Capítulo 4 4

—¿Qué quisiste decir con que quieres verme ocupar un lugar?

Matías cerró la puerta del patio detrás de nosotros.

—Exactamente eso.

—Había veinte periodistas escuchando.

—Lo noté por los flashes.

—Ahora van a convertirlo en otra cosa.

—También lo harán si mañana desayuno contigo.

—Entonces no desayunes conmigo.

—Cruel.

Caminé hacia el vestíbulo intentando ignorar el teléfono vibrando dentro de mi bolso.

—Renata.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—Probablemente algo razonable. Me irrita más.

—Buena estrategia.

Entramos al ascensor.

El espejo me devolvió una versión de mí que parecía haber perdido una pelea con su propia noche. Cabello suelto, maquillaje corrido, vestido arrugado.

Matías seguía impecable.

—Te odio un poco.

—Por mi cara.

—Por tu camisa.

Miró sus mangas.

—¿Qué tiene?

—Sigue blanca.

—Ese es tu argumento.

—Yo parezco una servilleta usada.

—No.

Lo miré.

—No termines esa frase.

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso.

—También.

Las puertas se abrieron.

—Buenas noches, diseñadora fugitiva.

—Buenas noches, enemigo profesional.

Entré a mi habitación.

Duré cuatro minutos antes de que mi padre llamara desde otro número.

Contesté.

—¿Qué?

—Vas a regresar a casa ahora mismo.

—No.

—No sabes el daño que hiciste.

—Sí sé.

—La prensa está diciendo que Elisa robó tus diseños.

—Porque lo hizo.

—Tu hermana no robó nada.

—Firmó trabajos que no creó.

—Con tu consentimiento.

Eso dolió porque era cierto.

Al principio.

A los diecinueve acepté ayudar con una colección. Después otra. Después todo se volvió costumbre.

—Ya no lo tienen.

—Renata, piensa en la empresa.

—Llevo ocho años pensando en ella.

—¿Y ahora qué quieres?

La pregunta me hizo reír.

—Qué curioso que todos me la hagan después de que dejo de obedecer.

—No hagas esto personal.

—Papá, mi nombre estuvo fuera de mis propios diseños. ¿Cómo podría no ser personal?

Silencio.

—Cárdenas te está manipulando.

Cerré los ojos.

—Lo conocí hace dos horas.

—Eso basta para él.

—No sabes qué estoy haciendo.

—Sé que estás en su hotel.

—Porque no tenía dónde dormir.

—Tienes casa.

—Tengo una habitación en una casa donde hoy me pidieron negar mi trabajo.

—Tu madre está destrozada.

Ahí estaba la culpa.

La herramienta familiar más económica.

—Lo siento por ella.

—Entonces vuelve.

—No.

—Mañana emitiremos un comunicado.

—Sin mi nombre.

—Renata.

—Si dicen que me confundí, lo desmentiré públicamente.

Mi padre guardó silencio.

—No te reconozco.

La frase me atravesó.

Respiré.

—Ese es el problema. Nunca tuvieron que conocerme mientras yo hiciera exactamente lo que necesitaban.

Colgué.

Me temblaban las manos.

Antes de que pudiera dejar el teléfono, apareció una notificación.

Una fotografía.

Matías y yo saliendo juntos al patio.

El titular decía: “La hermana secreta de Arce Atelier encuentra refugio con Matías Cárdenas.”

Hermana secreta.

Ni siquiera cuando revelaba mi trabajo conseguían escribir mi nombre primero.

Paula llamó inmediatamente.

—Dime que estás bien.

—Estoy bien.

—Mentira. Tienes voz de querer incendiar una revista.

—Acaban de llamarme hermana secreta.

—Voy por gasolina.

Me reí.

—No vengas.

—¿Estás realmente con Cárdenas?

—En su hotel.

—Renata.

—Habitaciones separadas.

—Yo no pregunté eso.

—Tu silencio sí.

—¿Está tan bueno como dicen?

—Adiós, Paula.

—Eso significa que sí.

—Necesito dormir.

—Necesitas dejar de convertir cada desastre en una jornada laboral.

La frase me frenó.

—No sé hacer otra cosa.

Paula guardó silencio.

—Entonces aprende ahora.

Miré el vestido arrugado sobre mi cuerpo.

—Mañana.

—No. Esta noche. Por una vez, no arregles nada.

Colgamos.

Me quité los tacones.

Uno cayó de lado junto a la cama.

Lo dejé ahí.

Un acto revolucionario de aproximadamente diez centímetros.

Después me senté y permití que el silencio de la habitación existiera sin llenarlo con trabajo.

Aunque me costó más de lo esperado hacerlo.

Golpearon la puerta.

—Si eres periodista, estoy desnuda y armada.

—Qué combinación tan preocupante.

Matías.

Abrí.

