Capítulo 7 Eres mía.
Sus labios buscaron con hambre los labios de su exesposa, devorándolos como si temiera que alguien pudiera arrebatárselos en cualquier segundo, mientras su cuerpo adquiría un ritmo cada vez más demandante en cada una de sus embestidas. Adoraba esa sensación brutal y adictiva de volver a estar unido a ella, de sentirla rodeándolo, cediendo, respondiendo… volviendo a ser suya aunque fuera en ese instante robado al mundo.
Sus manos se aferraron con fuerza a las caderas de Claire, marcándola con la presión de sus dedos, evitando que pudiera moverse o alejarse de él. No podía permitirlo. No deseaba darle ni un solo segundo en el que no lo sintiera dentro, alrededor, sobre su piel. Sus labios no solo reclamaban los de ella; bajaban a su cuello, a sus senos, a cada rincón que encontraban expuesto. La reclamaba por completo, como siempre debió haberlo hecho en el pasado… pero que por gilipollas no supo sostener.
Esas manos recorriéndola sin tregua hacían que Claire se olvidara de todo lo que existía fuera de ese baño. Solo estaba él. El hombre que la estaba poseyendo. El hombre que la arrastraba sin piedad a una vorágine de placer tan intensa que resultaba imposible resistirse.
—Sí, Jareth… así… —exclamó ella cuando él encontró el ángulo perfecto, ese que hacía que su cuerpo se estremeciera por completo y que su corazón latiera con una violencia casi dolorosa.
Por un instante, el miedo la asaltó.
El miedo de volver a desear lo que sabía que era imposible.
La ayudó a quitarse la camisa; necesitaba sentir sus manos sobre su piel desnuda, que lo tocara sin reservas, como quisiera, como le diera la gana, sin límites ni orgullo de por medio.
—Más… más… —exigió ella, tirando de la camisa de su ahora amante para sacarla del pantalón y arañar la piel expuesta de su espalda con saña.
No era solo placer lo que transmitían esas uñas clavándose con intensidad creciente. Era duda. Era enojo. Eran celos.
Porque al pensar en que estaba comprometido con otra, sus dedos se hundieron todavía más fuerte en su piel, como si quisiera dejarle una marca que ardiera.
Las uñas de Claire enterrándose en su espalda lo excitaron todavía más. Gruñó bajo, incrementando no solo la fuerza de sus embestidas, sino la intensidad de sus besos. Marcó su piel también, dejando su propio rastro, exteriorizando en cada movimiento los celos que le quemaban las entrañas.
Estaba a punto.
Lo sabía.
Lo sensato era dejarse llevar, terminar rápido y salir de allí antes de que alguien sospechara.
Pero no quería.
Necesitaba alargarlo. Un poco más. Solo un poco más.
—Para… ahhh, joder, Jareth, detente… no quiero correrme… todavía necesito un poco más de ti…
Su súplica fue casi desesperada.
Él tampoco quería correrse. No así. No tan pronto. Quería quedarse suspendido en ese instante con ella, como siempre lo había soñado y nunca se atrevió a admitir.
Claire lo empujó como pudo, separándolo de su cuerpo. Gimió de frustración al sentirlo deslizarse hacia afuera; la sensación de estar unida a él era tan intensa que su cuerpo protestó al perderlo. Su sexo palpitaba, reclamando ser llenado otra vez, exigiendo esa culminación que estaba peligrosamente cerca.
Se bajó del lavamanos y se inclinó contra el mármol frío, apoyando las manos mientras levantaba la mirada hacia el espejo.
Lo observó a través del reflejo.
Se observó a sí misma.
Se sorprendió de lo que vio en sus propios ojos: pasión contenida, mejillas sonrojadas, labios hinchados, una expresión que pedía más sin vergüenza.
—Hazlo… sigue jodiéndome, ¿a qué esperas?
La provocación cayó como una orden.
Jareth no dudó. La tomó del cabello, obligándola a levantar un poco más la cabeza para que sus miradas se encontraran en el reflejo. Y volvió a enterrarse en su interior de golpe, profundo, decidido.
—Mía, Claire… eres mía… —susurró inclinándose sobre ella, dejando que el espejo fuera testigo de lo mucho que lo descolocaba, de lo loco que lo volvía.
En ese instante habría matado a cualquiera que intentara abrir esa puerta.
—Lo fui… ya no lo soy. Solo dejo que apagues mis ganas… —respondió entre gemidos.
Necesitaba decirlo.
Necesitaba escucharlo en voz alta para no volver a construirse ilusiones imposibles, para no permitir que Jareth Mars se infiltrara otra vez en su mente como una promesa.
Claire se aferraba al lavamanos, echándose hacia atrás en busca de cada embestida. Su cuerpo respondía con una urgencia que la desarmaba.
¿Cómo había vivido tantos años sin sexo?
¿Cómo había sido él capaz de privarla de sentirlo así durante su matrimonio?
—Puedes negarlo todo lo que quieras… pero sigues siendo mía —murmuró junto a su oído, sintiendo cómo ambos se derretían en ese choque constante.
Las gónadas de Jareth dolían con cada impacto. Bajó una mano hasta los senos de Claire, apretándolos, amasándolos con firmeza antes de deslizarse hacia abajo, entre sus piernas, hasta ese pequeño botoncito hinchado y deseoso de atención.
Lo estimuló con precisión.
Y el efecto fue inmediato.
Claire se retorció bajo su tacto.
—Claire… gime mi nombre…
—Ahhh… Jareth… —lo hizo sin poder evitarlo, la voz quebrada por el placer.
Solo después se llevó la mano a la boca para acallarse, aterrada ante la posibilidad de que alguien escuchara.
Lo miró a los ojos a través del espejo justo cuando su cuerpo explotó en un orgasmo intenso, devastador. Lo sintió bombear dentro de ella, prolongando su propio placer mientras ella se mordía la mano para no gritar.
Jareth llevó una mano a su cuello, presionando lo suficiente para cortar brevemente el flujo de aire. El gesto hizo que las paredes internas de Claire se apretaran aún más alrededor de él, en espasmos incontrolables.
Su cuerpo lo succionaba, ansiando ser llenado, temblando tanto que parecía que iba a desplomarse si soltaba el lavamanos.
Él se quedó hipnotizado por lo que el espejo mostraba: sus cuerpos sudados, unidos, chocando una y otra vez; sus bocas abiertas, sus nombres escapando en jadeos entrecortados.
Su cadera se movió con frenesí creciente, empujando con más fuerza al darse cuenta de que ella había sido su esposa… y que pudieron haber estado así en cualquier momento durante esos tres años que desperdició por imbécil.
El final lo golpeó con la misma violencia que la certeza de que nada podía impedir que, después, ella saliera de ahí y se marchara.
Pero no todavía.
Por ahora, permanecerían unidos un poco más.
Hasta que sus piernas pudieran sostenerlos, porque ambos temblaban, agotados, dejándose caer uno contra el otro por un instante.
Se miraron a través del espejo.
Cuerpos sudados. Respiraciones agitadas. Corazones latiendo al mismo ritmo, rápido y fuerte.
Jareth cerró los ojos por un momento.
Claire hizo lo mismo.
Los abrieron al mismo tiempo.
Ambos lo sabían.
Sobre todo Jareth.
Lo que había ocurrido… debió haber ocurrido mucho tiempo atrás, cuando aún no existía nada capaz de separarlos.
