Capítulo 2 2

—No voy a volver.

Matías apoyó un brazo sobre el volante.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas un discurso?

—No sé. Algo más dramático.

—Acabas de destruir una gala, revelar un fraude creativo y subirte al coche del enemigo de tu familia. Creo que ya gastaste la cuota.

Miré por el espejo.

Los fotógrafos seguían afuera.

—No me hace gracia.

—A mí un poco.

—Qué persona tan desagradable.

—Todavía puedes bajarte.

—Y tú todavía puedes dejar de sonreír.

No lo hizo.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Mamá.

Lo puse boca abajo.

—¿No vas a contestar?

—¿Quieres oír cómo me llaman ingrata durante veinte minutos?

—Preferiría el café.

—Cobarde.

—Práctico.

Matías abrió la puerta.

—Ven.

—¿A dónde?

—A tomar algo antes de que esos dos descubran que pueden entrar.

—No quiero que me fotografíen contigo.

—Demasiado tarde.

—Gracias por empeorarlo.

—Servicio completo.

Bajamos por una entrada lateral de la cafetería.

Dentro había cuatro mesas ocupadas y un camarero que miró a Matías como si lo conociera.

—Lo de siempre, señor Cárdenas.

—Y para ella...

—Chocolate.

Matías me miró.

—¿Chocolate?

—No necesito más cafeína.

—Tienes cara de necesitar tequila.

—También.

Nos sentamos al fondo.

—¿Siempre te escondes aquí?

—No me escondo.

—Entraste por la cocina.

—Evito fotógrafos.

—Eso se parece mucho.

—Aprenderás la diferencia.

—No planeo pasar suficiente tiempo contigo.

—Eso también lo veremos.

Lo miré.

—No coquetees.

—No estaba coqueteando.

—Peor. Te sale solo.

—Ahora sí estás siendo injusta.

El camarero dejó las bebidas.

Mi chocolate tenía canela.

Probé un sorbo.

—Está bueno.

—No parezcas tan sorprendida.

—Elegiste una cafetería escondida detrás de una gasolinera.

—Los mejores lugares no necesitan mármol.

—Eso viniendo de un hotelero suena contradictorio.

—Por fin recordaste quién soy.

—Mi padre te llama oportunista.

—Tu padre me debe creatividad.

—Adrián te llama traidor.

La sonrisa desapareció apenas.

—Adrián llama traición a cualquier decisión que no puede controlar.

La frase me incomodó por razones que no tenían que ver con él.

—¿Qué pasó entre ustedes?

—No esta noche.

—Qué manía tienen los hombres de posponer respuestas.

—Qué manía tienes tú de pedirlas cuando acabas de conocer a alguien.

—Soy curiosa.

—Eres peligrosa.

—Eso sí fue coqueteo.

—Un poco.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi dignidad.

Desvié la mirada.

—No.

—¿No qué?

—No voy a hacer esto.

—¿Tomar chocolate?

—Tú sabes.

—No, Renata. Dímelo.

Odié cómo dijo mi nombre.

Calmo.

Sin condescendencia.

—No voy a convertirme en el escándalo romántico de esta noche.

—Tranquila. Para eso necesitaríamos romance.

—Qué alivio.

—Y tiempo.

Lo miré.

Matías bebió café como si no acabara de añadir gasolina a mi paciencia.

Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez era Adrián.

Contesté.

—¿Dónde estás?

—Hola a ti también.

—Renata, esto es serio.

—Lo sé. Dije la verdad delante de ciento cincuenta personas.

—Estás con Cárdenas.

Miré a Matías.

Él levantó una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—Ya hay fotos.

Genial.

—Fue casualidad.

—Con Matías no existe la casualidad.

—¿Me estás advirtiendo sobre un hombre mientras tu prometida está desaparecida?

Silencio.

—Elisa me llamó.

Me incorporé.

—¿Qué?

Matías dejó la taza.

—¿Dónde está?

—No quiso decirlo.

—¿Está bien?

—Sí.

El alivio duró poco.

—¿Y qué quería?

—Que no la buscáramos.

Cerré los ojos.

Muy Elisa.

—¿Algo más?

Adrián tardó.

—Preguntó qué habías hecho.

Claro.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

Casi reí.

—Qué novedad.

—Renata.

—¿Qué dijo?

—Que no tenías derecho.

Sentí el golpe limpio.

—Por supuesto.

Matías me observó sin intervenir.

—Necesitamos controlar esto antes de mañana —continuó Adrián—. Tu padre quiere emitir un comunicado diciendo que hubo una confusión sobre los procesos creativos.

—No hubo ninguna confusión.

—Podemos reconocer tu participación sin destruir la marca.

—Mi participación.

—No es momento de discutir semántica.

—Para mí lleva ocho años siendo exactamente eso.

