Capítulo 3 3
—No voy a dormir contigo.
Matías apagó el motor.
—Excelente manera de inaugurar un hotel.
—Te lo dije antes.
—Y yo no te invité a mi habitación.
Miré la fachada iluminada de Casa Umbral.
La antigua casona ocupaba media esquina, piedra oscura, balcones de hierro y un patio central que alcanzaba a verse detrás del vestíbulo. No parecía un hotel diseñado para impresionar. Parecía un lugar que había sobrevivido a demasiadas generaciones y estaba orgulloso de ello.
—Es bonito —admití.
—No pongas esa cara. Te cobraré el cumplido.
—Entonces retiro todo.
Matías bajó.
Yo tardé un segundo más.
—¿Vienes?
—Estoy considerando huir.
—Hazlo después de registrarte.
Entramos por una puerta lateral.
El recepcionista levantó la mirada.
—Buenas noches, señor Cárdenas.
—Una habitación para la señorita Arce.
—Claro.
—Y ponla lejos de la mía.
Lo miré.
—Idiota.
El recepcionista fingió una tos.
Matías sonrió.
—Ella pidió habitaciones separadas con una seriedad contractual.
—No necesito contexto —dijo el hombre.
—Gracias —respondí.
Me entregaron una tarjeta.
Matías señaló el ascensor.
—¿Quieres subir?
—Quiero ver el taller.
—Son casi las dos.
—Dijiste que existía.
—Existe mañana también.
—No confío en los hombres que ofrecen habitaciones y talleres durante una fuga mediática.
—Sensato.
—Enséñamelo.
Me estudió un momento.
—Bien.
En lugar del ascensor, cruzamos el patio.
La noche olía a tierra húmeda y buganvilias.
—¿Cuánto tiempo lleva siendo tuyo?
—Cinco años.
—¿Lo compraste después de pelearte con Adrián?
—Compré una ruina después de pelearme con Adrián.
—Eso sí suena emocionalmente saludable.
—Funcionó mejor que terapia.
—Más caro.
—Muchísimo.
Llegamos a un corredor cerrado.
Matías abrió una puerta ancha.
Encendió las luces.
Me quedé inmóvil.
El atelier era enorme.
Techos altos.
Ventanas arqueadas.
Mesas largas de madera.
Un muro entero con estanterías vacías.
Máquinas antiguas restauradas como decoración.
—Esto no está vacío —dije.
—No se usa.
Caminé hacia una mesa.
Pasé los dedos por la superficie.
—¿Era taller de verdad?
—Textil. La familia que vivía aquí producía bordados y manteles.
—¿Por qué no lo convertiste en habitaciones?
—Porque algunas habitaciones tienen derecho a seguir siendo lo que eran.
Lo miré.
—Eso fue sorprendentemente bonito.
—No lo repitas.
Me acerqué a una ventana.
—¿Y quieres que diseñe textiles para seis suites?
—Sí.
—No sabes cuánto cobro.
—Tú tampoco.
—Qué grosero.
—Necesitas aprender a poner precio antes de acusarme.
La frase me pinchó.
Porque tenía razón.
Durante ocho años mi salario había sido decidido por mi padre.
Mis diseños nunca habían tenido precio propio.
—No voy a trabajar gratis.
—No te lo pedí.
—Ni a cambio de una habitación.
—Tampoco.
—Entonces explícate.
Matías apoyó las manos en el borde de una mesa.
—Te cedo este espacio diez semanas. Tú desarrollas seis piezas para Casa Umbral. Negociamos honorarios aparte. Si quieres irte antes, te vas.
—¿Y por qué harías eso?
—Porque está desperdiciado.
—No me refiero al taller.
—Ya sé.
Me crucé de brazos.
—No me conoces.
—Sé que diseñaste cinco colecciones que otra persona firmó.
—Eso no significa que vaya a diseñarte algo bueno.
—Perfecto. Si es horrible, te lo diré.
—Qué tranquilidad.
—Tengo fama de sincero.
—Mi padre usa otra palabra.
—Tu padre usa muchas.
Mi teléfono volvió a encenderse solo cuando lo conecté a una batería portátil.
Cincuenta y ocho mensajes.
Uno de Paula.
“¿ESTÁS VIVA? DIME QUE NO ESTÁS SECUESTRADA.”
Respondí:
“Viva. No secuestrada. Creo.”
Tres puntos aparecieron inmediatamente.
“¿CREES?”
Guardé el móvil.
Matías abrió un armario.
—Aquí hay material antiguo.
Sacó una caja con muestras bordadas.
Me acerqué.
Nuestros hombros chocaron.
Los dos nos apartamos.
Demasiado rápido.
—Perdón —dije.
—No pasó nada.
—Ya sé.
—Entonces deja de mirar mi hombro como si hubiera ocurrido algo grave.
—Estoy mirando la caja.
