Capítulo 7 LÍMITES CORPORATIVOS.

El silencio que siguió a la partida de Victor fue asfixiante. Me quedé allí, todavía con las llaves colgando de mi dedo índice, procesando que acababa de presenciar lo que fácilmente podría catalogarse como un intento de homicidio en primer grado entre CEOs.

Lentamente, el olor metálico y amargo de Victor comenzó a disiparse por los ductos de ventilación de alta tecnología, dejando únicamente el aroma abrumador de Alexander. Pero algo en el aire había cambiado. El olor a bosque y tormenta eléctrica ya no se sentía territorial ni amenazante. Se sentía pesado, caótico, casi... angustiado.

Alexander se quedó de espaldas a mí durante largos segundos. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones bruscas y erráticas. Sus manos, todavía en puños, estaban blancas por la presión.

—Eh... ¿Jefe? —murmuré, dando un pasito vacilante hacia atrás, calculando mentalmente la distancia hacia la puerta en caso de que decidiera despedirme tirándome por el ventanal—. Si esa era una reunión de negocios estándar, creo que deberíamos repasar nuestras tácticas de negociación. Y tal vez llamar al de mantenimiento por lo del vaso. Se lo descuento de mi primer sueldo si quiere...

Alexander no respondió a mi patético intento de humor nervioso. Se dio la vuelta lentamente.

Cuando vi su rostro, el aire se me atascó en los pulmones. Sus ojos ya no tenían ese tono gris acero frío de las revistas de finanzas. El iris completo era de un dorado líquido, brillante, primitivo y completamente inhumano. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos palpitaban bajo la piel. No parecía el hombre más poderoso del país; parecía un depredador acorralado que acababa de sufrir el mayor ataque de pánico de su vida.

Y entonces, comenzó a caminar hacia mí.

No eran los pasos medidos y elegantes del magnate. Eran pasos pesados, instintivos. Entré en pánico.

Retrocedí instintivamente, mis zapatillas resbalando un poco sobre la alfombra, hasta que mi espalda chocó contra la pesada madera de la puerta. Estaba atrapado. Levanté las manos, intentando balbucear alguna excusa corporativa sobre los derechos laborales, pero las palabras murieron en mis labios cuando Alexander cruzó la distancia en una fracción de segundo.

Se detuvo a centímetros de mí. Su enorme tamaño bloqueaba cualquier ruta de escape. Levantó ambos brazos, pero no para lastimarme. Apoyó las palmas de sus manos abiertas contra la puerta, a ambos lados de mi cabeza, enjaulándome por completo con su cuerpo.

—¿S-señor Sterling? —tartamudeé, sintiendo mi corazón latiendo tan fuerte que amenazaba con romperme las costillas. Estaba demasiado cerca. Su pecho casi rozaba el mío.

Alexander no dijo nada. Inclinó la cabeza hacia adelante, ignorando mis balbuceos, y hundió el rostro directamente en el hueco de mi cuello.

Solté un jadeo ahogado por la conmoción. Su nariz fría rozó mi piel, justo sobre el pulso desbocado de mi yugular. Sentí la textura de su cabello oscuro rozando mi mandíbula. Tomó una inspiración profunda, tan larga y trémula que su pecho se expandió contra el mío. Exhaló lentamente, un suspiro tembloroso que envió una corriente eléctrica bajando por toda mi espina dorsal.

Mi pánico heterosexual entró en alerta máxima, tocando todas las alarmas en rojo. ¡Aleja al jefe! ¡Es un hombre! ¡Tú quieres una novia, una esposa, un perro y una hipoteca!, me gritaba la parte racional de mi cerebro. Pero mi cuerpo... mi traicionero y estúpido cuerpo estaba reaccionando de una forma totalmente distinta.

El calor que irradiaba Alexander me envolvía como una manta de plomo. La presión de su pecho, la forma en que sus grandes manos se aferraban a la madera como si temiera caerse si me soltaba, me hacían sentir extrañamente seguro. Su aroma a cedro me mareaba de la mejor manera posible, bloqueando mi capacidad de pensar con claridad. Era intoxicante.

Alexander tomó otra bocanada de aire en mi cuello, frotando su nariz contra mi piel con una desesperación casi devota. Estaba usando mi olor para calmarse. Su bestia interna, alterada por la amenaza del intruso, estaba buscando su ancla para no perder la cordura. Era un ataque de ansiedad posesiva en toda regla, manifestado a través de los sentidos más puros de su especie.

—Estás a salvo... —murmuró Alexander contra mi piel, su voz ronca vibrando directamente en mi clavícula—. No dejaré que te toque. Nadie te tocará.

Mis rodillas temblaron. Esto era demasiado. Demasiado intenso, demasiado extraño, demasiado íntimo para el primer día de un supuesto "ascenso". Si dejaba que esto continuara, estaba seguro de que iba a perder la cabeza por completo. Necesitaba aire. Necesitaba realidad.

Reuniendo toda la voluntad que me quedaba en mi lado humano y racional, levanté las manos temblorosas y las apoyé en firme contra el duro pecho de Alexander. Se sentía como empujar una pared de mármol sólido.

Tomé aire, forzando a mi voz a no quebrarse.

—Jefe... —apreté los dientes, empujando suavemente pero con firmeza contra su pecho—. Espacio personal.

Esperé el despido. Esperé que el temible CEO se enfureciera ante mi rechazo, que sus ojos dorados brillaran con ira por haberle negado lo que claramente sentía como su derecho, y que me mandara a la calle sin liquidación.

Pero en lugar de eso, la reacción de Alexander me dejó completamente descolocado.

En el instante en que pronuncié la palabra "espacio" y apliqué presión, Alexander se congeló. Su cuerpo entero se tensó. Levantó el rostro de mi cuello lentamente. El brillo dorado de sus ojos parpadeó, mezclándose nuevamente con su gris acero natural. Parpadeó un par de veces, como si estuviera despertando de un trance profundo, y me miró a los ojos.

Vio mis manos empujando su pecho. Vio mi expresión aterrorizada.

Y entonces, el Alpha más temido, el multimillonario que acababa de amenazar con destruir una empresa y asesinar a su CEO sin inmutarse, tragó saliva y obedeció.

Alexander dio un medio paso hacia atrás. Quitó las manos de la puerta, bajándolas a sus costados, y asintió una sola vez, con la mandíbula apretada. Su pecho seguía subiendo y bajando, y sus ojos aún reflejaban esa necesidad desesperada, pero no cruzó la línea que yo le había marcado. Había sometido todo su instinto territorial, todo su poder, ante una simple orden de un oficinista asustado.

Me quedé allí, respirando agitadamente, con la espalda pegada a la puerta, mirándolo. La confusión me golpeó como un tren de carga.

Si él era el jefe absoluto, el depredador de la cima de la cadena alimenticia corporativa... ¿por qué sentía, en lo más profundo de mis huesos, que yo era quien sostenía la correa?

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