Capítulo 8 EL DICTADOR DE LA AGENDA.
Llegué a la oficina de la planta 60 al día siguiente con una estrategia impecable y a prueba de balas: iba a ignorar rotundamente el hecho de que mi billonario jefe casi me devora el cuello contra la puerta, y actuaría como el oficinista más aburrido, plano y neutral de todo el hemisferio occidental. Nada de contacto visual prolongado. Cero menciones a feromonas. Solo hojas de cálculo, correos electrónicos y cafés servidos a una distancia prudencial.
El plan era brillante. Duró exactamente tres minutos.
Me acababa de sentar en mi silla de diez mil dólares, encendiendo el ordenador con la vista fija en la pantalla, cuando la voz de Alexander Sterling cruzó la inmensa habitación como un bloque de hielo deslizándose por el suelo.
—Leo. Cancela tu agenda, mis reuniones de la tarde y la videoconferencia con Londres. Esta noche asistiremos a la Gala de Inversionistas de la Costa Este.
Levanté la vista del teclado, parpadeando. Alexander estaba de pie frente al ventanal, con un traje gris marengo que le quedaba tan ridículamente bien que debería ser ilegal. No me estaba mirando, pero la densidad en el aire me dejaba claro que no era una invitación al cine.
—¿Asistiremos? —repetí, apoyando los codos sobre el escritorio de cristal—. Señor, con todo respeto, mi contrato como asistente ejecutivo no incluye horas extras nocturnas en eventos de alta sociedad. Además, no tengo ropa para eso. Mi mejor traje es uno azul marino que usé en la graduación de mi primo y huele un poco a naftalina. Estoy seguro de que los magnates de Wall Street no apreciarán mi estilo vintage.
Alexander se giró lentamente. Sus ojos grises se clavaron en mí, y ese dichoso olor a tormenta eléctrica y cedro pareció intensificarse en la habitación, envolviéndome como una manta pesada.
—No te estoy preguntando, Leo. Es una orden imperativa —Su tono no admitía réplica, era pura piedra—. Y respecto a tu ropa, eso se solucionará en breve.
Antes de que pudiera abrir la boca para argumentar sobre mis derechos laborales, o al menos exigir el pago de horas extras con tarifa nocturna, las pesadas puertas de roble de la oficina se abrieron de par en par.
No entró un secretario. Entró un ejército.
Eran seis personas en total. Cuatro hombres mayores, de aspecto italiano, con trajes impecables, cintas métricas colgadas al cuello y alfileteros en las muñecas, seguidos por dos asistentes más jóvenes que empujaban tres percheros rodantes atestados de fundas de ropa de diseñador. La oficina se llenó instantáneamente del sonido de cremalleras, murmullos en italiano y el sutil aroma a tiza de sastre.
—¿Qué es esto? —Pregunté, poniéndome de pie de un salto y retrocediendo instintivamente hasta chocar contra mi propia silla—. Jefe, ¿qué está pasando?
—Tu nuevo guardarropa —respondió Alexander, caminando hacia el centro de la sala y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón—. Tienen exactamente cuatro horas para ajustarlo todo. Comiencen.
Fui emboscado. Los sastres se abalanzaron sobre mí con la precisión de un escuadrón táctico militar. En cuestión de segundos, me habían despojado de mi chaqueta de poliéster barato (que uno de ellos miró con un asco tan profundo que me sentí ofendido a nivel personal) y comenzaron a tomarme medidas a una velocidad de vértigo.
—Signore, levante los brazos. Gire un poco. Más recto, por favor —indicaba el líder del escuadrón, un hombre con bigote encerado que me medía el ancho de los hombros mientras otro anotaba furiosamente en una libreta.
Me sentía como un maniquí de pruebas. Alexander no se movió de su sitio. Se quedó a unos escasos tres metros de distancia, observando cada maldito segundo del proceso. Su mirada era pesada, escudriñando cómo la cinta métrica rodeaba mi cintura, bajaba por mis caderas y medía la longitud de mis piernas. Cuando el sastre se agachó para medirme la entrepierna, solté un quejido indignado y di un respingo, pero la voz de Alexander me clavó en el suelo.
—Quédate quieto, Leo.
—¡Me está tocando zonas confidenciales, jefe! —chillé, rojo como un tomate, intentando cruzar las piernas.
—Solo está haciendo su trabajo. Y quiero que el trabajo quede perfecto.
Durante la siguiente hora, me obligaron a probarme cinco trajes distintos. Y aquí es donde empezó mi verdadero problema. Yo estaba acostumbrado a la ropa suelta. Ropa cómoda que te permitía esconderte en un rincón y pasar desapercibido. Pero Alexander Sterling no compartía mi filosofía de la invisibilidad.
Cada vez que salía del improvisado biombo con un traje normal, de corte clásico y holgado, Alexander negaba con la cabeza.
—Ese no. Demasiado suelto en los hombros. Lo hace ver encorvado.
Salí con otro. Un gris oscuro, bastante decente.
—Terrible. El color apaga su tono de piel. Siguiente.
Finalmente, el sastre jefe, con una sonrisa cómplice que me dio un escalofrío, me tendió una funda negra.
—Pruebe este, signore. El tejido es italiano, seda mezclada con lana virgen. Se adapta... como una segunda piel.
Entré al biombo refunfuñando, me quité el traje anterior y me puse la nueva prenda. Era de un color azul noche profundo, casi negro. Me abotoné la camisa blanca de seda (que ni siquiera llevaba corbata, sino un cuello abierto y ligeramente alzado) y me puse la chaqueta.
Me miré en el espejo de cuerpo entero y tragué saliva.
El traje no me quedaba bien. Me quedaba de forma obscena. Se ceñía a mis hombros ensanchándolos visualmente, se entallaba en la cintura de una manera que me hacía sentir ridículamente expuesto, y los pantalones abrazaban mis muslos con una precisión milimétrica. Parecía ropa diseñada específicamente para que la persona que la mirara quisiera arrancártela.
—No voy a salir con esto —murmuré para mí mismo—. Es como llevar pintura corporal. Esto es acoso laboral textil.
—Leo. Sal ahora mismo —La voz de Alexander, ligeramente impaciente, resonó desde el otro lado.
Con un suspiro derrotado, aparté la pantalla del biombo y salí a la luz de la oficina.
El silencio fue instantáneo. Los sastres dejaron de murmurar. Levanté la vista hacia Alexander y vi cómo su postura entera cambiaba. Su pecho se expandió en una inhalación lenta y profunda. Ese brillo dorado, salvaje y posesivo, inundó sus iris por completo, devorando el color gris. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la línea de mi cintura, en mis muslos, en el cuello abierto de la camisa que dejaba expuesta mi clavícula.
Tragó saliva, y el movimiento de su manzana de Adán fue lo único que rompió su inmovilidad de estatua.
—Este —dijo finalmente. Su voz era apenas un ronco murmullo que raspó el silencio de la sala—. Se queda con este. Ajusten los puños un milímetro. Lo quiero listo en dos horas.
Me crucé de brazos, sintiéndome como un trozo de carne en un escaparate de lujo, mientras el aroma a cedro de Alexander se volvía abrumadoramente espeso, empapado de una satisfacción puramente animal.
