Capítulo 6 Casémonos, Natacha

—¿Lian? 

Lian Valdez, mi ex de hace unos diez años… y el hombre que sigo amando con todo mi ser.

—¿Dime qué estás haciendo aquí? —inquirí, cruzando mis brazos.

—Disculpe, señorita… 

—¿Señorita? ¿Nos hablamos muy formal ahora? ¿Qué haces en una cita a ciegas? ¿Tan desesperado estás de casarte?

Lian no decía nada, me miraba fijamente sin alguna expresión en sus ojos, y eso era algunas de las cosas que me desesperaban de él, su poca habilidad para explicarse. ¿Ni siquiera se esforzará por defenderse? 

—No entiendo por qué me estás reclamando. ¿Tengo una deuda contigo? ¿Te debo algo?

—Tu…

—No, ¿verdad? —Lian ahora tomó el control de la conversación. —Entonces no tengo por qué explicarte qué hago aquí.

Sentí una punzada en el pecho y, al mismo tiempo, un calor que subía a mi cabeza. Qué molesto es.

—Mi verdadera pregunta aquí, ¿qué haces suplantando a la joven que tenía que venir hoy?

El aire en el restaurante se volvió pesado, como si el oxígeno se hubiera agotado de golpe. Mis dedos temblaban bajo la mesa y tuve que apretar los puños para que él no notara cuánto me afectaba su presencia. Diez años. Diez años tratando de enterrar su recuerdo, y ahí estaba él, luciendo más imponente que nunca, con esa mirada fría que no terminaba de reconocer.

—¿Suplantando? —repetí, sintiendo que la sangre se me subía a las mejillas—. No estoy suplantando a nadie, Lian. Simplemente, no podía permitir que mi mejor amiga cayera en tus redes sin saber quién eres realmente. ¿O es que ya olvidaste todo?

Él me observó en silencio. No era el silencio dubitativo del Lian que yo conocía; era un silencio analítico, casi clínico. Me recorrió con la mirada de una forma que me hizo sentir desnuda, como si estuviera comparándome con un retrato en su mente. Me molestaba que no se defendiera, que me mirara como si fuera un acertijo por resolver y no la mujer que alguna vez dijo amar.

—Pareces muy segura de conocerme —dijo él finalmente, con una voz que conservaba su timbre, pero no su calidez—. Pero la gente cambia en diez años, Natacha.

—La gente cambia, pero los cínicos solo se perfeccionan —respondí con una risa amarga—. Mírate, el hijo del canciller... ¿Y necesitas una cita a ciegas para encontrar esposa? ¿Tan bajo has caído que necesitas que tu familia te subaste al mejor postor?

Me dolía. Me dolía porque, a pesar de mi rabia, verlo ahí sentado despertaba ese sentimiento idiota que juré haber matado. Verlo buscar "esposa" era como recibir una bofetada de realidad: yo ya no formaba parte de su futuro, ni siquiera como un mal recuerdo.

Lian dejó escapar un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Su energía era distinta, más dominante, más... antigua.

—¿Terminaste con el interrogatorio? —preguntó con una calma que me dio escalofríos—. Porque si tanto te molesta la idea de que esté aquí buscando una esposa, quizás deberías considerar la situación desde otro ángulo. Mi familia no dejará de presionarme hasta que haya un anillo en el dedo de alguien. Es una dinámica agotadora y, francamente, poco eficiente para mis planes actuales.

—¿Tus planes? Siempre se trata de tus planes…

—Exacto —me interrumpió, y por un segundo, vi un destello extraño en sus ojos, como si estuviera recordando algo que leyó, no algo que vivió—. Así que, ya que estás aquí, ya que conoces "quién soy" y parece que te importa tanto mi vida privada... ¿Por qué no lo resolvemos de una vez?

Se enderezó, ajustándose los puños de la camisa con una elegancia que me resultó ajena.

—Casémonos, Natacha. Si quieres saber qué hago en una cita a ciegas, aquí tienes la respuesta: busco una solución. Tú necesitas respuestas y yo necesito que mi familia me deje en paz. Es un trato justo, ¿no crees?

Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco violento. No había rastro de broma en su rostro. El hombre frente a mí tenía el cuerpo de mi primer amor, pero sus palabras sonaban como las de un estratega cerrando un negocio de guerra.

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