Capítulo 9 EL MERCADO DEL APAREAMIENTO

El caos de los sastres desapareció tan rápido como había llegado. Dejaron el traje perfectamente ajustado, planchado y colgado en un maniquí cerca de mi escritorio, junto con unos zapatos de cuero pulido que probablemente costaban más que mi coche.

Me dejé caer en mi silla, masajeándome las sienes, cuando el teléfono privado de Alexander comenzó a sonar. Él miró la pantalla, soltó un gruñido de frustración y se puso de pie.

—Es la junta de Tokio. Necesito tomar esto en la sala insonorizada. No te muevas de esta oficina, Leo. Vuelvo en quince minutos y nos marchamos.

Asentí con la cabeza sin muchas ganas. Alexander entró a la pequeña sala de conferencias anexa y la puerta de cristal opaco se cerró herméticamente.

En el exacto milisegundo en que escuché el pestillo, la puerta principal de roble se abrió una pequeña rendija. Una cabeza con cabello lila pálido se asomó furtivamente, mirando a la izquierda y a la derecha con la paranoia de un agente secreto en territorio enemigo.

—¿El monstruo gruñón está en su jaula? —susurró Max, deslizándose dentro de la oficina como una sombra con un café helado en la mano.

—Está en una llamada —dije, suspirando de alivio al ver una cara amigable—. Max, tienes que sacarme de aquí. Quiere llevarme a una estúpida gala de inversionistas con este traje que me corta la circulación de las piernas. ¡No entiendo por qué no se lleva al director financiero! Yo solo soy el tipo que le pasa las llamadas y huele su loción asfixiante.

Max se detuvo en seco frente al maniquí con el traje azul noche. Sus ojos se abrieron de par en par y dejó escapar un silbido bajo y apreciativo. Luego, se giró hacia mí, y toda la diversión desapareció de su rostro, reemplazada por una mirada de auténtica piedad.

—Leo, cariño, eres un cordero caminando ciegamente hacia el matadero.

—¿De qué estás hablando? Es una gala financiera. Aburrida. Cifras, champán tibio y tipos viejos hablando de la bolsa.

Max soltó una carcajada amarga, apoyándose contra el cristal de mi escritorio.

—Estás en Sterling Enterprises, no en Wall Street tradicional. La Gala de la Costa Este no es para hablar de números. Es el mayor evento social de la temporada para la élite de los cambiaformas. Es un mercado de carne, Leo. Una subasta de apareamiento disfrazada de evento de caridad y negocios.

Me quedé congelado. Sentí que el estómago se me caía a los pies.

—¿Un qué?

—Un mercado de carne —repitió Max, marcando las sílabas como si yo fuera lento de entendimiento—. Los Alphas más poderosos y territoriales del continente asisten para exhibir su poder, intimidar a sus rivales y, lo más importante, buscar o lucir a sus parejas. Llevan a sus Omegas vestidos exactamente así —Max señaló mi traje ajustado— para mostrar sus atributos, dejar claro su estatus y enviar el mensaje de: "Miren lo que es mío". Y tú vas a entrar del brazo del Alpha más sanguinario y territorial de todos.

La semilla de duda que Victor Thorne había plantado el día anterior acababa de germinar y convertirse en un roble inmenso de puro terror.

—Pero... yo no soy un Omega. Yo soy un tipo normal. ¡Soy heterosexual! ¡Me gustan las chicas, Max! —Me puse de pie de un salto, el pánico bombeando adrenalina por mis venas a velocidades industriales—. ¡Si entro ahí, todos esos tipos con colmillos me van a...! ¡Me van a...!

—Te van a comer con los ojos. Te van a oler desde el otro lado del salón. Y Alexander probablemente terminará asesinando a un par de CEOs antes de la medianoche cuando intenten acercarse a ti —Max me dio unas palmaditas compasivas en el hombro—. Te sugiero que no te separes de él ni para ir al baño. Porque si un Alpha sin pareja capta que hueles a vainilla y miedo... que la Diosa te proteja.

Y con esa alentadora frase, Max dio media vuelta y salió corriendo de la oficina antes de que Alexander terminara su llamada.

Me quedé solo. Miré el traje azul oscuro. Miré la puerta de la sala insonorizada donde mi jefe discutía en japonés. Y tomé la única decisión lógica y racional que un hombre en mi posición podría tomar: iba a huir. Iba a huir muy, muy lejos y me iba a esconder debajo de mi cama hasta que esta locura de hombres lobo y mercados de carne desapareciera.

Agarré mi vieja chaqueta de la silla, me la puse a trompicones y salí por la puerta principal casi corriendo. Necesitaba una excusa médica. Nadie obliga a un empleado enfermo a ir a una gala. ¡Una apendicitis! Eso serviría. Era letal, repentina e innegable.

