Capítulo 6 PEDIGRÍ DEFECTUOSO.

La sonrisa arrogante de Victor Thorne todavía flotaba en el aire cuando la gravedad dentro de la oficina de la planta 60 pareció colapsar.

No fue una metáfora. Literalmente sentí cómo la presión atmosférica en la habitación caía en picada, taponándome los oídos como si el ascensor de alta velocidad acabara de desplomarse cincuenta pisos de golpe. El olor amargo y metálico del rubio chocó brutalmente contra el aroma a tormenta eléctrica y madera de cedro de mi jefe.

Y entonces, estalló.

Un vaso de cristal grueso, de esos que los millonarios usan para beber agua con gas importada y que descansaba pacíficamente sobre el inmenso escritorio de caoba, vibró durante un microsegundo antes de reventar en mil pedazos. El sonido del cristal estallando fue un latigazo que me hizo encogerme, apretando el manojo de llaves contra mi pecho. Varios fragmentos volaron por el aire, tintineando como lluvia afilada sobre la alfombra persa.

Alexander no atacó a Victor directamente. Se movió con una velocidad que mi cerebro humano simplemente no pudo procesar. En un parpadeo, la enorme silueta de mi nuevo jefe ya no estaba detrás de su escritorio. Estaba justo frente a mí, usándose a sí mismo como un escudo humano, o más bien, como una muralla infranqueable de traje negro y furia homicida.

Me quedé mirando su ancha espalda, completamente paralizado. El calor que irradiaba el cuerpo de Alexander era absurdo, casi como estar parado frente a la puerta abierta de un horno industrial. Podía ver cómo los músculos de su espalda y hombros se tensaban hasta el límite bajo la tela de su camisa, amenazando con desgarrar las costuras.

—Dije... que alejes los ojos de él —El gruñido de Alexander no sonó como una voz humana. Fue una vibración profunda, gutural, que nació en el centro de su pecho y resonó directamente en la suela de mis zapatillas.

Victor Thorne ni siquiera se inmutó por el estallido del vaso, aunque sí retrocedió medio paso, alzando las manos en un gesto de falsa rendición. Su sonrisa de tiburón, lejos de borrarse, se ensanchó, revelando de nuevo ese colmillo ligeramente alargado que me daba muy mala espina.

—Tranquilo, Sterling. No tienes que sacar los dientes por un simple asistente —Victor ladeó la cabeza, intentando asomarse por encima del hombro de Alexander para mirarme—. Aunque sigo sin entender tu fascinación. Cuando escuché los rumores de que habías marcado a alguien en medio del piso financiero, esperaba a un Consorte de alta cuna. Alguien con poder, con influencia. Pero míralo.

Victor soltó una carcajada seca, un sonido áspero que rasparía cualquier garganta normal.

—Ni siquiera reacciona a mi presencia —continuó el rubio, mirándome con pura fascinación clínica—. Cualquier Omega normal ya estaría en el suelo, llorando por sumisión ante la presión de dos Alphas dominantes en una misma habitación. Pero él solo está ahí parado, respirando por la boca como un idiota. Es un Omega defectuoso, Alexander. Está roto. Su instinto no sirve, su pedigrí es nulo. ¿De verdad vas a arruinar el linaje de Sterling Enterprises por un error biológico que ni siquiera sabe lo que es?

¿Omega defectuoso?

Las palabras cayeron sobre mí como un balde de agua helada. Parpadeé, asomándome un poco por detrás del brazo de Alexander. Mi cerebro de oficinista precarizado intentó procesar la información cruzándola con los eventos del día. Max me había dicho la misma palabra un par de horas antes. "Omega". En su momento, asumí que era alguna jerga estúpida de estas empresas de Wall Street, algún término nuevo para referirse a los empleados de bajo nivel, como decir "recursos prescindibles" o "capital humano no esencial".

Pero la forma en que Victor lo decía, el asco profundo en su voz y la palabra "biológico", plantaron una semilla fría y pesada en mi estómago. ¿Qué diablos estaba pasando en esta ciudad? ¿Acaso había entrado a trabajar en una especie de secta de eugenesia corporativa sin leer la letra pequeña del contrato?

—Vuelve a pronunciar su nombre, vuelve a dirigirte a él o siquiera a respirar en su dirección, Thorne... —La voz de Alexander era ahora un siseo bajo y letal. La habitación entera parecía vibrar con él. Vi cómo sus manos, apretadas en puños a sus costados, temblaban por el esfuerzo sobrehumano de no saltar hacia adelante—. Y te juro por la Diosa que hoy no habrá una fusión hostil de nuestras empresas. Romperé tu compañía pedazo a pedazo en la bolsa de valores, y luego te arrancaré la garganta con mis propias manos. Sal de mi territorio. Ahora.

Fue la amenaza de muerte más corporativamente salvaje que había escuchado en mi vida. Y lo peor de todo, es que sonó cien por ciento literal. No había metáfora en la parte de la garganta.

Victor debió notar que el autocontrol de Alexander estaba colgado de un hilo microscópico. La diversión en su rostro parpadeó, reemplazada por un destello de cautela genuina.

—Bien, bien. Me marcho —Victor se ajustó la corbata con falsa despreocupación, girando sobre sus talones hacia las inmensas puertas dobles de roble—. Nos veremos pronto, Alexander. La junta de fundadores está muy interesada en conocer a tu... pequeña mascota rota.

Y sin más, el arrogante rubio salió de la oficina. Las puertas se cerraron automáticamente tras él con un clic sordo que pareció sellar la habitación en un vacío absoluto.

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