Un giro del destino

—Esto no puede ser real—raspó Finn, su voz apenas saliendo mientras yacía allí, luchando por sacudirse la extraña calma que lo oprimía. Sus ojos se movieron hacia la cama—una cosa enorme y lujosa, pero no intacta. Las elegantes sábanas grises, antes prístinas, ahora estaban arrugadas, con pliegues que contaban una historia. Alguien había estado aquí.

Su pulso se aceleró. Podía sentirlo en su pecho, cada latido más fuerte que el anterior. El tenue aroma de un perfume aún persistía—femenino, floral e intoxicante, envolviéndolo como un susurro. No estaba solo en el aire; se aferraba a las sábanas, a su piel. Con una inhalación brusca, se incorporó de golpe, su corazón latiendo con fuerza mientras sus ojos recorrían la habitación desconocida.

¿Lo peor? No llevaba nada puesto—solo una sábana blanca suelta alrededor de su cintura. Su respiración se entrecortó al notar algo más—largos mechones de cabello negro enredados en las sábanas. No eran suyos. No eran suyos.

—Dios mío—se dio una ligera bofetada, tratando de despertarse, su mente acelerada. ¿Qué demonios había pasado? Su corazón latía con más fuerza, el peso de la confusión y el miedo asentándose. —¿Qué está pasando?—susurró, pero no había nadie para responder. Solo el olor de ese perfume y el inquietante silencio de la habitación a su alrededor.

—¿Cómo llegué aquí?—La mente de Finn se sentía pesada, envuelta en una densa niebla. Se esforzaba por recordar, pero todo era un borrón. Lentamente, se empujó hacia arriba, la cabeza palpitando por lo que sea que hubiera bebido anoche. Sus pensamientos eran lentos, confusos.

—¿Qué demonios...?—murmuró, su voz áspera.

Miró a su alrededor, la confusión apretándole el pecho. —¿Dónde estoy?—La habitación era desconocida y estéril. Balanceó sus piernas al costado de la cama, sujetando la sábana blanca alrededor de su cintura. Sus pies descalzos se hundieron en la alfombra mullida. Sus ojos se fijaron en un vaso de limonada sobre la pequeña mesa junto a la cama.

Con la garganta seca, agarró el vaso, apretando la sábana más fuerte alrededor de él como si alguien pudiera entrar y atraparlo medio desnudo. Tomó un sorbo, la acidez golpeando su lengua, cortando la neblina en su mente. Su pulso se estabilizó, pero solo un poco.

—Vamos, Finn, piensa—susurró, escaneando la habitación de nuevo. Cerró los ojos, tratando de atravesar la niebla, desesperado por recordar cómo la noche se había salido de control.

Finn se vio a sí mismo en el espejo de cuerpo entero y se congeló. Dos marcas rojizas destacaban en su piel, justo debajo de su cuello. Chupetones. Levantó la mano, rozándolos con la punta de los dedos. Su garganta se tensó cuando la realidad lo golpeó—con fuerza.

Su mente giraba, y de repente, la noche anterior volvió a su memoria.

La gala. La música. Las luces. Eva...

Susurró su nombre como si estuviera probando su peso. Se sentía extraño, irreal. Pero entonces ella volvió a él en un destello—alta, confiada, con el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros como un río a medianoche. No solo era hermosa; era magnética y peligrosa, cada centímetro de ella emanando poder. Recordó cómo lo había notado, mientras él servía bebidas, cómo sus ojos se fijaron en los suyos, atravesando la multitud.

Y luego, ella lo había besado. Justo allí, frente a todos.

—El beso...—murmuró, sintiéndolo todo de nuevo—la suavidad de sus labios, el sabor de ella, dulce y audaz. El recuerdo lo golpeó como una ola. La sala se había quedado en silencio cuando ella lo atrajo hacia sí, suspiros de sorpresa recorriendo a los invitados. Pero Eva? No le importó. Ni un segundo de vacilación.

Su lengua rozó sus labios como si el sabor de ella aún estuviera allí, persistente. El flashback se disolvió, y Finn se volvió hacia la ventana, sus ojos escaneando el horizonte de la ciudad. Se extendía ante él—edificios imponentes y luces brillantes, un mundo tan lejano del que él conocía. Noches largas, turnos en el bar, el sonido de vasos tintineando—nada de eso pertenecía aquí.

Pero de alguna manera, él sí ahora.

La mente de Finn chispeó de nuevo, fragmentos de la noche regresando. Después del beso, Eva lo había invitado a tomar una copa—no como camarero, sino como algo más. Encontraron un rincón, tenuemente iluminado y apartado, donde ella les sirvió champán que sabía a oro líquido. No podía recordar la conversación—su risa suave, la forma en que sus ojos se fijaban en los suyos, el toque de sus dedos deslizándose sobre su mano—eso es todo lo que recordaba. Su presencia, eléctrica e intoxicante, había difuminado el mundo a su alrededor.

Luego, la imagen de su ático inundó su mente—la ciudad extendiéndose bajo ellos, como estrellas esparcidas a sus pies. Ahí es donde el recuerdo se detenía, el resto perdido en la neblina.

—Maldita sea—susurró Finn, su voz áspera mientras se pasaba los dedos por el cabello. Su cuerpo se tensó, la piel aún hormigueando con el fantasma de su toque.

Miró alrededor de la habitación, buscando, anhelando una señal de ella. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué lo había traído aquí? Su pecho se apretó con anticipación y confusión. Pero la habitación estaba vacía. No había ropa, ni presencia persistente—solo el tenue y seductor aroma de su perfume, flotando en el aire, envolviéndolo como un susurro de la noche anterior.

Su corazón se aceleró. —¿Dónde está?—Su voz era ronca, desesperada. El aroma era todo lo que quedaba, burlándose de él, un recordatorio de todo lo que había pasado—y todo lo que no podía recordar del todo.

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