Aceleré el paso por el pasillo, esquivando a los de seguridad. Ignoré el ascensor principal que iba al lobby y corrí hacia el de servicio, el que bajaba directamente al aparcamiento subterráneo. Mientras las puertas metálicas se cerraban y el ascensor descendía los sesenta pisos, empecé a ensayar mi actuación. Me curvé sobre mí mismo, llevándome ambas manos al lado inferior derecho del abdomen. Gruñí un poco, practicando una mueca de dolor agonizante.

Soy un actor de método, me dije a mí mismo. Nadie puede refutar un apéndice a punto de estallar.

Las puertas se abrieron en el sombrío y frío nivel B2. El aparcamiento ejecutivo estaba en silencio, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban ligeramente. Salí del ascensor arrastrando la pierna derecha, gimiendo en voz baja, preparado por si algún guardia de seguridad me veía y me preguntaba qué ocurría.

Mi plan era simple: arrastrarme hasta mi viejo auto, conducir hasta la frontera del estado y no mirar atrás.

Levanté la vista, todavía sosteniéndome el estómago, buscando la sección de empleados de bajo rango. Pero no hizo falta.

A solo diez metros de las puertas del ascensor, aparcada justo en medio de la vía principal, había una inmensa limusina Maybach negra. Los cristales estaban polarizados, brillando bajo la luz artificial. Y apoyado contra la puerta trasera, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que mezclaba la paciencia de un santo con la irritación de un depredador al que le intentan robar la cena, estaba Alexander Sterling.

Me detuve en seco. Mi gemido de dolor se cortó abruptamente, transformándose en un pequeño sonido estrangulado.

¿Cómo diablos había bajado tan rápido? El ascensor de servicio era directo. A menos que se hubiera tirado por el hueco del ascensor principal, era físicamente imposible que estuviera allí esperándome. Pero claro, estaba lidiando con un hombre lobo multimillonario, la física tradicional probablemente no aplicaba para él.

Alexander descruzó los brazos y me repasó con la mirada, deteniéndose en mis manos fuertemente apretadas contra mi estómago.

—Jefe —jadeé, forzando un tono de voz quebrado y agónico, doblando las rodillas un poco más—. Menos mal que lo encuentro. ¡Un dolor terrible! Me acaba de atacar de la nada. Creo... creo que es mi apéndice. ¡Va a reventar! No puedo ir a la gala, señor. De hecho, necesito ir a urgencias. Oh, la agonía...

Solté un gemido teatral que, francamente, me habría asegurado un papel secundario en cualquier telenovela dramática.

Alexander no se inmutó. No corrió a ayudarme. No llamó a una ambulancia. Se limitó a arquear una ceja perfecta, manteniendo esa postura relajada e intimidante.

—Es fascinante, Leo. Realmente lo es —dijo con voz grave y completamente monótona.

—¿El qué? ¿La fragilidad del cuerpo humano? ¡Ay, me muero! —Volví a quejarme, cerrando un ojo por el "dolor".

—No. Lo fascinante es que seas la primera persona en la historia de la medicina moderna que experimenta un dolor de apendicitis aguda en el lado izquierdo del abdomen.

Me congelé.

Miré hacia abajo. Mis manos estaban apretadas con fuerza dramática contra mi flanco izquierdo. El apéndice está a la derecha.

El silencio en el aparcamiento subterráneo fue denso, pesado y absolutamente humillante. Lentamente, como si mis músculos estuvieran oxidados, bajé las manos, me enderecé por completo y me arreglé el cuello de la chaqueta, aclarando mi garganta con falsa dignidad. La "agonía" desapareció por arte de magia.

—Sabe, señor Sterling —dije, mirando fijamente un poste de cemento cercano para evitar sus ojos dorados—, los milagros médicos ocurren todos los días. Un diagnóstico errado puede pasarle a cualquiera. Mi biología humana es muy particular.

Alexander soltó un bufido corto, un sonido que estaba peligrosamente cerca de una risa real. Se apartó de la carrocería del auto y abrió la puerta trasera del Maybach, revelando el lujoso interior de cuero iluminado tenuemente.

—Tu biología me quedó perfectamente clara en el biombo del sastre, Leo. Y ambos sabemos que no vas a ir a ningún hospital. Sube al maldito auto. Tenemos una gala que conquistar.

Miré la puerta abierta. Miré la rampa de salida del aparcamiento que representaba la libertad. Luego volví a mirar la envergadura de sus hombros y la determinación depredadora en su rostro. Suspiré, un sonido largo, pesado y cargado de una resignación cómica absoluta. Había perdido esta batalla antes de siquiera empezarla.

Arrastrando los pies como si marchara hacia la guillotina, me acerqué al auto.

—Si algún tipo con colmillos me intenta morder, pienso denunciarle a Recursos Humanos, y lo pondré a usted como testigo principal —murmuré, agachando la cabeza y subiendo a la limusina.

Alexander cerró la puerta detrás de mí. La trampa se había cerrado. El cordero, vestido con seda italiana y apestando a vainilla y pánico, iba directo al matadero.

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