Capítulo 3 AMENAZA
Capítulo 3
Lo miré asustada, como si estuviera frente a un loco peligroso.
—Estás enfermo —dije, apartándome de él con brusquedad, el corazón golpeándome el pecho—. Soy hija de Gonzalo Ruiz. Si intentas retenerme aquí, en minutos tendrás a toda la policía en tu puerta.
Pronuncié el nombre de mi padre con seguridad, era un escudo.
Luciano me observó unos segundos en silencio. Luego sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa segura, casi divertida, como si yo acabara de decir algo ingenuo.
Me soltó la cintura sin resistencia.
—Entonces vete —dijo, señalando la puerta con mucha tranquilidad.
Me quedé inmóvil, confundida. No esperaba que fuera tan fácil.
—¿Eso es todo? —pregunté, frunciendo el ceño, con la respiración aún agitada.
Él inclinó ligeramente la cabeza, mirándome con una intensidad que me incomodó.
—En un par de semanas serás mi esposa —afirmó con mucha seguridad —. Lo mejor es que empieces a acostumbrarte a la idea.
Sentí un escalofrío que recorrió toda mi piel
—Estás delirando —escupí, apretando los puños para contener la rabia —. No volveré a verte jamás.
No respondió. Solo siguió mirándome, seguro, paciente.
Salí de esa casa sin mirar atrás. Apenas crucé la puerta, el aire frío me golpeó la cara y me di cuenta de que estaba temblando. No sabía si era por miedo, por enojo o por lo que había pasado la noche anterior.
Decidí que lo mejor era olvidar todo. Un error, una noche horrible, nada más.
Cuando llegué a casa, lo último que esperaba era encontrar a Matías sentado en la sala.
Se levantó de inmediato al verme. Tenía los ojos rojos, la cara palida, estoy segura que no había dormido.
—Diana… —dijo acercándose despacio, muy inseguro —. Por favor, escúchame.
Me quedé de pie, paralizada, y le pedí que no se acercará más.
—No tengo nada que escuchar —respondí, aunque mi voz no sonó tan firme como quería.
Él se pasó la mano por el cabello, nervioso.
—Me equivoqué —dijo, bajando la mirada con vergüenza—. No debí tratarte así. No debí decirte esas cosas.
Lo miré sin hablar. Parte de mí quería gritarle, otra parte solo quería que todo volviera a ser normal.
—Mis amigos… me pusieron algo en la bebida —continuó, levantando los ojos hacia mí, desesperado por que le creyera—. Perdí el control. No era yo.
Sentí una punzada en el pecho que me lleno de duda. ¿Era verdad? ¿O solo una excusa?
—Te amo, Diana —añadió, dando un paso más cerca, con la voz quebrada—. Quiero casarme contigo. Nada ha cambiado para mí.
Antes de que pudiera responder, escuché la voz de mi padre desde el estudio.
—Diana, ven un momento.
Entré con Matías detrás de mí. Papá estaba de pie junto al escritorio, serio, pero no enfadado.
—Matías me ha contado lo sucedido —dijo calmado, mirándome con esa expresión que usaba cuando quería persuadirme—. Los errores pasan.
Lo miré incrédula.
—Papá…
Él levantó una mano para detenerme.
—Este joven te quiere de verdad —continuó, señalando a Matías —. Y tú también lo quieres. No tires por la borda una relación sólida por una noche lamentable.
Sentí un nudo en la garganta. La culpa empezó a apretarme el pecho al recordar lo que yo había hecho horas antes con un desconocido.
—Considera darle otra oportunidad —me dijo con suavidad—. La boda está cerca. No tomes decisiones impulsivas.
Matías me miraba parecía que su vida dependiera de mi respuesta.
Yo no podía dejar de pensar en Luciano, en su voz, en su mirada, en la forma en que había dicho que sería su esposa, en la que me hizo sentir su mujer.