—Claro.
Le quité una muestra de las manos.
—Esto está hecho a mano.
—Sí.
—¿Tienes más?
—Muchas.
—Quiero verlas.
—Mañana.
—Ahora.
—Renata.
—Matías.
Suspiró.
—Eres agotadora.
—Te advertí que no me conocías.
Se agachó frente a otro armario.
Su camisa se tensó en la espalda.
Aparté la mirada.
Inmediatamente.
Él se incorporó con otra caja.
—Eso fue discreto.
—¿Qué?
—Nada.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Me estás robando frases.
—Demándame.
Puso la caja frente a mí.
Abrí la tapa.
Había encajes, bordados antiguos y fragmentos de telas con iniciales.
Por unos segundos olvidé todo.
Mi padre.
Elisa.
Los periodistas.
Adrián.
—Esto es increíble.
Matías dejó de bromear.
—Te gusta.
—Mucho.
—Entonces úsalo.
—No puedo cortar piezas históricas.
—No dije que las cortaras.
—Podría reinterpretarlas.
—Eso esperaba.
Levanté la cabeza.
—Ya habías pensado en esto.
—Desde que vi la colección esta noche.
—¿En medio del desastre?
—También sé hacer dos cosas a la vez.
—Presumido.
—Diseñadora fugitiva.
Sonreí.
Entonces escuchamos golpes afuera.
Voces.
Matías apagó la luz principal.
—¿Qué haces?
—Periodistas.
—¿Aquí?
—Debieron seguirnos.
—Perfecto.
Se acercó a la ventana y cerró la cortina.
Yo me moví al mismo tiempo.
Chocamos.
Su mano fue a mi cintura por reflejo.
Esta vez sí me tocó.
Quedé pegada a su pecho.
Silencio.
Su palma estaba abierta sobre mi costado.
Caliente.
Firme.
Y demasiado consciente.
—Matías.
—Sí.
—Tu mano.
—La noto.
—Quítala.
La retiró inmediatamente.
No sonrió.
Eso fue peor.
—Perdón.
—Está bien.
—No debería haberlo hecho.
—Fue reflejo.
—Sigue siendo tu cuerpo.
Mi respiración cambió.
Odié que una frase tan sencilla pudiera afectarme más que cualquier provocación.
Los golpes aumentaron.
—Señor Cárdenas —gritó alguien desde el patio—, ¿Renata Arce está con usted?
Matías me miró.
—Puedo sacarte por otra puerta.
—¿Y mañana?
—Seguirán preguntando.
—Entonces tendremos que decir algo.
—Tú decides qué.
Esa frase otra vez.
Tú decides.
Me quedé mirando la oscuridad del taller.
—No quiero volver a esconderme.
—Entonces no lo hagas.
—Pero tampoco quiero que parezca que escapé contigo por... esto.
—¿Esto?
—Ya sabes.
—No. Explícalo.
—Romance.
Una sonrisa lenta apareció.
—Creí que habíamos establecido que para eso hacía falta tiempo.
—Y romance.
—También.
Rodé los ojos.
—Podemos decir que me ofreciste trabajo.
—Es verdad.
—Y que estoy alojada aquí temporalmente.
—También.
—Nada más.
—Nada más.
Los periodistas volvieron a gritar.
Matías abrió la puerta del taller.
—Entonces salimos.
—¿Ahora?
—Dijiste que no quieres esconderte.
—No quiero que me arrojes al circo.
—Voy contigo.
—Eso empeora los titulares.
—Probablemente.
—No estás ayudando.
—Estoy siendo sincero.
Caminó hacia el patio.
Yo lo seguí.
Antes de abrir la puerta exterior, se volvió.
—Una cosa.
—¿Qué?
—Si alguien pregunta si estamos juntos, no contestaré por ti.
Lo miré.
—Gracias.
—Pero si me preguntan si quiero que vuelvas mañana a este taller, ahí sí voy a responder.
—¿Y qué vas a decir?
Matías abrió la puerta mientras los flashes explotaban frente a nosotros.
Los fotógrafos avanzaron en bloque.
Por un instante quise retroceder.
Matías no me tomó de la mano. No me empujó hacia delante. Simplemente se quedó a mi lado, lo bastante cerca para que supiera que podía moverme y lo bastante lejos para que nadie confundiera compañía con posesión.
—Renata, ¿es cierto que abandonaste Arce Atelier?
—Sí.
—¿Estás trabajando para Matías Cárdenas?
Miré el patio, luego el taller detrás de nosotros.
—Todavía estamos negociando.
—¿Hay una relación entre ustedes?
Solté una carcajada.
—Acabo de conocerlo.
Matías murmuró:
—Devastador para mi reputación masculina.
—Que por primera vez en mucho tiempo encontré a alguien que quiero ver ocupar un lugar sin pedir permiso.
