Capítulo 4 Me casaré.

Lian estaba sentado en el mueble; Thiago le pasó un vaso de agua.

—¿Te encuentras bien?

Lian meneaba el vaso de un lado a otro, sin saber qué hacer, en qué pensar. Su mente estaba vacía, en blanco, tratando de analizar qué recuerdo había sido ese…

—¿La viste? ¿A ella? Otra vez… —preguntó Thiago, con cautela, para no alterarlo.

Lian asintió. —Esta vez… ella me miraba, y sonreía… pero, esta vez, su risa me causaba un dolor en el pecho… como si esa sonrisa significara otra cosa.

—Qué extraño… —Thiago se detuvo a pensar—. ¿Has notado algo extraño? 

Lian pensó por un segundo, hasta que recordó un detalle que había dejado pasar por alto. —Estos últimos seis meses la he visto más seguido en mi cabeza, y cada recuerdo es más doloroso que el anterior.

—Esto es extraño… ¿Significará algo? 

—No tengo idea, pero el hecho de que la vea más seguido debe representar algo.

Thiago soltó un suspiro profundo. —Qué suertudo, ¿por qué yo no puedo ver mujeres así como tú? Este mundo es una porquería. —espetó—. Aunque, ¿sabes algo? Quizás no significa nada, quizás solo es el cansancio; últimamente has estado metido en tu oficina de día y de noche; el cuerpo también se cansa, hermano, no creas que este cuerpo es eterno.

—No creo que sea solo cansancio, creo que hay algo.

—Tranquilo, confía en mí, debe ser eso. Y sabes, tengo la cura perfecta para tus males. 

Arqueó una ceja. 

Thiago sacó su móvil, con la imagen de una lista; Lian enfocó la lista, y cuando se dio cuenta de que era la misma lista que le hizo Lucía, la famosa lista de citas.

—¿Qué haces con esa lista? —Intentó arrebatarle el teléfono, pero Thiago fue más rápido y esquivó el brazo. 

—Ah ah —negó con el dedo acusador—. No puedes quitarme mi propio teléfono, es ilegal.

—También es ilegal humear en mi privacidad. —Hizo otro intento de quitarle el teléfono, pero Thiago fue más rápido y se levantó poniendo su teléfono detrás.

—Para tu información, no estaba husmeando en tus cosas; tu secretaria me lo pasó para que no olvidaras tu cita de las 9.

—Eso es exactamente lo mismo. 

—De hecho, no, bueno, no es el caso, el caso es que, hermano, necesitas salir a divertirte. Desde que llegamos a este mundo, te has mantenido encerrado en esta casa tan deprimente, aferrado a una mujer que ya no existe.

Hubo un largo silencio en la habitación, y uno muy incómodo; Thiago entendió que había tocado un cable rojo, y Lian solo permaneció inmóvil ante lo dicho. Y en parte, reconoció que tenía razón. Hace diez años, cuando ambos despertaron en este mundo, no tenían ni idea de cómo sobrevivir aquí, ni cómo hablar, ni cómo mezclarse; por suerte, habían ocupado los cuerpos de dos hermanos, hijos del canciller Víctor Valdez.

—Hermano… —Thiago suavizó la voz. —Lo digo en serio, necesitas salir, a divertirte, divertirte de verdad. Nunca sabrás el potencial que tiene este mundo si no lo descubres por ti mismo; además, no morirás si sales con una chica por primera vez en tu vida.

Thiago avanzó un paso y tomó el vaso de la mano de Lian, retirándolo poco a poco. —Solo piénsalo. 

Se marchó de la habitación, dejando a Lian solo. Quien aprovechó el silencio para recostarse sobre el mueble, mirando al techo, a merced de la oscuridad. Cerró los ojos y entonces volvió otra vez ese recuerdo, y como siempre, ella estaba ahí, y era irónico, porque siempre aparecía cuando menos lo esperaba. 

En su mente, ella sonreía, su cabello caía suelto, moviéndose con ligereza, y su alma parecía libre… tan libre que dolía mirarla.

Era esa felicidad intacta lo que más lo atormentaba.

Fue entonces cuando abrió los ojos y se frotó el cabello. Su pulso volvía a alterarse; pero esta vez, él mismo tomó el control, no se desesperó ni trató de buscar una salida. Ella estaba ahí, él lo sabía, solo tenía que confrontarla en sus propios recuerdos… y solo así un detalle le vino a la mente. Lian se levantó y buscó entre sus cosas un cuaderno, y cuando lo encontró, lo abrió enseguida.

Era un diario; el mismo que guardaba desde hacía diez años, el mismo que lo guiaba, que le decía qué hacer, cómo hacerlo, qué cosas le gustaban al hombre que una vez vivió en este cuerpo. Lian lo abrió, lo hojeaba, no sabía qué buscar, hasta que llegó a una página, a un dibujo hecho con lápiz; era ella. La imagen de ella, pintada de medio perfil.

Y al lado, lo sucedido de ese día: 

“Hoy terminó conmigo, me dijo que no soy suficiente para ella. Pero no quiero dejarla, no quiero irme, quiero gritarle, quiero hacerle pagar, quiero que me cuente todo lo que me hizo. Hice tanto por ella y ella solo me rechaza; después de decirme que me amaba, me dijo que me odiaba. Ella lo pagará, me vengaré, me haré alguien importante solo para que ella algún día me vea y se arrepienta de haberme herido”.

El dueño de este cuaderno dejó plasmado cada uno de sus deseos más fuertes, de sus pensamientos, de sus aventuras, y todos estaban al lado de esta mujer. Desde que desperté en este mundo, ella siempre volvía a mi cabeza, y con cada recuerdo suyo mis latidos se aceleraban.

Al principio no entendía de quién se trataba, hasta que encontré este diario, escondido debajo de la cama, y entonces lo supe: era la mujer que este hombre amó en vida y, por una parte, está compartiendo su dolor conmigo, su historia y su vida.

Lian cerró el cuaderno y lo tiró sobre el escritorio. —Creo que sí necesito salir. —Volvió a tirarse sobre el mueble; lo dicho de su hermano le hizo echar un vistazo a su teléfono, en la lista de las candidatas para matrimonio.

Se le escapó una risa hueca, se frotó los ojos con presión. En Amarthis, no tenía que preocuparme por estas cosas, pero parece que en este mundo casarse es muy importante  —dejo caer los brazos, rendido. Recordando las quejas de su madre cada mañana porque no contraía matrimonio.

—Ok, ya que insisten en que me case, lo haré. Thiago tiene razón, no pierdo nada con intentarlo.

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