Capítulo 1 CAPITULO 1
VALENTINA
Mi padre se estaba muriendo y el hombre que me había enseñado a odiar mi propio cuerpo era quien daba las órdenes para mantenerlo vivo.
Escuché su voz antes de verlo.
—Me importa una mierda que el doctor Alcázar esté dando una conferencia. Manden un helicóptero, cierren la carretera o secuéstrenlo si es necesario, pero quiero sus manos dentro de ese quirófano en veinte minutos.
Las puertas del elevador se cerraron detrás de mí. Solté la maleta y me quedé inmóvil, con el teléfono todavía apretado entre los dedos. Nueve horas de viaje, dos vuelos, una escala perdida y el miedo de llegar demasiado tarde no consiguieron hacerme temblar tanto como aquella voz.
Siete años, siete malditos años sin escucharlo y mi cuerpo lo reconoció antes que mi cabeza.
Darío Montenegro estaba frente a terapia intensiva, vestido de negro, con la camisa arremangada y sangre seca sobre dos nudillos. A su alrededor había médicos, guardaespaldas y administrativos esperando instrucciones. A los veinticinco ya conseguía que los hombres armados guardaran silencio cuando entraba en una habitación. A los treinta y dos parecía capaz de detener un corazón con una mirada o de obligarlo a continuar latiendo.
Daraní fue la primera en verme.
—¡Valentina!
Corrió hacia mí, nos abrazamos con tanta fuerza que me lastimó, pero no quise que me soltara. Hundí la cara en su hombro y aspiré el perfume de mi mejor amiga, intentando encontrar dentro de aquel olor los años en los que los dos ranchos eran nuestro mundo y nuestros padres parecían inmortales.
—¿Dónde está? —pregunté sin aire—. ¿Está consciente? ¿Pudo hablar? Dime que no llegué tarde, Daraní. Por favor, dime que no llegué tarde.
—Está vivo. Llegó vivo y Darío consiguió al mejor equipo, respira conmigo.
—No puedo.
—Sí puedes, mírame.
Intenté hacerlo, pero Darío terminó la llamada y levantó la cabeza.
El pasillo desapareció.
Me miró como si yo fuera una muerta que acababa de caminar fuera de su tumba. Sus ojos recorrieron mi cabello desordenado, la ropa arrugada, mis manos temblorosas. Después se detuvieron en el diamante que Liam me había puesto seis meses atrás.
La mandíbula se le endureció.
—Llegaste —dijo.
No fue un saludo, sonó como un reproche. Como si llevara siete años esperándome y yo hubiera tenido el descaro de aparecer comprometida con otro.
—¿Qué le pasó a mi padre?
—Sufrió un infarto en la oficina, su asistente lo encontró en el suelo.
—¿Cuánto tiempo estuvo así?
—Siete minutos antes de que llegara la ambulancia. Lo trajeron consciente, pero la arteria principal está comprometida.
Hablaba como un médico y recordé al muchacho de doce años que curaba nuestras rodillas y soñaba con usar una bata blanca, antes de que su padre muriera y le heredara un cartel en lugar de una vida.
—Quiero verlo.
—Lo están preparando para cirugía.
—Soy su hija.
—Y entrar gritando no va a ayudarlo.
La rabia llegó porque el miedo ya no cabía dentro de mí.
—No vuelvas a decirme qué hacer.
—Entonces deja de actuar como si pudieras permitirte perder el control.
Lo abofeteé, el golpe hizo callar el pasillo. Uno de sus hombres avanzó por reflejo, pero Darío levantó dos dedos y lo detuvo sin apartar los ojos de mí.
—Eso no hará que Gabriel salga antes —dijo.
—Pero consiguió que cerraras la boca.
Quise pasar a su lado, mis piernas cedieron antes de conseguirlo. Darío me atrapó por la cintura.
—Suéltame.
—Cuando puedas sostenerte.
—¡No me toques!
La frase salió tan rota que le cambió el rostro. Sin embargo, no me soltó porque yo habría terminado en el suelo. Mi mejilla quedó contra su pecho y escuché su corazón golpeando con violencia debajo de la camisa.
Su olor abrió una puerta que llevaba años manteniendo cerrada.
Vi mi vestido en el piso de su habitación, sentí otra vez su lengua entre mis piernas, sus dedos preparándome con una paciencia que no combinaba con la desesperación de sus besos. Recordé el instante en que entró en mí, el dolor, mis uñas clavadas en sus hombros y su voz repitiendo que lo mirara.
Después llegó la mañana.
La sangre seca entre mis muslos, la sábana sobre mis pechos. Darío vestido, diciéndome que yo había confundido sexo con amor.
Me aparté con tanta fuerza que choqué con la pared.
—Puedo mantenerme de pie.
Darío bajó las manos. Tenía los dedos cerrados como si soltarme le doliera físicamente.
—Lo veo.
Las puertas dobles se abrieron. Un médico salió con una tableta. Yo avancé, pero él miró primero a Darío.
—El doctor Alcázar acaba de aterrizar. La obstrucción es grave, necesitamos intervenir ahora.
—Hagan lo necesario —ordenó Darío.
—¡Yo autorizo! —grité—. Yo soy su hija.
El médico tragó saliva.
—Por supuesto, señorita Ferrer. El señor Montenegro solo adelantó los procedimientos porque no conseguíamos localizarla.
No conseguían localizarme porque estaba en un avión escogiendo mentalmente cómo reclamarle a papá que hubiera esperado para avisarme. La última vez que hablamos me dijo que estaba cansado. Yo respondí que todos estábamos cansados y pasé veinte minutos quejándome porque Liam quería invitar a un senador a nuestra boda.
No le pregunté por qué respiraba raro, no escuché a mi propio padre.
—¿Va a morir? —pregunté.
El médico no respondió inmediatamente, y el pasillo comenzó a inclinarse.
—Llegó dentro de una ventana favorable, haremos todo lo posible.
Corrí al baño y vomité.
Daraní sostuvo mi cabello. Yo lloré sobre el inodoro, sin elegancia, con mocos, saliva y una culpa que me raspaba por dentro. Cuando salimos, había agua, pañuelos y una camisa limpia esperándome sobre una silla.
—Darío —explicó ella.
—No necesito nada suyo.
—Hoy sí.
Las siguientes tres horas fueron una tortura. Caminé, recé aunque llevaba años sin hacerlo y llamé a Liam sin conseguir hablar. Darío permaneció cerca. Cada vez que un médico aparecía, él se levantaba antes que todos. Cada vez que yo comenzaba a quebrarme, dejaba un vaso de agua a mi alcance sin intentar tocarme.
Cuando el cirujano finalmente salió, tenía la mascarilla colgando del cuello.
—La intervención fue exitosa. El señor Ferrer se encuentra estable.
El alivio me destrozó las piernas y esta vez fui yo quien buscó a Darío. Me lancé contra su pecho y lloré como si todavía tuviera dieciocho años y él fuera el único lugar seguro del mundo. Darío me rodeó, me levantó del suelo y enterró la cara en mi cabello. Sentí que temblaba.
Darío Montenegro estaba temblando por mí.
—Gracias —repetí—. Gracias por llegar, por los médicos, por no dejarlo morir.
Su abrazo se cerró hasta casi doler.
—No vuelvas a agradecerme antes de conocer el precio, pastelito.
Me separé. Hacía siete años que no utilizaba aquel apodo.
—¿Qué precio?
Darío miró mi anillo de compromiso.
—El hospital no es lo único que pagué, compré todas las deudas de tu padre. La constructora, la casa y el rancho ahora están en mis manos.