Llevaba una bandeja.

—No tengo hambre.

—No es comida.

Había agua, analgésicos y un cargador.

—Eso es insultantemente sensato.

—Me esfuerzo.

—¿Cómo supiste que mi batería murió?

—Te vi usando una portátil del tamaño de un ladrillo.

—Observador.

—Defecto profesional.

Me entregó la bandeja sin entrar.

—Gracias.

—De nada.

—Puedes pasar.

—¿Seguro?

Esa pregunta, tan simple, me hizo bajar la guardia.

—Sí.

Entró.

Se quedó cerca de la puerta.

—Mi padre llamó.

—Imaginé.

—Dice que me manipulaste.

—Rápido. Normalmente necesito tres reuniones.

Me reí.

—No deberías hacerme reír ahora.

—¿Por qué?

—Porque estoy enfadada.

—Puedes hacer ambas cosas.

Me senté en el borde de la cama.

—Van a decir que me confundí.

—¿Lo permitirás?

—No.

—Entonces no importa.

—Claro que importa.

—No dije que no doliera.

Levanté la mirada.

—Sabes hacerlo.

—¿Qué?

—Escuchar sin convertirlo en solución.

Matías apoyó el hombro en la pared.

—A veces odio solucionar cosas.

—No te creo.

—Pregunta a Adrián.

—Eso sonó venenoso.

—Era nostalgia.

—Peor.

Mi teléfono mostró un mensaje de Elisa.

Solo cuatro palabras.

“¿Por qué hiciste esto?”

Sentí náuseas.

Matías lo notó.

—¿Ella?

Asentí.

—¿Quieres estar sola?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Él no sonrió.

Agradecí que no lo hiciera.

—Siéntate.

—¿Eso fue una orden?

—Sí.

—Peligroso precedente.

—Puedes desobedecer.

Se sentó en una silla frente a mí.

Demasiado lejos.

Ridículamente, me molestó.

—Elisa dice que por qué hice esto.

—¿Vas a contestar?

—No sé.

—Entonces no contestes todavía.

—Todos esperan que tenga respuestas.

—Yo no.

—Tú esperas seis textiles.

—Eso sí.

Le lancé una almohada.

La atrapó.

—Violenta.

—Te lo ganaste.

Matías dejó la almohada en su regazo.

—Mañana podemos hablar del trabajo.

—¿Puedes enseñarme el resto de la hacienda?

—También.

—¿Y si decido no aceptar?

—La habitación sigue siendo tuya esta noche.

—Sin condiciones.

—Sin condiciones.

—Eso debería tranquilizarme.

—¿No lo hace?

—Sí. Ese es el problema.

Su mirada cambió.

—Explícate.

—No.

—Cobarde.

—Curioso.

—Eso era mío.

—Lo robé.

Matías se levantó.

—Duerme.

—¿Ya te vas?

—Acabas de decir que te tranquilizo demasiado. Me retiro antes de empeorar mi reputación.

—Muy considerado.

Llegó a la puerta.

—Matías.

Se volvió.

—¿Por qué me miraste así afuera?

—¿Así cómo?

—Cuando dijiste que querías verme ocupar un lugar.

No respondió de inmediato.

—Porque era verdad.

—No me conoces.

—Conozco suficiente.

—Dos horas no son suficiente.

—Vi a una mujer decir delante de su familia algo que llevaba años costándole decir. Luego la vi temblar y sostenerlo igual.

Mi garganta se cerró.

—No romantices una crisis nerviosa.

—No lo hago.

Dio un paso hacia mí.

—Estoy reconociendo valor.

—Eso suena peligrosamente parecido a un cumplido.

—Sobrevivirás.

Quedamos cerca.

No demasiado.

Lo suficiente.

—Tienes una pestaña aquí.

Se señaló la mejilla.

Yo intenté quitarla.

—No.

Matías levantó la mano y se detuvo.

—¿Puedo?

Mi respiración tropezó.

—Sí.

Sus dedos rozaron mi piel.

Apenas.

Pero fue suficiente para que mi cuerpo reaccionara como si llevara toda la noche esperando exactamente ese contacto.

Matías retiró la mano.

—Ya.

—Gracias.

—De nada.

Ninguno se movió.

—Esto es mala idea.

—¿Qué cosa?

—Que seas atractivo cuando intento reorganizar mi vida.

Una sonrisa lenta apareció.

—Eso sonó peligrosamente personal.

—Olvídalo.

—Imposible.

Retrocedí.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Renata.

Abrió la puerta.

—Matías.

—¿Sí?

—Mañana quiero ver el contrato del taller.

Su expresión cambió.

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que voy a negociar.

—Mejor.

—¿Por qué?

Se apoyó en el marco.

—Porque después de verte decirle que no a tu familia, habría sido decepcionante que conmigo empezaras diciendo que sí.

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