Capítulo 3 CAPITULO 3
VALENTINA
Agarró una toalla, una gota de sangre bajó desde los nudillos hasta su muñeca. No pensé, simplemente le tomé la mano y pasé el pulgar por la sangre. Darío se quedó inmóvil, yo también porque conocía esa muñeca, conocía esas manos y por un segundo dejé de tener treinta años.
Volví a tener dieciocho.
Dos copas de champaña en el cuerpo, siete años enamorada del mismo hombre y la estúpida seguridad de que esa noche por fin iba a cambiar mi vida. Entré en su dormitorio sin tocar, Darío estaba junto a la ventana, se había quitado el saco, tenía la corbata floja y sostenía un vaso de whisky.
Me miró y frunció el ceño.
—Si viniste buscando a tu padre, está abajo. Y si viniste a buscarme a mí, será mejor que regreses por donde entraste antes de que hagamos algo de lo que mañana te arrepientas.
Cerré la puerta detrás de mí.
—No vine buscando a mi padre y llevo demasiado tiempo queriendo estar aquí como para fingir que entré por equivocación.
Su expresión cambió.
—Has bebido.
—Dos copas de champaña, no estoy borracha.
—Tienes dieciocho años y estás confundiendo una fantasía que arrastras desde niña con saber lo que quieres de un hombre.
Eso me encendió y crucé la habitación.
—Deja de hablarme como si todavía tuviera doce años. Llevo tres años sabiendo perfectamente lo que quiero y por desgracia para mi dignidad, eres tú. Si vas a rechazarme, hazlo, pero no me insultes diciéndome que no sé lo que siento.
Y lo besé, yo lo besé sin pedir permiso, sin darle tiempo a decir otra cosa. Durante unos segundos Darío no respondió, sentí tanta vergüenza que estaba a punto de apartarme cuando escuché el golpe del vaso contra el piso. Su mano llegó a mi nuca y entonces me besó él.
Mierda.
Había fantaseado demasiadas veces con besar a Darío Montenegro y ninguna se parecía a aquello. Me empujó contra la puerta, pegó su cuerpo al mío y me besó como si llevara años intentando no hacerlo. Cuando finalmente separó la boca, los dos respirábamos mal.
—Dime ahora mismo que pare y te llevo a tu habitación. Porque si vuelves a besarme, no sé cuánto más voy a recordar que se supone que tengo que mantenerme lejos de ti.
Le agarré la camisa.
—Entonces deja de recordarlo.
Volví a besarlo, esta vez no intentó detenerme. Sus manos bajaron por mi espalda y me acercaron más. Sentí su cuerpo contra el mío y todo el valor que había reunido antes de entrar estuvo a punto de desaparecer.
Era real, Darío me estaba tocando a mí.
—Llevo tres años enamorada de ti —solté contra su boca—. Así que deja de tratarme como una niña que se metió por error en tu habitación.
Se quedó quieto.
Acababa de decirlo en voz alta, quise arrancarme la lengua.
—Olvídalo, no tenía que decir eso.
Intenté apartarme, pero me agarró del brazo.
—No vas a soltarme algo así y salir corriendo.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué te prepare una presentación? Estoy enamorada de ti. Ya está, ahora puedes decirme que soy una idiota y terminar de humillarme.
No lo hizo, me besó otra vez y durante un rato dejé de pensar.
Recuerdo mis manos intentando desabrocharle la camisa y fallando porque me temblaban los dedos.
—Maldito botón...
Darío se rio contra mi boca y le pegué en el pecho.
—No te rías de mí. Tú llevas ventaja y eso es trampa.
—¿Ventaja en qué?
—En esto, en todo esto. Yo estoy intentando no hacer el ridículo y tú estás demasiado tranquilo.
—Si supieras lo poco tranquilo que estoy, saldrías corriendo.
Entonces bajó el cierre de mi vestido, ahí dejó de reírse. El vestido cayó hasta mis pies, yo también dejé de hacerme la valiente, intenté cubrirme con los brazos por puro reflejo. Darío me tomó de las muñecas y las bajó despacio.
—No hagas eso. Entraste aquí, me besaste y acabas de decirme que llevas tres años enamorada de mí. Después de semejante ataque a mi autocontrol, por lo menos déjame mirarte.
Me ardió la cara.
—Eso no ayuda con los nervios.
—No estoy intentando ayudarte con los nervios.
Su mirada recorrió mi cuerpo y me estremecí, no porque tuviera frío, sino porque nunca nadie me había mirado así, con esa hambre.
Me sentí desnuda de verdad por primera vez cuando él se quitó la camisa y la dejó caer, lo había visto sin camisa antes. Piscina, verano, rancho. No era lo mismo, nada era lo mismo cuando sabía lo que estaba a punto de pasar. Darío volvió a besarme y sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis caderas. Cuando llegó al broche de mi sostén me puse rígida, lo notó.
—Valentina, antes de seguir necesito que me digas algo y necesito que no me mientas. ¿Has estado con alguien?
Tragué saliva.
—No.
Su mano se detuvo.
—¿Nunca?
—No pongas esa cara, ser virgen no es una enfermedad.
—No estoy diciendo eso, estoy preguntándome por qué mierda elegiste venir aquí para tu primera vez.
Me dio vergüenza y rabia. Una combinación espantosa.
—Porque no quería que fuera con otro hombre. ¿Eso te parece suficientemente claro o necesitas que lo escriba?
Darío cerró los ojos un segundo, después apoyó la frente contra la mía.
—Todavía puedo llevarte a tu habitación. No voy a enfadarme y no tienes que demostrarme absolutamente nada.
—No vine a demostrarte nada. Vine porque quiero estar contigo y si sigues preguntándome si estoy segura voy a terminar creyendo que eres tú quien no quiere hacerlo.
Eso funcionó.
Me besó y me llevó hasta la cama, no fue perfecto gracias a Dios. Casi me caí intentando sacarme un zapato y terminé sentada en el colchón insultando la maldita hebilla.
Darío volvió a reírse.
—Como vuelvas a reírte, me voy.
—No te estás yendo a ninguna parte por culpa de un zapato.
Se arrodilló, me lo quitó y después el otro. Cuando sus manos subieron por mis piernas dejé de encontrar gracioso absolutamente nada. Me besó el muslo, luego más arriba, intenté cerrar las piernas cuando comprendí lo que pretendía hacer.
Darío levantó la cabeza.
—No tienes que avergonzarte conmigo. Si quieres que pare, me lo dices y paro. Pero no voy a dejar que te escondas porque creas que hay algo de tu cuerpo que no debería mirar o tocar.
—Es muy fácil decirlo cuando tú no estás desnudo con alguien mirándote ahí.
Se puso de pie y terminó de quitarse la ropa.
—Ahora estamos en igualdad de condiciones.
No, definitivamente no estábamos en igualdad de condiciones. Me quedé mirándolo más tiempo del que debía y Darío sonrió.
—Puedes cerrar la boca cuando quieras.
—Vete a la mierda.
—Hace cinco minutos querías exactamente lo contrario.
Le lancé una almohada y la atrapó, después volvió sobre mí y ya no hubo risas. Su boca bajó por mi cuello, mis pechos, mi vientre. Cuando llegó entre mis piernas volví a tensarme, pero esta vez no intenté detenerlo.
