Capítulo 5 EL AROMA DEL JEFE Y EL RESPETO CORPORATIVO

Mi nuevo escritorio costaba más que la casa de mis padres, el auto de mi tío y mi educación universitaria juntos.

Era una mesa de cristal templado y acero, equipada con tres monitores curvos, un teclado mecánico que sonaba como música celestial y una silla ergonómica que, juro por Dios, parecía estar abrazando mi columna vertebral. Me senté y giré en ella un par de veces, sintiéndome como el villano de una película de espías.

A unos diez metros de distancia, en su propio escritorio del tamaño de un portaaviones, estaba Alexander Sterling.

Se suponía que ambos debíamos estar trabajando. Yo tenía frente a mí la agenda de la semana y una lista de contactos que debía organizar. Él, siendo el CEO de un imperio multimillonario, seguramente tenía que decidir qué país comprar antes del almuerzo.

El problema era que no estaba haciendo nada de eso.

Llevaba veinte minutos apoyado en el respaldo de su silla, con un bolígrafo de oro entre los dedos, mirándome. No disimulaba. No apartaba la vista cuando yo lo pillaba mirándome. Solo se quedaba ahí, con esos ojos grises fijos en mi clavícula, respirando hondo de vez en cuando.

Intenté ignorarlo. Cien por ciento de aumento salarial, me repetí como un mantra. Seguro dental completo. Tarjeta corporativa. Si el tipo quiere jugar al concurso de miradas fijas para intimidarme, que mire todo lo que quiera. Por ese sueldo, hasta le bailo la Macarena.

El teléfono de mi escritorio parpadeó. Una línea interna. Lo descolgué con entusiasmo, feliz de tener una excusa para romper el silencio pesado y cargado de cedro de la oficina.

—Oficina del señor Sterling, habla Leo Navarro, asistente ejecutivo supremo. ¿En qué puedo...?

—¿Sigues vivo? —La voz histérica de Max cortó mi saludo corporativo—. ¡Dime que tienes todos tus órganos! ¡Dime que no te ha arrancado la yugular!

—Max, relájate. Estoy perfectamente —susurré, tapando el auricular con la mano e inclinándome sobre la mesa—. De hecho, estoy mejor que nunca. El tipo es un bicho raro y tiene cero nociones de espacio personal, pero me acaba de duplicar el sueldo. Soy su nuevo asistente.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

—¿Te... te hizo su asistente personal? —Max sonaba como si acabara de ver un fantasma—. Leo, escúchame con mucha atención. Necesito que bajes al piso 42 ahora mismo. Tengo que darte las llaves del archivo confidencial y, de paso, asegurarme de que no estás bajo el efecto de hipnosis por feromonas. Baja ya.

—Voy para allá. Dame cinco minutos.

Colgué el teléfono y me puse de pie. Alisándome mi camiseta negra, que ahora desentonaba dolorosamente con la decoración de la oficina, caminé hacia las puertas dobles.

—¿A dónde vas?

La voz de Alexander me clavó en el suelo. Giré sobre mis talones. Se había enderezado en su silla y sus músculos estaban tensos bajo la tela de la camisa.

—Al piso 42, jefe. Max, mi... eh, el analista de datos, tiene que entregarme unas llaves de archivo. Serán literalmente tres minutos. Bajo, recojo las llaves, subo. Eficiencia pura.

Alexander entrecerró los ojos. Parecía estar librando una batalla interna masiva. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que temí que se partiera un diente.

—Cinco minutos —gruñó finalmente—. Si en cinco minutos no estás de vuelta en esta oficina, bajaré a buscarte yo mismo. Y no le gustará a nadie.

—Señor, sí, señor —Hice un saludo militar de broma que a él no le hizo ni pizca de gracia, y salí por las puertas de roble.

El viaje en el ascensor fue rápido. Cuando las puertas se abrieron en mi antiguo piso, me preparé para enfrentar el caos habitual de los analistas financieros y los de ventas gritando por los pasillos.

Pero en el instante en que puse un pie fuera del ascensor, pasó algo rarísimo.

Un par de tipos del departamento de ventas —esos idiotas enormes que siempre me empujaban en la máquina de café— venían caminando hacia mí. Estaban riendo a carcajadas. Cuando me vieron, se detuvieron en seco. Sus sonrisas desaparecieron. Uno de ellos palideció, bajó la cabeza rápidamente y se hizo a un lado, pegándose contra la pared para dejarme pasar. El otro directamente se dio la vuelta y salió corriendo en dirección contraria.

Fruncí el ceño y seguí caminando. A medida que avanzaba por el pasillo, la escena se repetía. Analistas que normalmente me ignoraban, ahora se encogían en sus sillas. Los jefes de área evitaban mirarme a los ojos y murmuraban "buenas tardes, señor Navarro" con un tono que rozaba el pánico.

