Capítulo 5 CAPITULO 5
VALENTINA
—¿Dónde está?
Me abrazó, intenté apartarlo.
—Papá, te pregunté dónde está mamá. Quiero verla.
Me apretó más fuerte y entonces entendí. Antes de que dijera nada, antes de escuchar la palabra, lo entendí.
Empecé a gritar. No recuerdo haber caído al suelo. Sí recuerdo intentar soltarme porque quería verla. Recuerdo a otra persona ayudando a papá a sujetarme y recuerdo repetir que había un error, que mamá había salido esa mañana y que no podía estar muerta. Después escuché algo que todavía aparece algunas noches en mis sueños.
—No puedes verla así, Vale. El ataúd tendrá que permanecer cerrado.
Horas antes había creído que Darío me había roto el corazón, qué poco sabía. Durante el funeral lo busqué, todavía no entiendo por qué. Después de lo que había pasado entre nosotros, después de lo que me dijo aquella mañana, una parte estúpida de mí seguía queriendo encontrarlo.
Lo vi lejos, estaba junto a la tumba de Luciano. Él también había perdido a alguien. Se había convertido en jefe de los Montenegro antes de terminar de ser hijo, pero yo estaba demasiado destruida para pensar en su dolor.
Nuestros ojos se encontraron por encima de dos ataúdes, esperé… esperé que caminara hacia mí, que dijera algo cualquier cosa. Darío apartó la mirada y yo entendí lo que necesitaba entender.
Semanas después me fui de México, durante años construí mi vida alrededor de dos verdades que nunca cuestioné. Mi madre había muerto en un accidente y Darío Montenegro jamás me había amado.
—Valentina.
La voz adulta de Darío me arrancó del recuerdo, seguía sujetándole la muñeca. Solté su mano de golpe, el hospital regresó, el lavabo, la toalla manchada de sangre, él. Ya no éramos esos dos idiotas de dieciocho y veinticinco años.
—Supongo que los dos cometimos un error aquella noche. Yo fui a buscar algo que tú nunca me prometiste y tú aceptaste algo que sabías que para mí significaba mucho más. No tiene sentido seguir fingiendo que fue otra cosa.
Darío arrojó la toalla al lavabo.
—No vuelvas a decir que tú cometiste un error. Tú entraste en mi habitación enamorada de mí y saliste creyendo exactamente lo que yo necesitaba que creyeras, el hijo de puta fui yo.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué significa que necesitabas que lo creyera?
Darío dio un paso hacia mí.
—Significa que aquella mañana te mentí. Lo que te dije después de acostarme contigo no era lo que realmente...
Mi teléfono comenzó a sonar.
LIAM.
Mierda, miré la pantalla y luego a Darío.
—Termina la frase, no vas a soltarme después de siete años que me mentiste y dejarlo ahí.
Su mirada cayó sobre el nombre de mi prometido y algo se cerró en su cara.
—Contesta. Tu prometido lleva horas intentando localizarte y por la cara que tienes, va a pensar que te secuestré.
—Me importa una mierda lo que piense Liam durante los próximos treinta segundos. ¿En qué me mentiste?
El teléfono dejó de sonar, pero volvió a hacerlo casi inmediatamente. Darío apretó la mandíbula.
—Contesta, Valentina. Esa conversación no voy a tenerla contigo mientras otro hombre espera al teléfono.
Lo fulminé con la mirada.
—Sigues siendo un cabrón.
—Nunca dije lo contrario.
Contesté.
—Liam, mi papá está estable. Los médicos dicen que las próximas horas son importantes, pero la cirugía salió bien.
Escuché cómo soltaba el aire.
—Gracias a Dios. Llevo horas intentando hablar contigo. ¿Estás sola?
Miré a Darío, seguía frente a mí con los nudillos abiertos y esa expresión que conocía demasiado bien.
—No. Darío sigue aquí. Él consiguió al cirujano y acabo de enterarme de que también compró las deudas de papá antes de que los bancos pudieran ejecutar las garantías.
Liam tardó unos segundos en responder.
—Escúchame con cuidado. No firmes absolutamente nada que Montenegro ponga delante de ti. Tampoco aceptes ningún trato hasta que yo llegue. Voy al aeropuerto en cuanto cuelgue.
Cerré los ojos.
—Liam, no necesito que vengas a rescatarme. Mi padre acaba de salir de una cirugía y no pienso ir a ninguna parte.
—No estoy intentando rescatarte. Estoy intentando evitar que Montenegro utilice el peor momento de tu familia para obligarte a aceptar algo. No confío en él y tú tampoco deberías hacerlo.
Darío escuchó cada palabra y vi cómo se endurecía su expresión.
—Puedes confiar o no en mí —dijo lo suficientemente alto para que Liam pudiera escucharlo—, pero mientras tú compras un boleto de avión, yo ya impedí que le quitaran la empresa a su padre.
—Darío, no te metas.
—Ya estoy metido, fiera. Bastante más de lo que a tu prometido le gustaría.
Liam escuchó aquello.
—Ponme en altavoz.
—Ni de puta broma, no voy a organizar una pelea de gallos en el baño de un hospital.
Darío avanzó y yo retrocedí hasta sentir el lavabo contra la espalda.
—Valentina —insistió Liam—, puedo estar en México esta noche. Solo te estoy pidiendo que no tomes ninguna decisión hasta que llegue. Montenegro no compra una deuda de ese tamaño por caridad.
En eso tenía razón, miré a Darío.
—Precisamente estaba intentando averiguar qué quiere a cambio.
Darío bajó la vista.
Mi anillo, el diamante de compromiso que Liam había puesto en mi dedo. Cuando volvió a mirarme, ya no había rastro del hombre que unos minutos antes había admitido haberme mentido siete años atrás.
—Entonces terminemos esa conversación de una vez. No quiero tu departamento, tus ahorros ni un centavo de tu dinero. Tampoco quiero acciones de la constructora. Quiero que canceles la boda con ese hombre.
Me quedé mirándolo. Liam seguía hablando al otro lado de la llamada, preguntando qué acababa de decir, yo apenas lo escuchaba.
—Compraste millones en deuda para pedirme que cancele mi boda. ¿Te volviste completamente loco?
—No compré la deuda para pedirte que cancelaras nada. La compré porque no iba a permitir que destruyeran a Gabriel mientras estaba en un hospital, pero tú preguntaste qué quiero para llegar a un acuerdo definitivo y acabo de decírtelo.
—Eso no es un acuerdo, es una locura. Me caso en una semana.
Darío se acercó todavía más.
—Lo sé. Sé la fecha, sé dónde será, sé quién diseñó tu vestido y sé hasta qué puta canción escogiste para entrar. Llevo meses sabiendo que vas a casarte con otro hombre y ya tuve suficiente.
El corazón me dio un golpe.
—No tienes ningún derecho a decirme eso después de lo que hiciste.
—Probablemente no, pero tampoco tengo intención de quedarme mirando mientras te casas con él.
Liam alzó la voz desde el teléfono.
—Valentina, sal de ahí. Ahora.
Darío ni siquiera miró el aparato, sus ojos seguían clavados en los míos.
—Preguntaste qué quiero. Te lo voy a decir de manera que no quede ninguna duda y para que no tengas que preguntármelo otra vez.
Bajó la mirada hacia mi anillo, después me miró a la cara.
—Cancela tu boda con Liam.
Tragué saliva.
—¿Y después qué?
Darío no vaciló.
—Después te casas conmigo.
