Capítulo 2 CAPITULO 2

VALENTINA

—¿Compraste qué?

Retrocedí un paso.

Darío no intentó tocarme, se quedó frente a mí con esa calma suya que siempre me había dado ganas de golpearlo, como si comprar la deuda de una familia entera fuera algo que pudiera explicarse entre dos cafés.

—La constructora llevaba meses perdiendo dinero, Valentina. Tu padre hipotecó el rancho, la casa y una parte de sus acciones para cubrir nóminas, proveedores y créditos. Aguantó todo lo que pudo, pero dejó de alcanzar. Los bancos empezaron a vender la deuda y, si yo no la compraba, alguien más iba a hacerlo.

—Mi padre me lo habría dicho, no habría hipotecado hasta la puta casa sin llamarme.

—¿Una semana antes de tu boda? Conoces a Gabriel. Preferiría arrancarse un brazo con los dientes antes que llamarte para decirte que estaba perdiendo lo que construyó durante toda su vida.

Quise mandarlo a la mierda, lo peor fue que no pude. Papá llevaba semanas preguntándome por las flores, el vestido, los invitados. Me había llamado tres días antes para preguntarme si Liam y yo ya habíamos decidido dónde pasaríamos la luna de miel. Incluso me mandó dinero para una estupidez relacionada con la boda que yo podía pagar perfectamente.

Mientras yo escogía manteles, mi padre estaba hipotecando su casa.

—Dime cuánto debe y no me endulces la cifra porque ya tuve suficiente mierda por hoy.

Darío me la dio y tuve que buscar una silla.

—No puede ser...

Hice cuentas por puro reflejo. Mi departamento, mis ahorros, inversiones, todo lo que había construido durante mis años en Texas. Podía vender hasta el último puto zapato que tenía y aun así no alcanzaría ni de cerca.

Liam tenía dinero, su familia también, pero una cosa era tener dinero y otra jugar en la liga de los Montenegro, donde una deuda de ese tamaño podía comprarse antes del desayuno.

—¿Por qué lo hiciste? Y no me respondas que porque podías. Quiero saber por qué compraste una deuda que no es tuya y te metiste en un problema que tampoco debería serlo.

Darío se metió las manos en los bolsillos.

—Porque alguien iba a comprarla y si caía en manos de ciertos fondos o de algunos hijos de puta que llevan años esperando ver caer a Gabriel, ejecutaban las garantías. Tu padre podía sobrevivir a la cirugía y despertar sin empresa, sin rancho y sin casa. Preferí que la deuda quedara conmigo.

—¿Y eso significa que está a salvo o simplemente que ahora puede perderlo todo contigo?

—Significa que mientras yo sea dueño de esa deuda nadie va a tocar una sola piedra del rancho ni una puta acción de la empresa. Tu padre tiene problemas, pero no voy a permitir que lo despedacen mientras está conectado a una máquina.

Me cubrí la cara un momento. Sentí alivio y me dio una rabia espantosa que fuera él quien me lo provocara.

—Gracias —dije finalmente—. No sé cómo todavía, pero voy a pagarte. Venderé lo que tenga que vender y conseguiré el resto.

—Aunque vendas el departamento, vacíes tus cuentas y liquides todo lo que tienes en Texas, no llegas ni a una cuarta parte.

Levanté la cabeza.

—¿También sabes cuánto dinero tengo?

—Sé bastante más de ti de lo que imaginas.

—Claro. Porque aparentemente convertirte en un Montenegro adulto incluyó desarrollar la puta costumbre de investigar la vida de los demás.

Una esquina de su boca se movió.

—No quiero tu dinero.

—Entonces dime qué quieres.

No alcanzó a responder, una enfermera apareció en el pasillo y me dijo que podía entrar unos minutos a ver a papá. Todo lo demás dejó de importar. Entré a la habitación y me detuve junto a la puerta, Gabriel Ferrer nunca me había parecido pequeño ni siquiera cuando mamá murió. Mi padre siempre había sido de esos hombres que llenaban cualquier lugar al entrar. Hablaba fuerte, se reía más fuerte todavía y estaba convencido de que podía arreglar cualquier problema si le daban suficiente tiempo.

Ahora había cables saliendo de todas partes, la bata le quedaba enorme, tenía la piel pálida y los labios secos. Se me llenaron los ojos de lágrimas, abrió los suyos y sonrió apenas.

—Mi niña. Esa cara está horrible, así que espero que por lo menos hayas dormido algo.

Solté una risa que terminó casi en llanto y me senté junto a él.

—Te acaban de abrir el pecho y todavía encuentras tiempo para decirme que tengo mala cara. No hables demasiado, por favor. Ya hiciste suficiente para asustarme durante los próximos veinte años.

—No planeaba morirme, tengo que llevarte al altar.

Aquello me pegó donde no debía y apreté su mano.

—Pues más te vale recuperarte, porque pienso cobrarte esa promesa.

Papá miró hacia el cristal de la habitación. Darío estaba afuera.

—Él me salvó el culo.

—Los médicos te salvaron el culo.

—¿Y quién crees que consiguió al cirujano? Darío movió medio hospital antes de que tú llegaras. También arregló lo de los bancos. Me contó lo de la deuda antes de que entrara al quirófano y me dijo que mi único trabajo era seguir respirando, que él se ocuparía de que los buitres no se llevaran la empresa mientras yo estaba aquí.

—¿Y tú aceptaste así nada más?

Papá resopló.

—Estaba a punto de entrar a una cirugía de corazón, Vale. Mis posibilidades eran confiar en él o ponerme a negociar conectado a un suero. Además, conozco a ese muchacho desde antes de que tú supieras pronunciar su apellido.

—Ya no es un muchacho.

—Y tú tampoco eres una niña, aunque a veces se me olvide. Por eso te digo esto: confía en él. Puedes estar enojada, puedes discutirle hasta que los dos se queden sin voz, pero Darío jamás permitiría que alguien te hiciera daño.

Tuve que bajar la mirada. Papá no tenía idea, Darío ya me había hecho daño y mucho y me había costado años conseguir que dejara de doler cada vez que alguien mencionaba su nombre.

Le besé la mano.

—Descansa. Ya discutiremos tus pésimas decisiones cuando puedas levantarte de esa cama.

—Salieron de algún lado tus propias pésimas decisiones.

—Definitivamente de mamá.

Papá sonrió y cerró los ojos. Salí antes de llorar.

Encontré a Darío en un baño privado al final del pasillo. La puerta estaba abierta y tenía las manos bajo el agua, el agua que caía al lavabo era rosada.

—Espero que esa sangre sea tuya porque hoy no tengo energía para ayudarte a esconder un cadáver.

Darío cerró el grifo.

—Es mía. Un hombre creyó que porque Gabriel estaba en el hospital era el momento perfecto para intentar entrar a una de sus obras. Le expliqué que no, como parece que tenía problemas para entender español, tuve que buscar otra forma de comunicarme.

Me acerqué, tenía dos nudillos abiertos.

—Mi padre acaba de salir de una cirugía y tú estás rompiéndole la cara a gente por una obra.

—Precisamente porque tu padre está en una cama es que esos hijos de puta van a intentarlo ahora. Huelen debilidad, Valentina. Hoy fue una obra. Mañana será un proveedor, después un socio y luego alguien tratando de comprar acciones por debajo de la mesa. Si creen que Gabriel está indefenso, van a caerle encima, pero si tú crees que compré sus deudas para protegerlo, estás equivocada.

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