Wow, pensé, inflando el pecho. El chisme corre rápido aquí. Ya saben que soy el asistente personal del CEO. El poder es una locura. Literalmente me están tratando como a la realeza corporativa.

Llegué al cubículo de Max con una sonrisa engreída.

—¿Viste eso, Max? —Le dije, apoyándome en el tabique de corcho—. El respeto que impongo ahora es absoluto. Los de ventas casi se arrodillan cuando pasé. Creo que voy a pedir que me traigan un café a ver si obedecen.

Max no me estaba escuchando. Estaba acurrucado en la esquina de su escritorio, tapándose la nariz y la boca con un pañuelo de seda. Tenía los ojos desorbitados.

—¡Por la Diosa, Leo! —chillo en un susurro ahogado—. ¡Apestas!

—¡Oye! —Me ofendí, bajando los brazos—. Ya te dije que uso jabón de supermercado, pero no es para tanto. Además, me bañé esta mañana.

—¡No apestas a ti, idiota! ¡Apestas a él! —Max señaló mi cuello con un dedo tembloroso—. ¡Hueles a Alpha dominante! ¡A cedro, a posesión y a advertencia de muerte! Por eso la gente se aparta. Los de ventas son Alphas de bajo rango, ¡sienten que si te miran más de dos segundos, Sterling bajará a destriparlos con los dientes!

Me eché a reír a carcajadas. De verdad, el nivel de dramatismo en esta oficina era digno de un Oscar.

—Max, por favor. El señor Sterling me tocó el cuello hace rato, sí. El tipo debe usar una loción de diseñador de esas que cuestan mil dólares el frasco y tienen un fijador potentísimo. Se me pegó el olor de su mano, es todo. No hay ninguna mafia corporativa de "Alphas" planeando destripar a nadie.

Max me miró con una mezcla de horror y absoluta lástima. Bajó el pañuelo lentamente.

—Eres el ser humano más ciego que ha pisado la faz de la tierra. Te ha marcado con su olor, Leo. Eres como un letrero de neón andante que dice: "Propiedad exclusiva de Alexander Sterling". Te sugiero que vuelvas a subir antes de que su paciencia se acabe, porque si baja y ve que estás hablando conmigo... soy hombre muerto.

—Exagerado. Dame las llaves.

Tomé el manojo de llaves que Max me tendía con la mano temblorosa, me di la vuelta y regresé al ascensor. La caminata de vuelta fue igual de triunfal. Me sentía intocable. Si un poco de loción cara del jefe me daba este nivel de respeto en la oficina, pensaba bañarme en esa cosa todos los días.

Volví a subir al piso 60. Las puertas de la oficina del CEO se abrieron y entré, sacudiendo las llaves en mi mano.

—Misión cumplida, jefe. Tres minutos con cuarenta segundos. Soy un reloj suizo.

Alexander no estaba solo.

Sentado en uno de los sofás de cuero blanco frente al escritorio, había un hombre con un traje azul marino impecable. Era casi tan alto como Alexander, rubio, y tenía una sonrisa arrogante que no me gustó nada.

El ambiente en la habitación era asfixiante. No era solo el olor a cedro de Alexander; ahora había otro olor, amargo y metálico, chocando violentamente en el aire. Parecía que ambos hombres estaban compitiendo por quién ocupaba más espacio vital en la sala sin siquiera moverse.

El rubio giró la cabeza y me miró de arriba abajo. Su sonrisa se ensanchó, revelando un colmillo ligeramente más largo de lo normal.

—Vaya, Alexander —ronroneó el rubio, y su voz estaba cargada de veneno disfrazado de amabilidad—. No sabía que habías cambiado tus gustos. ¿Este es el famoso nuevo asistente? Qué aroma tan... peculiar tiene.

De repente, un sonido que me heló la sangre llenó la oficina.

Fue un gruñido. Un gruñido profundo, salvaje y absolutamente aterrador que hizo temblar los cristales de los ventanales.

Miré a Alexander. Estaba de pie. Sus ojos ya no eran grises; eran dos anillos de fuego dorado puro, brillando con una furia irracional. Sus manos estaban apretadas en puños tan fuertes que los nudillos estaban blancos. Y estaba mirando al rubio como si estuviera a punto de arrancarle la cabeza a mordiscos.

—Aleja los ojos de él, Victor —siseó Alexander, y juro que sus dientes parecían afilados—. O te juro por mi vida que no saldrás caminando de este edificio.

El rubio levantó las manos en señal de rendición, aunque seguía sonriendo con diversión.

Yo me quedé congelado cerca de la puerta, con las llaves colgando de mi dedo. Madre mía, pensé, tragando saliva. La cultura de la competitividad en las altas esferas corporativas es mucho más agresiva de lo que enseñan en la universidad.

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