Capítulo 1 1

—No vuelvas a decir que esa colección es de Elisa.

Mi padre dejó de sonreír.

Solo durante un segundo.

Después volvió a mirar a los periodistas como si yo fuera una copa mal colocada en la mesa.

—Renata, ahora no.

—Llevo ocho años escuchando “ahora no”.

Mi madre se acercó con la misma expresión que usaba cuando una modelo engordaba medio kilo antes de una sesión.

—Baja la voz.

—¿Para qué? Ya están todos mirando.

Y era verdad.

El salón principal del Hotel Balmori estaba lleno de compradores, prensa, modelos y personas que fingían no escuchar mientras escuchaban hasta mi respiración.

En la pantalla detrás de nosotros aparecía la nueva campaña de Arce Atelier.

Nombre de Elisa.

Fotografía de Elisa.

Vestidos míos.

Mi padre tomó mi brazo.

—Vamos a hablar en privado.

—No me toques.

Me soltó.

Adrián Balmori apareció junto a nosotros con una copa intacta.

Perfecto traje oscuro.

Perfecta postura.

Perfecta cara de hombre acostumbrado a resolver incendios sin despeinarse.

—Renata, podemos manejar esto.

Me reí.

—Ese es exactamente el problema.

—Elisa desapareció hace cuatro días.

—Y yo llevo cuatro días terminando sus entrevistas, corrigiendo su colección y contestando correos con su firma.

Mi madre palideció.

—Cállate.

—No.

Un murmullo atravesó el salón.

Mi padre bajó la voz.

—Estás destruyendo años de trabajo.

—No. Estoy diciendo quién lo hizo.

Adrián se acercó.

—Hay contratos involucrados.

—Siempre hay contratos cuando alguien necesita que yo desaparezca.

—No eres invisible.

Lo miré.

—¿Quién diseñó el vestido que lleva tu prometida en la campaña?

Adrián guardó silencio.

—Eso pensé.

Una periodista levantó la voz desde atrás.

—¿Renata, estás diciendo que las colecciones de Elisa Arce son tuyas?

Mi madre cerró los ojos.

Mi padre susurró una grosería.

Yo miré la enorme fotografía de mi hermana.

Elisa sonreía dentro de un vestido que terminé a las tres de la mañana después de rehacer el corsé seis veces.

—Sí.

El salón explotó.

Preguntas.

Teléfonos.

Cámaras.

Mi padre intentó interponerse.

—Eso no es lo que quiso decir.

—Sí es exactamente lo que quise decir.

—Renata.

—Las últimas cinco colecciones las diseñé yo.

Mi madre agarró mi muñeca.

—Te vas a arrepentir.

—Probablemente.

Me liberé.

—Pero al menos será de algo que hice con mi nombre.

Los periodistas avanzaron.

Adrián levantó una mano.

—Denle espacio.

—No necesito que me protejas.

—Necesitas salir de aquí.

Por primera vez en toda la noche estuvimos de acuerdo.

Crucé el salón mientras veinte personas gritaban mi nombre.

Curioso.

Tuvieron que verme romper a mi familia para aprenderlo.

Llegué al estacionamiento sin saber dónde estaba mi coche.

Porque había venido con mis padres.

Maravilloso.

Una puerta negra se abrió frente a mí.

No pensé.

Entré.

—Conduce.

El hombre del asiento del conductor me miró.

Yo lo miré.

No era chófer.

Definitivamente no.

Camisa blanca con las mangas dobladas.

Reloj oscuro.

Cabello negro.

Una expresión demasiado tranquila para alguien que acababa de encontrar una desconocida en su coche.

—¿Sueles subirte a coches ajenos?

Golpearon la ventana.

Un fotógrafo apareció detrás.

—Ahora sí.

—Argumento sólido.

—Conduce.

—¿Y si soy un asesino?

—Entonces hoy vas a tener que hacer fila.

La esquina de su boca se movió.

Encendió el motor.

—Cinturón.

—¿En serio?

—No pienso cometer un homicidio vehicular por una desconocida.

Me lo puse.

El coche salió mientras los flashes golpeaban los cristales.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

—Gracias.

—Todavía no.

—¿Qué?

—No sé quién eres.

Lo miré.

—Renata Arce.

Su atención volvió a la carretera.

—Eso explica los fotógrafos.

—¿Me conoces?

—Conozco el apellido.

—Qué decepción. Pensé que mi fama duraría cinco minutos.

—Dale tres.

Solté una risa.

No quería.

Me salió.

—¿Y tú?

—Matías.

Esperé.

—¿Solo Matías?