—Está bien —murmuré finalmente, bajando la vista, sintiendo resignación y cansancio—. Podemos intentarlo.
Matías se acercó y me abrazó con fuerza. Yo no respondí de inmediato. Mis brazos tardaron en rodearlo.
Me sentía atrapada entre dos errores.
Una semana después....
La boda era al día siguiente.
La casa estaba llena de flores, cajas, vestidos, gente entrando y saliendo. Yo me sentía como una espectadora de mi propia vida.
Bajé al estudio para mostrarle a mi padre unos cambios de último momento en la ceremonia. La puerta estaba entreabierta.
Lo encontré caminando de un lado a otro, con el rostro tenso, hablando solo en voz baja.
—Papá… —dije despacio, entrando.
Se giró de golpe. Su expresión era de pura preocupación.
—Diana —respondió, intentando recomponerse—. No es nada.
No le creí.
—Te conozco —dije, dejando los papeles sobre el escritorio—. ¿Qué está pasando?
Suspiró profundamente, estaba desesperado y preocupado.
—Alguien está intentando vincularme con asuntos de la mafia —admitió apretando los dedos contra el borde del escritorio—. Si eso se hace público, mi carrera estará acabada. Y la campaña para la alcaldía también.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Quién haría algo así?
Mi padre dudó un segundo.
—Luciano Ferrer.
El nombre me golpeó como una bofetada.
—Ha estado hablando en ciertas reuniones —continuó—. Insinuando cosas. Hay gente presionando para que se abra una investigación.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Sali del estudio mientras mi papá seguía preocupado haciendo llamadas, tenía que buscar a Luciano y hablar con el.
El penthouse de Luciano era tan imponente como la recordaba. Me hicieron pasar sin siquiera preguntar mi nombre, como si ya supieran quién era.
Él me esperaba en un comedor elegante, con una mesa servida para dos, velas encendidas, comida caliente.
Me detuve en seco.
—¿Qué es esto? —pregunté, cruzándome de brazos, furiosa.
Luciano se levantó con calma.
—Sabía que vendrías —dijo, con una leve sonrisa—. Pensé que sería agradable cenar.
—No vine a cenar —repliqué, dando un paso adelante, con las manos tensas—. Deja a mi padre en paz.
Él inclinó la cabeza, estudiándome.
—Siéntate.
—No.
Sacó su teléfono y lo sostuvo entre los dedos.
—Una llamada —dijo suavemente—. Y mañana tu padre tendrá a toda la policía revisando cada papel de su carrera.
El miedo me atravesó como un cuchillo.
Apreté los dientes y me senté.
Durante unos segundos solo se escuchó el tintinear de los cubiertos. Yo no probé la comida.
—Olvida lo que pasó esa noche —dije finalmente, mirándolo directo a los ojos, intentando no mostrar que estaba nerviosa—. Fue un error.
Él negó despacio.
—No para mí.
Su mirada se suavizó de una forma inquietante.
—Eres la mujer que he esperado toda mi vida.
Sentí incomodidad, pero también una extraña presión en el pecho.
—No me conoces.
Luciano apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos.
—Soy impotente —dijo seguro con una sonrisa —Tuve un accidente hace unos años y desde entonces no he estado con una mujer
Parpadeé, sorprendida, sin saber qué decir.
—Nunca ninguna mujer ha logrado… nada —continuó, sin apartar la mirada—. Hasta que llegaste tu, por eso no voy a dejarte ir.
Tragué saliva.
—Estoy comprometida y me voy a casar con Matías.
Su expresión se endureció apenas dije su nombre.
—Con un idiota que no te merece.
—No hables así de él, no voy a dejar que te metas entre nosotros —le di un golpe e la mesa y me levanté.
Luciano s
e inclinó un poco hacia mi.
—Tienes 24 horas —dijo en voz baja —. Dejas a Matías y te casas conmigo… o la vida de tu padre quedará destruida.
El mundo parecio moverse debajo de mis pies.
