Capítulo 4 LA BODA
Capítulo 4
—No pienso ceder —le dije a Luciano con la voz tensa, alejándome de él asustada por sus amenazas.—. Haz lo que quieras.
No esperé su respuesta. Salí casi corriendo, con el pulso acelerado y una sensación de vértigo que no me dejo ni cuando subí al auto ni cuando llegué a casa. Quería creer que todo era una amenaza sin fundamento, que nadie podía arruinar así la vida de mi padre solo porque sí.
Al día siguiente, me concentré en la boda como en este momento era lo único importante en mi vida, que me daba paz.
Maquillaje, peinado, vestido, flores, invitados. Todo estaba planeado desde hacía meses. Repetía en mi cabeza que, una vez casada, todo volvería a la normalidad.
Me estaba mirando al espejo cuando la puerta se abrió sin tocar.
Julia entró con un vestido rojo ajustado que parecía elegido para llamar la atención. Se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa torcida, mirándome de arriba abajo con descaro.
Sentí que el estómago se me encogía.
—Qué bonito vestido —dijo con tono burlón, cruzándose de brazos—. Aunque no sé si te durará mucho.
Apreté los labios, obligándome a no temblar.
—No tenías derecho a venir —respondí sin girarme del todo, sujetando con fuerza la tela del vestido.
Julia soltó una risa corta y cínica, ella era eso una cínica por traicionar nuestra amistad.
—Claro que tengo derecho —replicó, entrando como si la habitación fuera suya—. Después de todo, soy parte de la historia de tu vida, tu mejor amiga.
Me giré entonces, incapaz de seguir dándole la espalda, incapaz de ignorar su arrogancia.
—Siempre me envidiaste —dije, sintiendo que la rabia me quemaba por dentro—. Y aun así te quise como a una hermana.
Sus ojos brillaron con algo oscuro.
—Qué conveniente versión —respondió con voz fría—. Tú siempre me viste como “la hija de la empleada”. Nunca como tu amiga. Desde niñas fue así.
Negué con la cabeza, incrédula.
—Eso no es cierto.
Julia se encogió de hombros y me miró con un odio que jamás me había mirado antes.
—Te sentías superior. Más bonita, más rica, más deseada.
Di un paso hacia ella.
—Tus juegos no funcionan conmigo —dije con firmeza, aunque mi pecho estaba rompiendose, ella era como mi hermana —. Matías me ama. Y ya sabe que lo drogaste para acostarte con él.
Por un segundo, Julia se quedó en silencio, abrió los ojos sorprendida, luego se echó a reír. No una risa nerviosa. Una risa genuinamente divertida.
—Dios, si que eres ingenua —murmuró, sacando su teléfono—. Mira la fidelidad del novio del año.
Me mostró la pantalla, se veía fotos y mensajes. Conversaciones largas, muchas fotos de ellos dos en la cama con fechas diferentes, no solo de esa noche
Mi visión se volvió borrosa con los ojos llenos de lágrimas
—Somos amantes desde hace mucho —dijo crueldas, observando mi reacción como si fuera un espectáculo que quería disfrutar —. No te lo quité. Nunca fue solo tuyo, el me ama a mi, tu eres la novia que debe presentar en sociedad.
Sentí que las piernas me fallaban, como si fuera de gelatina.
—¿Sabes qué se siente? —continuó, inclinándose un poco hacia mí, con una sonrisa venenosa—. Casarte con un hombre que se acuesta con la amiga a la que siempre envidiaste.
No pude responder. No salía aire de mis pulmones, estaba paralizada.
Julia guardó el teléfono y se dio media vuelta.
—Disfruta tu boda —añadió antes de salir, sin mirar atrás.
La puerta se cerró. El silencio fue insoportable, me quemaba el corazón, sentía que me moría lentamente.
El salón estaba lleno. Había música, conversaciones de las personas más importantes de la ciudad, copas alzadas. Todo el mundo sonreía, esperando la entrada triunfal de la novia.
Yo entré caminando despacio. Sentía el vestido pesar toneladas. Cuando llegué al centro, levanté una mano.
—Un momento —dije, y mi voz sonó clara aunque yo temblaba por dentro.
La música se detuvo. Cientos de ojos se posaron sobre mí.
Busqué a Matías entre la gente. Estaba cerca del altar, confundido.
Sonreí. No iba a permitir que ese imbécil me viera derrotada.
—Lamento informarles que la boda se cancela —anuncié con una gran sonrisa en mi rostro —. Resulta que el novio olvidó decirme algo importante antes de la boda, que estaba demasiado ocupado acostándose con mi mejor amiga durante años.
Se escucharon murmullos, la gente estaba escandalizada.
Matías palideció.
—Diana, yo…
Levanté una mano para callarlo, todavía sonriendo.
—No te preocupes —añadí con un pequeño gesto de burla—. Al menos ya no tendrán que fingir que se caen mal, puedes hacerla tu mujer.
Yo sentía que me iba a desmoronar, pero seguí sonriendo.
—Gracias por venir. Disfruten la comida. Está pagada y no vamos a desperdiciar el buffet por las picardías del novio, al contrario celebren que me libere del infiel.
Me di media vuelta y salí antes de que alguien intentara detenerme.
Apenas crucé las puertas del club, dejé de sonreír. Las lágrimas empezaron a caer sin control mientras caminaba sin rumbo.
Un automóvil negro estaba estacionado junto a la acera. La puerta trasera se abrió y un hombre de traje bajó.
—Señorita Diana —dijo con respeto—. El señor Luciano me envía por usted.
Me quedé inmóvil. Podía decir que no. Podía huir. Podía intentar volver atrás.
Pero no tenía a dónde ir.
Asentí sin hablar y subí al auto.
Me llevaron a una mansión a las afueras de la ciudad, la casa de Luciano.
Todo estaba iluminado y decorado para una celebración, abrí los ojos al ver a la gente que empezó a aplaudir cuando entre al salón principal.
Había Un juez, con una mesa con documentos. Todo preparado para que me casara con él.
Luciano estaba de pie, impecable, observándome, y eso me enfurecio, el sabía que yo aceptaría y no se cómo sabía que cancelaría la boda
—¿Qué es esto? —le dije
—Ya sabes lo que es, estás vestida de novia, asi que no hay que perder el tiempo.
Caminé directo hacia la mesa. Mis manos temblaban, pero me sentía muerta en vida, ya no era yo
Tomé la pluma y firmé.
El juez hizo lo mismo, murmuró formalidades que no escuché. Todo ocurrió en minutos.
Cuando terminó, levanté la mirada hacia Luciano.
—Ya está —dije con voz plana, sintiendo un vacío enorme—. Ahora soy tu esposa.
Di un paso hacia él, mirándolo con todo el desprecio que tenía.
—Pero te aborrezco —añadí, apretando los dientes—. Igual que a todos los hombres. Y nunca voy a dejar que me pongas un dedo encima.
El silencio hizo tenso el momento.
Luciano no se molestó. No se enfadó. Solo se acercó lo suficiente para que sintiera su presencia sin tocarme.
—Eso lo veremos —dijo en voz baja, segura.
Sus ojos no mostraban duda alguna.
—Te voy a conquistar —contin
uó—. Y me vas a amar con una intensidad que ni siquiera puedes imaginar.
Sentí rabia, miedo y algo más que no quise identificar.
—Jamás —susurré.