—Renata, piensa.

—Estoy pensando.

—Entonces vuelve.

Miré por la ventana.

Los fotógrafos esperaban.

Matías también.

Nadie me tocaba.

Nadie decidía.

—No.

—¿Qué?

—No voy a volver esta noche.

—¿Dónde vas a dormir?

No tenía respuesta.

Matías escribió algo en una servilleta y la empujó hacia mí.

CASA UMBRAL. HABITACIÓN 314.

Negué con la cabeza.

Él añadió debajo:

SIN COBRO.

Fruncí el ceño.

Añadió otra línea:

SIN SECUESTRO.

Tuve que taparme la boca para no reír.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.

—Nada.

Matías escribió:

ESO DOLIÓ.

Le lancé la servilleta.

—Renata.

—Estoy bien.

—Vuelve al hotel.

—No.

—¿Cárdenas te está diciendo qué hacer?

Miré a Matías.

Estaba limpiando tranquilamente una gota de café de la mesa.

—No. Esa es la diferencia.

Colgué.

El teléfono sonó inmediatamente otra vez.

Lo apagué.

—Tu amigo te odia.

—Ya no es mi amigo.

—Se nota.

—Y tu familia parece encantadora.

—Puedes dejar de disfrutarlo.

—No disfruto que te hagan daño.

La respuesta me dejó quieta.

Matías tampoco hizo nada para suavizarla.

—No necesito que me rescates.

—No pensaba hacerlo.

—Me ofreciste una habitación.

—Porque dijiste que no sabías dónde dormir.

—Eso es rescatar.

—No. Rescatar sería decidir que vienes conmigo y meter tus maletas en el coche.

—No tengo maletas.

—Facilita el secuestro.

Me reí.

—Idiota.

—Mejor.

—¿Qué?

—Hace cinco minutos parecía que ibas a llorar.

La risa desapareció.

—No voy a llorar.

—No dije que estuviera prohibido.

—Odio llorar delante de desconocidos.

—Entonces mírame como enemigo.

—Eso debería ayudar.

—Muchísimo.

Bajé la vista.

—Mi hermana sabía.

—¿Qué cosa?

—Que yo hacía los diseños. Siempre lo supo.

—Eso imaginé.

—Nunca me obligó directamente.

—Pero tampoco lo detuvo.

—No.

Me ardieron los ojos.

—Mi padre decía que yo tendría mi momento cuando la marca estuviera estable.

—¿Y se estabilizó?

—Hace seis años.

—Buen calendario.

Me reí sin querer.

—Eres terrible consolando.

—No te estoy consolando.

—¿Entonces?

—Estoy escuchando.

Eso fue peor.

Porque nadie en mi familia escuchaba sin preparar una respuesta.

—¿Por qué me ayudas?

Matías dejó la taza.

—Porque hoy dijiste algo delante de una habitación llena de personas que llevaban años beneficiándose de tu silencio.

—Eso no responde.

—Porque reconozco lo que cuesta dejar de ser útil para gente que solo te quiere cuando obedeces.

Lo miré.

Había algo detrás de esa frase.

Algo personal.

—¿Adrián?

—No esta noche.

—Cobarde.

—Curiosa.

Me levanté.

—Aceptar la habitación no significa nada.

—Por supuesto.

—Te la pagaré.

—No.

—Entonces no voy.

—Puedes diseñarme algo.

—¿Qué?

—Tengo una hacienda restaurada con un antiguo taller textil vacío. Necesito textiles para seis suites.

Parpadeé.

—¿Me estás ofreciendo trabajo?

—Te estoy proponiendo un intercambio.

—No has visto nada mío.

Matías sostuvo mi mirada.

—Acabo de ver una colección completa proyectada detrás de tu hermana.

Mi pecho se apretó.

—Eso fue muy calculado.

—Funcionó.

—Un poco.

Se levantó.

Quedamos demasiado cerca.

—Entonces acepta una noche. Mañana decides el resto.

—¿Y si mañana desaparezco?

—Te cobraré el chocolate.

—Extorsionador.

—Diseñadora fugitiva.

Tomé mi bolso.

—Una noche.

—Una.

Me repetí que aquello era únicamente práctico: una cama, una puerta cerrada y unas horas lejos de mi familia. Mi cuerpo, desgraciadamente, parecía tener una opinión bastante menos profesional sobre él.

—Habitaciones separadas.

Matías sonrió.

—Renata, ni siquiera te he besado y ya estás negociando dormitorios.

Sentí calor en la cara.

—Eso no va a pasar.

Él abrió la puerta lateral.

—Perfecto.

—¿Por qué pareces tan seguro?

Matías se inclinó apenas hacia mí, sin tocarme.

—Porque cuando pase, quiero que seas tú quien deje de fingir que no lo estabas esperando.

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