Capítulo 7 No me casaré

El silencio que siguió a su propuesta fue ensordecedor. Me quedé petrificada, con la boca ligeramente abierta, buscando en sus ojos alguna chispa de la burla que recordaba, pero solo encontré una profundidad gélida y desconocida.

—¿Casarnos? —logré articular, mi voz apenas un susurro quebrado—. Lian, ¿te has vuelto loco o es que el éxito se te subió finalmente a la cabeza?

Él no respondió de inmediato. Con una elegancia que me pareció casi coreografiada, levantó una mano y, con un simple gesto, atrajo la atención del mesero.

—Tráiganos una botella de su mejor vino tinto. Algo con cuerpo, de reserva —ordenó Lian. Sus palabras no fueron una petición, sino un mandato.

El mesero asintió con una reverencia casi instintiva y se retiró a toda prisa. Me quedé observando a Lian. Había algo... diferente. El Lian que yo conocí hace diez años habría tartamudeado un poco, habría mirado la carta de precios con nerviosismo. Este hombre, en cambio, dominaba el espacio como si el restaurante entero fuera de su propiedad. ¿Tanto puede cambiar alguien? ¿O es que los diez años de distancia habían borrado mi capacidad de reconocerlo?

Sentí una punzada de rabia mezclada con una desesperación que quemaba. Recordé las facturas en mi bolso, el olor a hospital que parecía haberse pegado a mi piel y el rostro pálido de mi madre tras su última sesión de quimioterapia. Odiaba admitirlo, pero Lian Valdez era ahora mi única salida. Él tenía el poder, el apellido y, sobre todo, el dinero. No podía ser tan cínico de dejarme hundir... ¿O sí?

—Supongamos que no te arrojo esta copa de agua a la cara y escucho tu "propuesta" —dije, cruzando los brazos y tratando de recuperar mi postura—. Tú ganas libertad. Ganas de que tu familia deje de acosarte con cenas ridículas y candidatas a esposa. Pero, ¿y yo? ¿Qué gano yo encadenándome a un hombre que me rompió el corazón y que ahora parece un completo extraño?

Lian se reclinó en su silla, observando cómo el mesero regresaba para servir el vino. Esperó a que estuviéramos solos de nuevo antes de hablar. Su mirada se fijó en mis manos, que aún temblaban levemente sobre el mantel.

—Ganarías el respaldo de la familia Valdez, Natacha. Y con ello, acceso a los mejores especialistas médicos del país y la tranquilidad de que las facturas dejarán de ser una preocupación para ti —soltó, con una franqueza que me dejó sin aliento.

Me puse pálida. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso me había estado investigando?

—¿Me estás comprando? —mascullé con odio.

—Te estoy ofreciendo un contrato de beneficio mutuo —corrigió él, llevando la copa a sus labios y saboreando el vino con una calma exasperante—. No necesito amor, y tú necesitas un milagro. Yo puedo ser ese milagro, siempre y cuando aceptes ser mi esposa ante el mundo.

Lo miré fijamente. Sus rasgos eran los mismos, pero su alma... su alma parecía haber sido reemplazada por algo mucho más antiguo y calculador.

—¿Y qué pasará cuando se den cuenta de que esto es una farsa? —pregunté, sintiendo que estaba a punto de vender mi alma al diablo.

Lian dejó la copa en la mesa y se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su aroma era una mezcla de sándalo y algo metálico, algo que no recordaba.

—Nadie lo sabrá —susurró—. Porque a partir de hoy, seremos la pareja perfecta que el destino volvió a unir tras diez años. Solo tienes que actuar... y yo me encargaré del resto.

—¿Casarnos? —La pregunta salió de mi boca cargada de un veneno que ni yo misma sabía que guardaba—. Eres un cínico, Lian. Un completo demente.

Él abrió la boca para replicar, quizá para desplegar uno de sus calculados argumentos lógicos, pero no le di espacio. Me puse de pie con tanta brusquedad que la silla chirrió contra el suelo, atrayendo las miradas curiosas de las mesas cercanas.

—No vine aquí a buscar un esposo, y mucho menos a perder el tiempo con alguien que cree que puede solucionar diez años de ausencia con un contrato matrimonial —sentencié, apretando mi bolso contra mi costado—. Solo vine a hacer un favor, a cumplir con una presencia que ya me está dando náuseas. Quédate con tu vino, y con tu maldita prepotencia.

Lian se quedó sentado, inmóvil. Su mirada, esa mirada que parecía venir de un lugar mucho más lejano y oscuro, me siguió mientras me daba la vuelta. No me detuve. Ignoré el protocolo de la cita, ignoré que debía quedarme hasta el final y salí del restaurante a zancadas, sintiendo que las paredes del edificio se cerraban sobre mí.

En cuanto crucé las puertas de cristal y el aire húmedo de la noche me golpeó la cara, caminé hasta la primera esquina sombría. Me oculté detrás de un muro de piedra, lejos de las luces de los autos, y ahí, finalmente, me derrumbé.

Un ardor insoportable me quemó la garganta. Me llevé una mano al pecho, sintiendo que me asfixiaba, que el aire no llegaba a mis pulmones. Las lágrimas brotaron calientes, amargas, nublándome la vista. Me dejé caer contra la pared, deslizándome hasta que mis rodillas tocaron el suelo.

—Estúpida... qué estúpida soy —sollocé, cubriéndome el rostro.

En ese rincón oscuro, mi mente me traicionó y me arrastró de vuelta a los pasillos de la universidad.

Podía oler el aroma de los libros viejos y el césped recién cortado. Podía ver el rostro de Lian —el verdadero Lian— bajo la luz del atardecer. Hacía solo unos minutos éramos "nosotros", la pareja que todos envidiaban, los que planeaban un futuro juntos después de la graduación. Cinco años de historia, de secretos compartidos, de exámenes estudiados a medias entre besos y promesas de amor eterno.

—Se acabó, Natacha —me había dicho aquel día, sin mirarme a los ojos, con una frialdad que me desgarró el alma en un segundo—. Ya no siento lo mismo. No me busques más.

Cinco años de amor terminados en cinco segundos. Sin una explicación real, sin una pelea previa, solo el vacío.

El recuerdo me golpeó con la misma fuerza que aquel día. El dolor de la traición se mezclaba ahora con la desesperación de mi presente. Estaba sola, con una madre muriendo y con el hombre que me destruyó ofreciéndome una salvación que se sentía como una nueva cadena.

—¿Por qué ahora? —pregunté al aire, entre hipos—. ¿Por qué tienes que volver ahora que no tengo nada?

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