciéndole que la necesitaba, aquel intento de beso interrumpido por su propio despertar, el vacío que había sentido al abrir los ojos y descubrir que todo había sido, otra vez, solo un sueño.

Ezequiel, tumbado sobre el alféizar con la parsimonia habitual, la observaba con una mezcla de fascinación y hartazgo.

—¡Ay, por Dios! ¡Termina de una vez, mujer!

Arianna levantó la vista, sobresaltada, y no pudo evitar sonreír, traviesa.

—¿Puedes creerlo? Ahora fantaseo con el príncipe. —Se rió de sí misma— Me siento una tonta, enamorándome de él unilateralmente y teniendo sueños subiditos de tono.

—No hace falta que abundes en ello —protestó Ezequiel, erizando el pelaje— No quiero escuchar.

—Pareces un anciano gruñón.

Y sin embargo, entre broma y broma, algo se había ido tejiendo entre ambos durante esos días: una complicidad extraña, la de dos criaturas fuera de lugar que habían decidido, sin proponérselo del todo, hacerse compañía.

—¿Y ya decidiste qué vas a hacer con tu huida? —preguntó él, con un tono más serio.

Arianna suspiró, y la sonrisa se le apagó despacio.

—Es un hecho que quiero a este bebé. Llevo tiempo queriéndolo, esperando un milagro que nunca llegaba. —Su voz se volvió más pequeña— Pero la reina no me ve con buenos ojos, y no me siento cómoda con un triángulo amoroso que involucre a la realeza. Ya estuve ahí. En un matrimonio tortuoso e infiel.

Ezequiel se irguió de golpe, con las orejas hacia adelante.

—¿¡Así que ya estuviste casada!? —exclamó— ¡Eres toda una dama vivida! —Y con malicia, añadió—: ¿Y aún así te embarazas de un príncipe virgen? ¡Qué traviesa, forastera!

—¡Eres terrible, Ezequiel! —Arianna soltó una carcajada— Me expones como una devoradora de hombres inocentes.

—Miau. Es evidente que el príncipe es un novato en esos ámbitos. —Se relamió con deleite— Me pregunto qué podrías enseñarle a su alteza real sobre los matrimonios de otros mundos.

Aquello encendió algo en la mente de Arianna, que se acomodó mejor en la butaca, apoyando la barbilla en la mano con un interés repentino.

—Eso me lleva a una pregunta interesante. —Señaló con el dedo, con una risa picarona—. Si un beso es la forma de concebir aquí, ¿acaso no utilizan...?

Ezequiel se escandalizó, a punto de caerse del alféizar.

—¡MIAU! Mejor no imaginar a qué te refieres.

—Vamos, señor guardián. ¿Eres un gato pudoroso ahora? —bromeó ella— Solo quiero saber. En mi mundo hay cosas bastante más cercanas que los besos.

El gato saltó hasta lo alto de una ventana, con el horror despavorido de quien preferiría no haber escuchado nada.

—Veo que estás demasiado interesada en los asuntos de alcoba de este mundo. Cuando determines qué dirección vas a tomar, me avisas.

Y desapareció por la ventana, dejando a Arianna sola con la pregunta todavía en la punta de la lengua.

Taedore salió del castillo aquella misma mañana, acompañado de Cassian, con rumbo al pueblo. Los gatos, razonó mientras cabalgaba, son animales domésticos: no estaría durmiendo entre los árboles del bosque, sino cerca de gente, de casas, de calor humano. Deseaba, con una intensidad que le apretaba el pecho, que Arianna estuviera en algún lugar seguro, resguardada de cualquier peligro que su imaginación, cada vez más desbocada, insistía en inventarle.

Al llegar, desmontaron frente a la posada y amarraron los caballos junto al abrevadero. Las calles se llenaron de murmullos apenas la gente reconoció al príncipe, pocas veces visto tan informal y con tan poca escolta, y las mujeres jóvenes se detenían a mirarlo pasar, cuchicheando entre ellas.

Dentro, el dueño se acercó con una reverencia apresurada.

—¡Alteza! ¿Cómo puedo servirle?

—Necesitamos información —dijo Cassian, sin rodeos—. ¿Ha visto a una forastera pelirroja?

—Es muy diferente a las otras doncellas —añadió Taedore, recordando el detalle del sueño— y anda con un gato.

—¿Con un gato? —El posadero frunció el ceño.

Fue su esposa quien se acercó, secándose las manos en el delantal.

—Si es un gato blanco con aires de grandeza, quizás sea Ezequiel. Es pomposo y muy metiche, siempre anda por el pueblo cerca de las doncellas. Ayer andaba con una chica pelirroja. Ambos se dirigían al caserón del difunto señor Elver.

Taedore no esperó a escuchar más. Salió con una premura que apenas le dejó tiempo para agradecer. ¿La había encontrado?

Ezequiel llegó corriendo a la casona, con una velocidad que no era en absoluto propia de su habitual desgano.

—¿Ya decidiste qué hacer? —preguntó, sin aliento— ¡Hay poco tiempo, él está aquí, forastera!

—¿Cómo me encontró?

—¡Corre, humana!

Pero no hubo tiempo. Justo cuando Arianna se levantaba, la puerta se abrió de golpe, y Taedore se interpuso en el umbral, jadeando.

—¡Arianna! —dijo, con la voz cargada de alivio— ¡Te he encontrado!

—¿Có... cómo me encontraste? —tartamudeó ella.

—Eres la madre de mi hijo —dijo simplemente, dando un paso hacia adelante hasta que sus cuerpos casi se rozaron.

Arianna se mordió el labio, nerviosa.

—De verdad no sabía qué hermosos ojos tienes.

—¡Miau! —Ezequiel interrumpió desde algún rincón— ¡Rayos! ¡Búsquense una habitación!

Muy lejos de allí, en los jardines del castillo, la reina Yseult caminaba entre los rosales con paso lento y calculado, sumida en sus propios pensamientos, planeando con fría precisión los detalles de su plan de traspaso. Necesitaba una candidata: alguien digna, que comprendiera y respetara las normas de palacio como Arianna, evidentemente, jamás lograría hacerlo.

Ottilia la seguía unos pasos detrás, en silencio, con el estómago encogido por la frialdad con que la reina hablaba de todo aquello. Yseult podía ser escalofriante cuando se lo proponía, y aquella joven, por muy fuera de lugar que estuviera en Arberik, no merecía semejante trato.

—Oh, cielos —susurró, sin poder contenerse.

—¿Qué ocurre, Ottilia? ¿Acaso me crees infame por esto?

—No, majestad, no quise decir...

—Pues no lo soy. —La voz de la reina se endureció— Solo quiero lo mejor para el reino, para nuestra sangre. Esa niña es una rebelde con ideas raras. ¿Y su mundo? —Rió, con sarcasmo— ¿Qué de bueno puede venir de un mundo donde un beso es algo minúsculo y sin importancia?

Ottilia guardó silencio, y ese silencio incomodó a la reina todavía más que cualquier réplica.

—No voy a permitir que nadie arruine nuestro legado —sentenció Yseult— Voy a hallar una esposa digna para mi hijo, y un vientre que aloje al primogénito de nuestra sangre.

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