Capítulo 4 CAPITULO 4
VALENTINA
El primer contacto de su boca me hizo agarrarme de las sábanas, el segundo me arrancó un sonido que jamás había escuchado salir de mí.
Me tapé la boca, pero Darío me apartó la mano.
—No. Si algo te gusta, quiero saberlo. No tienes que quedarte callada conmigo.
—Nos pueden escuchar.
—La habitación está al final del pasillo y la puerta está cerrada. Deja de pensar en quién puede escucharte y mírame.
Lo hice y casi me arrepentí, verlo entre mis piernas era demasiado. Su lengua volvió a tocarme y perdí cualquier intención de seguir discutiendo, cuando introdujo los dedos dentro de mí, mi cuerpo se tensó alrededor de ellos.
—Despacio...
—Voy despacio. Respira.
Lo intenté, después dejó de darme vergüenza. Dejé de pensar en mi cuerpo, en el ruido, en si lo estaba haciendo bien o mal, solo sentí su boca, sus dedos, la presión creciendo hasta que terminé agarrándolo del cabello y diciendo su nombre sin preocuparme por quién pudiera escucharlo.
El orgasmo me sorprendió.
Me arqueé debajo de él y tuve que taparme los ojos con un brazo porque de pronto me daba vergüenza hasta existir.
Darío subió por mi cuerpo riéndose.
—¿Por qué te escondes ahora?
—Porque creo que acabo de hacer el ridículo.
—Si eso es hacer el ridículo, puedes hacerlo todas las veces que quieras.
Lo besé para que se callara, después lo sentí acomodarse entre mis piernas y ahí regresaron los nervios. Debió verlo en mi cara porque dejó de moverse.
—Escúchame bien. Que hayas llegado hasta aquí no significa que tengas que terminar. Si cambiaste de opinión, paramos. No me importa cuánto llevemos, ni que estemos desnudos, ni nada.
Le acaricié la cara.
—No quiero parar. Solo... tengo miedo de que duela.
—Va a doler un poco.
—Qué manera tan maravillosa de tranquilizarme.
—Prefiero decirte la verdad.
Me besó, entró despacio, dolió más de lo que esperaba. Le clavé las uñas en los hombros y él se quedó quieto en cuanto mi cuerpo se tensó.
—No te muevas todavía.
—No voy a moverme hasta que tú me lo pidas.
Me quedé respirando contra su cuello.
Poco a poco el dolor empezó a ceder, moví las caderas con cuidado. Darío soltó una maldición y eso me hizo sonreír.
—¿Qué?
—Estoy intentando tener paciencia contigo y acabas de complicármelo bastante.
Volví a moverme a propósito.
—Entonces deja de tener tanta paciencia.
Algo cambió en su cara y esa fue la última vez aquella noche que Darío me trató como si fuera frágil.
Me besó con hambre, sus movimientos se volvieron más firmes y yo descubrí que me gustaba sentir su peso sobre mí, sus manos apretándome las caderas, su boca tragándose los sonidos que ya no intentaba contener.
Hubo dolor todavía, pero también placer y una intensidad que a mis dieciocho años confundí con algo mucho más peligroso. Amor.
Porque después no se levantó, no se fue. Se acostó a mi lado y me acercó contra su pecho, yo tenía una pierna encima de él y él me acariciaba la espalda mientras yo intentaba mantener los ojos abiertos.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Darío tardó demasiado en responder.
—Duérmete, Valentina.
—Eso no fue lo que pregunté.
Me besó la frente.
—Esta noche no quiero pensar.
Y yo imbécil, escuché lo que quería escuchar, me dormí creyendo que la forma en que me había besado significaba algo, que haber tenido cuidado conmigo significaba algo, que su brazo alrededor de mi cintura significaba algo, que si un hombre te tocaba como Darío me había tocado, era imposible que al día siguiente fingiera que no sentía nada.
Me equivoqué.
Desperté y el lado de la cama estaba vacío, Darío ya estaba vestido de espaldas a mí, hablando por teléfono.
Yo seguía desnuda, me dolía entre las piernas, había una pequeña mancha de sangre en la sábana y aun así sonreí como una estúpida.
—Buenos días.
Levantó una mano para indicarme que esperara. Terminó la llamada y cuando se volvió, la sonrisa se me murió.
Era otro hombre, no el que me había tenido abrazada durante la noche, no el que me había preguntado veinte veces si estaba segura, ese Darío había desaparecido.
—Tenemos que hablar de lo que pasó. Anoche no debí acostarme contigo y no quiero que conviertas esto en algo que no fue.
Me quedé sentada, sujetando la sábana contra el pecho.
—¿Qué significa que no lo convierta en algo que no fue? Te dije que estaba enamorada de ti antes de que me tocaras, sabías perfectamente lo que significaba para mí.
—Y precisamente por eso fue un error. Tú llevabas años construyendo una fantasía conmigo y yo había bebido. Deseé a una mujer que se metió voluntariamente en mi cama, eso no significa que esté enamorado de ti.
Sentí que me ardían las mejillas.
—Anoche no parecía que simplemente estuvieras aceptando lo que te ofrecí.
—No confundas deseo con amor, Valentina. Son cosas completamente distintas.
Miré la sábana, la sangre, mi ropa tirada por el suelo. Todo lo que unas horas antes me había parecido íntimo de repente me dio vergüenza.
—Te dije que te amaba.
—Lo sé.
—Y aun así seguiste.
Darío apretó la mandíbula.
—Tú entraste en mi habitación, me besaste y me pediste que continuara. No voy a mentirte ahora para hacerte sentir mejor, lo que pasó fue sexo, no una promesa y ahí terminó de romperme.
No grité, no porque fuera más madura, porque a los dieciocho años todavía no sabía cómo defenderme de una humillación así. Me levanté envolviéndome en la sábana y empecé a buscar mi ropa.
—Perfecto. Entonces no tienes que preocuparte, entendí perfectamente lo que fui anoche para ti.
—No dije eso.
—No necesitas explicarlo mejor de verdad, ya hiciste un trabajo excelente.
Me puse el vestido con las manos temblando, no encontraba mi ropa interior. La vi debajo de la cama, tuve que agacharme a recogerla mientras él estaba ahí, completamente vestido, observándome. Esa fue probablemente la parte más humillante de toda mi primera vez.
—Valentina, no salgas así. Espera un momento y déjame...
—¿Dejarte qué? ¿Explicarme otra vez que me cogiste porque estaba disponible? Creo que ya entendí esa parte.
Se quedó callado. Me puse los zapatos y abrí la puerta.
—No vuelvas a preocuparte, no voy a confundirme otra vez contigo.
Salí.
Lloré en el pasillo, lloré de verdad, con la mano encima de la boca para que nadie me escuchara y una vergüenza tan grande que habría dado cualquier cosa por desaparecer.
Me limpié la cara antes de bajar, no quería encontrarme con nadie, pero al llegar a la planta baja vi los coches. Demasiados, empleados afuera, gente llorando, una ambulancia estacionada frente a la entrada y nadie corría, eso fue lo que me dio miedo. Que nadie tuviera prisa, vi a papá y fui hacia él.
—¿Qué pasó? ¿Por qué hay una ambulancia?
Mi padre no contestó inmediatamente, solo abrió los brazos y su cara... nunca he podido olvidar su cara.
—Tu madre sufrió un accidente, mi niña. Lo siento muchísimo.
