Capítulo 8 Nos vemos pronto.

Me quedé allí, inmóvil, observando el espacio vacío que ella había dejado. El eco de sus palabras todavía vibraba en el aire, cargado de un resentimiento que podía sentirse en la piel. Con una parsimonia que ocultaba el caos que bullía en mi interior, tomé la botella y serví la copa de vino tinto. El líquido oscuro cayó con un sonido rítmico, casi hipnótico.

Le di un sorbo largo, dejando que el sabor a madera y frutos rojos inundara mi paladar.

Así que ella era Natacha…

En el momento en que cruzó la puerta del restaurante, sentí una descarga eléctrica que no supe procesar. Mi mente, forjada en un tiempo de guerras y estrategias lejanas, me decía que era una desconocida. Pero este cuerpo... este recipiente de carne y hueso que ahora me pertenecía, tuvo una reacción traicionera. Mi corazón se aceleró violentamente, un pulso frenético que no respondía a mi voluntad. Entendí entonces que el antiguo Lian no se había marchado del todo; sus restos, sus instintos y sus anhelos seguían incrustados en estas fibras como un parásito silencioso.

—Eres hermosa, Natacha —susurré para mí mismo, recordando la intensidad de su mirada.

Sus ojos tenían un brillo fiero, una mezcla de dolor y orgullo que los hacía lucir más vivos que cualquier joya que hubiera visto en mi mundo anterior. Sus facciones eran delicadas, pero su espíritu era una tormenta. Según los dibujos y los párrafos apresurados del diario que encontré en la habitación del Lian original, ella era su sol y su perdición.

Sin embargo, había algo que no encajaba.

Apreté el borde de la copa, frunciendo el ceño. El diario era claro: ella fue quien lo dejó. Ella fue quien rompió el vínculo hace diez años, dejándolo sumido en una depresión que sus bocetos gritaban en cada trazo. Entonces, ¿por qué tanto odio? ¿Por qué me miró como si yo fuera el verdugo y ella la víctima? No tenía sentido. En mi mundo, quien abandona no guarda ese tipo de rencor ardiente.

Solté una risa corta y sarcástica que resonó en la mesa solitaria. La situación era casi cómica: un hombre de otro mundo, habitando el cuerpo de un genio moderno, tratando de descifrar el rompecabezas emocional de una mujer que lo despreciaba por razones que él no había vivido.

—Y luego mi familia se pregunta por qué no salgo con mujeres... —murmuré, apurando el resto del vino.

No podía dejarla ir así. No por amor —me repetí a mí mismo con frialdad—, sino porque ella era la clave para silenciar las exigencias del canciller y, quizás, la clave para entender por qué este cuerpo se negaba a dejarla marchar.

Dejé un fajo de billetes sobre la mesa, tomé mi abrigo y salí a la noche. Necesitaba verla una vez más, no como el Lian que ella recordaba, sino como el hombre que ahora necesitaba una aliada.

La vi a lo lejos, una silueta quebrada contra el frío muro de piedra. El sonido de sus sollozos llegaba hasta mí, amortiguado por el ruido del tráfico, pero lo suficientemente claro como para incomodar el silencio de mi mente. Hice el amago de dar un paso hacia ella, pero me detuve en seco. Mi instinto me advirtió que, en este momento, yo era el detonante de su agonía.

Un hombre de mi antiguo mundo habría sabido que invadir el espacio de una mujer en su momento de debilidad es una declaración de guerra, no de paz. Y yo necesitaba una aliada, no una enemiga declarada.

—Llora todo lo que necesites, Natacha —murmuré, observándola desde las sombras con una calma gélida—. Mañana verás las cosas de otra forma.

Me crucé de brazos, analizando la situación con la frialdad de quien planea un asedio. Casarme con ella era la jugada maestra. Si elegía a cualquier otra de las candidatas del canciller, tendría que perder meses, quizás años, fingiendo un interés que no poseía, aprendiendo sus gustos, sus rutinas y ocultando mi verdadera naturaleza bajo una máscara constante.

Natacha, en cambio, ya conocía el envoltorio de este cuerpo. Ella simplificaba el proceso. Con ella, el pasado servía de escudo: cualquier comportamiento extraño de mi parte podría atribuirse a los diez años de ausencia o al peso de los errores antiguos. Ella era el atajo perfecto hacia mi libertad.

Una pequeña sonrisa, desprovista de calidez, se dibujó en mi rostro mientras veía cómo se limpiaba las lágrimas y trataba de recomponerse.

—No quieres casarte conmigo, lo entiendo. Pero pronto entenderás que hay cosas peores que un matrimonio sin amor... como la impotencia de no poder salvar a quien amas.

Sabía lo de su madre. El diario mencionaba el amor infinito que Natacha le tenía a su familia, y mis informantes en la empresa ya me habían puesto al tanto de sus movimientos financieros desesperados. El orgullo es un lujo que solo los que tienen el estómago lleno pueden permitirse, y Natacha estaba a punto de quedarse sin nada.

Saqué mi teléfono, el dispositivo brillando con una luz azulada que aún me resultaba fascinante y extraña. Marqué el número de mi asistente personal.

—Habla Lian —dije, sin apartar la vista de la figura de Natacha, que ya comenzaba a caminar hacia la parada de autobuses—. Mañana a primera hora, quiero un informe detallado del estado de cuenta del hospital donde está la madre de Natacha Valdez. Y preparen el contrato que les pedí. Asegúrense de que las cláusulas de ayuda médica sean... irresistibles.

Corté la comunicación. Ella creía que esto había sido un encuentro casual de una cita a ciegas, pero yo me encargaría de que cada puerta que intentara tocar a partir de ahora estuviera cerrada, excepto una: la mía.

—Nos vemos pronto, futura esposa —sentencié, dándome la vuelta para desaparecer en la oscuridad de la noche.

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