—Pensé que estabas huyendo, no solicitando mi historial bancario.

—Podrías secuestrarme.

—Tú entraste sola.

—Ese detalle complicaría mucho mi denuncia.

—También mi defensa.

La ciudad pasó detrás del vidrio.

Mi teléfono vibraba sin parar dentro del bolso.

No lo saqué.

—¿A dónde vamos?

—Tú me dijiste que condujera.

—No pensé que obedecerías.

—Entonces eliges muy mal tus coches.

—Eso empieza a parecer evidente.

Matías giró en una avenida menos transitada.

—¿Quieres un hotel?

—No.

—¿Casa de alguna amiga?

Pensé en llamar a Paula.

También pensé en las cuarenta llamadas que tendría que explicar.

—No todavía.

—¿Una comisaría?

—No he cometido ningún delito.

—Parecía una posibilidad.

Lo miré.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si todo te resultara ligeramente divertido.

—Solo cuando alguien entra en mi coche y me ordena huir.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez lo saqué.

Treinta y dos llamadas.

Once de mi madre.

Siete de mi padre.

Cuatro de Adrián.

Y un mensaje.

Papá: “Vuelve inmediatamente. Podemos corregir lo que dijiste.”

Me reí.

Matías me miró de reojo.

—¿Buenas noticias?

—Mi familia quiere corregir mi existencia.

—Suena caro.

—Normalmente lo hacen gratis.

Bloqueé el teléfono.

—¿Qué dijiste dentro?

Lo observé.

—¿Vas a venderlo?

—No necesito dinero.

—Eso dicen los que más tienen.

—Entonces mantén la intriga.

Me crucé de brazos.

—Dije que cinco colecciones famosas de mi hermana las diseñé yo.

Matías dejó de sonreír.

—¿Es verdad?

—Sí.

—¿Y ella?

—Pone la cara.

—Buen reparto de tareas.

Me reí otra vez.

—No deberías hacerme gracia.

—No parece un problema grave.

—Mi familia te odiaría.

—Eso tampoco es nuevo.

Giré hacia él.

—¿Los conoces?

Matías tardó medio segundo.

Suficiente.

—Conozco a Adrián.

—¿De qué?

—Trabajamos juntos hace años.

—¿Y ahora?

—Ahora preferimos edificios distintos.

—Eso suena muy adulto.

—La alternativa incluía golpes.

Lo miré mejor.

Había algo familiar en su apellido inexistente.

—Dime tu apellido.

—No.

—¿Por qué?

—Porque estás teniendo una noche difícil.

—Precisamente por eso.

—Cuando lleguemos.

—¿A dónde?

—A tomar café.

—No quiero café.

—Necesitas algo menos dramático que champaña.

—No bebí.

—Entonces tu familia te provoca esto sobria. Interesante.

—Te estás ganando que salte del coche.

—Estamos a sesenta kilómetros por hora.

—Baja a treinta.

Sonrió.

Cinco minutos después estacionó frente a una cafetería casi vacía.

No bajé.

Él tampoco.

—¿Ahora me dices quién eres?

Matías giró hacia mí.

De cerca tenía unos ojos oscuros, molestamente atentos.

—Matías Cárdenas.

Mi estómago cayó.

Claro.

El antiguo socio de Adrián.

El hombre cuyo nombre mi padre pronunciaba como si fuera una enfermedad.

—No puede ser.

—Qué cálida reacción.

—Mi familia te odia.

—Tu familia parece ocupada odiando gente.

—Adrián también.

—Eso sí es recíproco.

Agarré la manija.

—Tengo que irme.

—¿Por qué?

—Porque subir al coche del enemigo de mi familia justo después de destruir una gala parece una pésima idea.

Matías miró hacia el parabrisas.

Dos motocicletas acababan de estacionarse detrás.

Fotógrafos.

Perfecto.

—Ya es tarde para la prudencia.

—¿Qué hacemos?

Matías me miró.

—Primero decides algo.

—¿Qué?

—Si quieres volver ahí dentro y pedir perdón por decir la verdad.

La pregunta me atravesó.

Pensé en Elisa.

En mi padre.

En ocho años sin firma.

Por primera vez pensé en lo absurdo que era sentir culpa por abandonar a personas que llevaban años abandonándome a mí dentro de una habitación llena de aplausos. No sabía qué iba a pasar mañana, ni dónde dormiría, ni cuánto costaría aquella confesión. Solo sabía que regresar significaba volver a callarme otra vez.

—No.

Matías abrió su puerta.

—Entonces deja de comportarte como si escapar conmigo fuera el escándalo de esta noche.

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