Capítulo 5 PRIMERA NOCHE
Capítulo 5
La fiesta era ridícula, un homenaje al exceso y la poca clase.
Todo para celebrar un matrimonio que nadie esperaba porque no conocía a nadie, Luciano era un ridículo ordinario.
Empecé a tomar copa tras copa, quizás porque me quería arrancar el dolor en el pecho que me dejó mi EX
Había bebido demasiado a propósito. Si tenía que estar allí, al menos no pensaba hacerlo sobria, no iba a presentarme a su farsa.
Luciano caminaba entre los invitados como si fuera el anfitrión perfecto: seguro, controlador e imponente. Cada vez que alguien me miraba, lo hacía con curiosidad o con respeto. Yo sabía por qué. Era su esposa… de repente, nadie en su círculo me conocía, así que me imagino que era la novedad entre las familias mafiosas.
Un hombre joven se acercó a mí con una sonrisa nerviosa y una actitud coqueta
—Señora Ferrer —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Es un honor conocerla, la verdad es que su belleza es lo mejor de esta fiesta
Rodé los ojos internamente ante el título, odiaba pensar que era la esposa de Luciano Ferrer.
—Diana —respondí, inclinándome hacia él más de lo necesario, con una sonrisa lenta—. Llámame Diana.
Vi cómo tragaba saliva, y entendió de inmediato mi coquetería.
Me acerqué un poco más, apoyando la mano en su brazo como si necesitara equilibrio, aunque en realidad quería que todos me vieran coquetearle
—¿Siempre son tan aburridas estas fiestas? —murmuré cerca de su oído, sintiendo el calor del alcohol en mi sangre y un impulso infantil de provocar.
El hombre se sonrojó.
—Yo… no sabría decir… a mi me gustan las fiestas privadas en mi habitación
Reí en voz baja, deslizando los dedos por su manga con descaro.
—A mi me encantan esas fiestas, soy muy buena gritando de alegría ¿Me entiendes? —me relami los labios y me mordi el labio inferior
El hombre se sonrojo y casi de inmediato empezó a ponerse duro, lo noté por su pantalón.
No tuve que mirar para saber que Luciano nos estaba observando.
—Tal vez deberíamos escapar —susurre con tono insinuante, mirándolo a los ojos con descaro —Solo si quieres escucharme celebrar
—¿Qué tipo de celebración? —el tipo ya se estaba calentando
—Digamos que soy muy buena cabalgando caballos y cuando estoy llegando a la meta me gusta gritar en exceso.
El pobre parecía que se había ganado la lotería, entonces la música se detuvo de golpe.
—La fiesta ha terminado —sono la voz de Luciano, fuerte, autoritaria, llenando todo el salón.
Todos se quedaron en silencio.
Su mirada estaba clavada en mí y en el hombre.
—Gracias por venir —diho sin apartar los ojos de los míos—. Buenas noches señor Castelo.
—Estoy hablando con su esposa —dijo el sujeto bastante molesto
—¡Mi esposa! Lo dijo bien —gruño Luciano.
Uno de los hombres más mayores de la fiesta, les pidió a los dos comportarse, y le sugirió a todos irse a su casa para terminar la celebración.
Nadie discutió. La gente empezó a irse en silencio incluso Castelo que miro a Luciano furioso.
Luciano llamó a una empleada sin mirarme, estaba que temblaba de rabia.
—Lleven a mi esposa a su habitación —ordenó con frialdad.
La mujer se acercó con cautela.
—Por favor, señora… acompañeme
Me levanté tambaleándome, pero antes de irme le dediqué a Luciano una sonrisa provocadora, casi desafiante.
—Buenas noches, esposo —dije con dulzura falsa —Que lastima que me dañaste mi luna de miel, el señor Castelo estaba dispuesto a hacer lo que tú no puedes.
Subí a la habitación riendo sola, se que era una infantil, pero Luciano tenía que pagar por obligarme a ser su esposa.
Cuando Luciano entró minutos después, yo estaba sentada en la cama, descalza, con el cabello desordenado.
—Te luciste —murmuré con sarcasmo, aplaudiendo despacio, aunque mis manos no se coordinaban bien—. Qué anfitrión tan encantador.
Él cerró la puerta con un golpe seco.
