Capítulo 5 Hasta que por fin te encuentro a solas.

Al menos había logrado estar más de diez minutos sin ver quiénes llegaban a la boda. Se decía a él mismo que no era a ella a quien esperaba.

Que solo era curiosidad por ver quiénes eran los que habían aceptado la invitación. Además, no era como si pudiera evitar eternamente encontrarse con ella; sus compañías eran socias y juntas formaban un gran conglomerado internacional, por lo que tarde o temprano ella se haría cargo de la filial de Inglaterra una vez su padre dejara la presidencia.

Un mesero pasó justo a un lado de él, llevándolo a tomar un par de copas más y así ocupar sus dos manos, pero justo en ese momento uno de los invitados chocó con el mesero, llevándolo a regar una de las copas sobre su propia chaqueta.

—Lo siento —se disculpó la persona.

Jareth solo sonrió, a pesar de no querer hacerlo, dejando las dos copas en la mesa y quitándose la chaqueta, evitando ver quién entraba en ese momento a la recepción del brazo de alguien más.

—Repasémoslo una última vez: eres el dueño de una empresa pionera en fuentes de energía renovables y te llamas George Murray; llevamos juntos un año y medio y me pediste hace poco que fuera tu esposa —Claire llevaba un enorme anillo de diamantes en el dedo, que se había comprado ella misma.

Se sentía ridícula si lo pensaba demasiado, pero no podía enfrentarse a su exmarido comprometido con otra sin una pareja. Ella no pensaba mostrarse débil ante el hombre que le había roto el corazón.

—Lo sé, Claire, cálmate. Seré el mejor prometido que puedas imaginar.

Después de aquello, el supuesto George Murray le ofreció el brazo y la feliz pareja entró a la recepción.

Claire no podía calmarse. Lo vio en ese preciso instante hablando con el torpe camarero que lo acababa de manchar y se quedó petrificada, mientras su acompañante observaba todo, entendiendo al instante.

—¿Así que es por ese hombre?

Claire asintió y, justo en el instante en el que sus miradas se encontraron, George la atrajo contra su cuerpo, rodeándola con uno de sus brazos por la cintura para pegarla más a él, llevando su brazo libre hasta su mentón, sujetándolo levemente antes de besarla. No fue un beso desesperado, ni siquiera uno largo; apenas un leve roce de labios con una tierna caricia en su rostro para rematar, algo que transmitiría mucho cariño a quien los viera sin llegar a ser indecoroso.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella en un susurro, sin dejar de sonreírle y resistiendo el impulso de apartarlo de golpe por el atrevimiento.

—Déjame hacer mi trabajo, me pagas mucho por eso.

Después de esa tierna demostración de cariño entre ambos, George tomó dos copas de champán de una bandeja que llevaba uno de los meseros que pasaba cerca, ofreciéndole a su pareja una de ellas.

La mirada del hijo de Christian Mars se oscureció de pronto al ver ese despliegue de intimidad, cosa que le pareció de mal gusto. Además, ¿acaso ella no era inglesa?

¿Dónde habían quedado sus buenos modales de rosa inglesa? Pero eso no era todo lo que le molestaba a su exmarido. Lo que más le molestaba era lo hermosa y radiante que se veía tras cinco años.

Trató por todos los medios de no seguirla con la mirada después de ese incidente, pero le fue imposible, casi tanto como la cantidad de copas que él iba dejando en cada rincón de la ceremonia donde hacía acto de presencia.

Lo que llamó la atención de más de uno de los presentes. Entre ese selecto grupo de personas todos se conocían de algún modo, y ver actuar al siempre perfecto y frío Jareth Mars bebiendo de esa forma, por supuesto, levantaría murmuraciones que poco le importarían.

Ella se sentía agobiada y abrumada. A pesar de intentar evitar las miradas de su exmarido, no podía hacerlo; cada vez que lo observaba, lo encontraba mirándola, y aquello solo hacía que su deseo creciera.

¿Cómo podía desear tanto a alguien después de cinco años?

—Su prometido es un hombre muy gracioso —aseguró la joven hija de a saber quién, mientras enredaba un mechón de cabello en el dedo, en un evidente coqueteo que debería molestarle, pero no le molestó, porque obviamente su prometido era un falso prometido.

—Me perdonan —caminó a paso ligero hasta el baño y se miró al espejo, molesta. Se sentía tan estúpida por todo lo que sucedía—. ¿Qué estás haciendo, Claire?

Lo que en ese momento le importaba a Jareth era encontrar la manera de estar a solas con ella, por lo que no dudó en seguirla hasta la zona de servicios de la recepción, donde no dudó en entrar tras cerciorarse de que no había nadie más cerca.

—Hasta que por fin te encuentro a solas, Claire.

Ella se sorprendió al escuchar aquella voz a su espalda, que pareció revolverla desde dentro hacia afuera, haciendo que su piel se erizara por un momento. Tomó aire y se giró para encararlo con una sonrisa amistosa en los labios.

—Hola, cuánto tiempo. ¿Cómo has estado? Es lo que se suele decir en estos casos —se acercó a él y dejó un beso en su mejilla.

—Me sorprende verte solo, la verdad. Hasta el viejo continente nos ha llegado la noticia sobre tu compromiso. Felicidades, espero que esta vez sea mejor que la anterior, aunque no hace falta mucho para eso.

Jareth sonrió ante sus palabras. Tal vez ella creía que no le había prestado atención, pero sí que lo había hecho, y en ese momento sabía que estaba enfadada, cosa que lo hizo feliz.

Estaba tan hermosa, enojada, y él tan enfadado por verla besarse con ese otro hombre que no se lo pensó mucho, aprovechando la oportunidad que se presentó cuando ella se acercó, sujetándola por el talle de la cintura al rodearla con su brazo, manteniéndola muy pegada a él.

—Gracias, Claire. Aunque por lo que veo, no soy el único que piensa intentarlo una vez más —respondió a lo dicho por ella, dejando que sus labios casi se tocaran—. Parece que escuché entre las mesas que tú también te vas a casar.

Había sido una muy, pero muy mala idea haberla mantenido así de cerca, sobre todo estando intoxicado con alcohol. Porque lo único que deseaba hacer era besarla y cada vez le resultaba más difícil alejar sus labios de los de ella…

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