—Estabas coqueteando con otro hombre delante de todos, casi te lo llevabas a la cama
Me encogí de hombros y lo miré burlona
—¿Y? —respondí, mirándolo con una sonrisa torcida—. Dijiste que sería tu esposa. Nunca tu mujer, y si no soy tu mujer soy libre.
Vi cómo su mandíbula se tensaba.
—Desde ahora eres mía —dijo con voz llena de frustración.
Solté una risa corta.
—En tus sueños.
Me levanté tambaleándome un poco, acercándome lo suficiente para mirarlo de cerca.
—Puedes tener un papel firmado, una casa enorme, mil empleados… —añadí, clavándole el dedo en el pecho con torpeza—. Pero nunca me vas a tener a mí.
—Yo se que si, que te vas a enamorar de mi —dijo el mientras servía una copa de whisky y se quitaba la camisa
—¿Me vas a forzar? —me dijo bromeando
—No preciosa, el día que te entregues va a ser porque quieres, eso te lo aseguro
—¡Nunca me vas a tener! Debe ser difícil ser impotente y que la única mujer que te lo levanta no quiera estar contigo.
Luciano se sentó en la silla frente a mí, recostado, mirándome mientras tomaba su trago de whisky.
—Es una tortura —dijo con una sonrisa.
—¡Yo sí te voy a torturar!
Me quité el vestido y me quedé frente a él solo con la lencería blanca. Sus ojos bajaron por mi cuerpo sin disimular.
Me senté en la cama, abrí las piernas y metí la mano dentro de mi pantaleta. Empecé a tocarme despacio, rozando mi clítoris en círculos.
—Mírame —le dije, la voz temblorosa de excitación—. Mírame bien, porque nunca vas a tener esto. Nunca vas a tocarme.
Luciano soltó el vaso y se abrió el pantalón sin dejar de mirarme. Sacó su pene duro y empezó a masturbarse despacio con los ojos clavados entre mis piernas.
—Más rápido —ordenó con voz ronca
—No me des órdenes —respondí, pero aceleré los dedos igual, gimiendo bajito.
—Quiero verte más mojada. Métete un dedo.
Gemi más fuerte y obedecí, metiendo un dedo mientras seguía frotando el clítoris con el pulgar.
—Así… buena chica —murmuró él, moviendo la mano más rápido en su polla—. Ahora coge esa almohada.
Tomé la almohada grande que estaba a mi lado y la puse entre mis piernas. Me subí encima y empecé a cabalgarla despacio, frotándome contra ella mientras lo miraba.
—Muévete más rápido —dijo Luciano—. Quiero verte rebotar en esa almohada como si fuera mi polla.
—No me mandes… —jadeé, pero empecé a mover las caderas con más fuerza, arriba y abajo, frotándome con ritmo. La tela de la almohada rozaba justo donde más lo necesitaba y gemí más alto, sin poder contenerme.
—preciosa… mírate —gruñó él, masturbándose más rápido—. Eres una puta provocadora. Cabálgala más duro. Quiero ver cómo te mojas.
Gemí fuerte, los ojos entrecerrados de placer. Era mucho más rico de lo que había imaginado. Sentía el calor subiendo rápido por todo mi cuerpo.
—Así… frota ese coño rico contra la almohada —siguió él—. Imagina que soy yo el que te está cogiendo.
—No… no me vas a tener nunca… —gemí, pero mis caderas se movían cada vez más rápido, desesperadas.
—. Quiero verte correrte mientras me miras.
—No me des órdenes… —protesté entre gemidos, pero seguí cabalgando la almohada más fuerte, más rápido, sintiendo el orgasmo acercándose.
Luciano aceleró la mano en su pene, respirando pesado.
—Ahora… córrete conmigo —dijo con voz tensa.
El placer me explotó de golpe. Gemí fuerte, temblando encima de la almohada mientras me corría, mojándola toda.
Casi al mismo tiempo, Luciano gruñó y se vino en su mano, chorros cayendo sobre su abdomen mientras me miraba sin apartar los ojos.
Los dos nos quedamos respirando agitados, mirándonos en silencio.
Yo todavía temblaba un poco, sorprendida de lo mucho que había disfrutado torturarlo así
