Capítulo 5 5
—No voy a firmar nada que me obligue a quedarme diez semanas.
Matías dejó la carpeta sobre la mesa del comedor.
—Entonces no lo firmes.
—¿Así de fácil?
—Renata, si quieres una discusión, puedo fingir que me ofende.
—No me tientes.
Habíamos desayunado frente al patio de Casa Umbral mientras tres fotógrafos esperaban afuera y mi nombre aparecía en titulares que jamás habría imaginado.
“Renata Arce rompe con el imperio familiar.”
“Matías Cárdenas refugia a la diseñadora detrás de Elisa.”
Mi favorita:
“¿Romance o venganza?”
—Qué eficientes —murmuré.
—Internet trabaja más rápido que nosotros.
—Y peor.
—Eso depende.
Lo miré.
—No uses mi desastre para atacar a Adrián.
—No pensaba hacerlo.
—Ni a mi familia.
—Tampoco.
—Ni para subir reservas.
Matías levantó una ceja.
—Eso sí fue ofensivo.
—Te sobrevivirá el ego.
Abrí la carpeta.
El acuerdo era sencillo.
Diez semanas de uso exclusivo del atelier.
Seis piezas textiles para seis suites.
Honorarios separados.
Materiales pagados por Casa Umbral.
Propiedad intelectual mía.
Derecho a abandonar el proyecto con siete días de aviso.
Levanté la mirada.
—¿Quién redactó esto?
—Mi abogada.
—La quiero.
—Suele provocar ese efecto.
—Mi padre habría puesto una cláusula diciendo que hasta mis pensamientos le pertenecen.
—Por eso no trabaja para tu padre.
Seguí leyendo.
—Quiero que las piezas lleven mi nombre.
—Obvio.
—No para mí.
Matías se quedó callado.
—Quiero que aparezca en el contrato.
—Lo añadimos.
—Y quiero autorización para fotografiar el proceso y usarlo en mi portafolio.
—También.
—Y si decides no usar las piezas, me las devuelves.
—Hecho.
Fruncí el ceño.
—Negocias fatal.
—No. Solo estás pidiendo cosas razonables.
Eso me desarmó más de lo que debería.
—Podrías intentar ganar algo.
—Voy a ganar seis piezas que espero no sean horribles.
—Idiota.
—Ahí está.
Firmamos después de corregir dos puntos.
Mi firma debajo de mi nombre se sintió extraña.
Renata Arce.
Diseñadora.
Sin “para Elisa”.
Sin “equipo creativo”.
Sin una sombra delante.
Mi teléfono vibró.
Mamá.
No contesté.
Volvió a vibrar.
Adrián.
Tampoco.
Después llegó un mensaje de Elisa.
“Necesito hablar contigo antes de que hagas más daño.”
La rabia me subió al cuello.
Matías lo notó.
—¿Otra vez ella?
—Sí.
—No tienes que responder.
—Lo sé.
—Pero quieres.
—Muchísimo.
—Entonces responde cuando sepas qué quieres decir.
—Estás empezando a sonar irritantemente sensato.
—Peor para ti.
Cerré la carpeta.
—Quiero ver las suites.
—Ahora.
—Sí.
—Tengo una reunión en veinte minutos.
—Qué pena.
—¿Ese es tu concepto de colaboración?
—Estoy probando cuánto soportas.
—Bastante.
Se levantó.
—Ven.
Recorrimos el hotel.
Matías me explicó cada habitación sin una sola palabra innecesaria.
Yo tomé fotos.
Anoté medidas.
Toqué muros, cortinas, cabeceras.
En la tercera suite encontré un panel antiguo con flores bordadas.
—Esto.
—¿Qué?
—Quiero partir de aquí.
Matías se acercó.
—¿Copiarlo?
—No.
—Entonces.
—Reducirlo. Convertir las flores en líneas. Que parezca que alguien olvidó el dibujo a mitad.
—Eso suena triste.
—No.
—¿Qué suena?
—Incompleto.
—Peor.
Me reí.
—No entiendes nada de diseño.
—Por eso te contraté.
Tomé una cinta métrica.
—Necesito medir el muro.
—Yo la sostengo.
—Puedo sola.
—No dije que no pudieras.
Esa frase otra vez.
Me entregó un extremo.
Subí a una pequeña banca.
—Si me caigo, te demando.
—Te dije que mi abogada era buena.
—Tranquilizador.
Estiré la cinta.
La banca se movió.
Matías me agarró de la cintura.
Esta vez no hubo tiempo para preguntar.
Mis manos terminaron sobre sus hombros.
Mi cuerpo pegado al suyo.
—Estoy bien.
—Todavía no.
—Matías.
—La banca sigue moviéndose.
—Tú también.
Se quedó inmóvil.
Perfecto.
Peor.
Mis dedos estaban sobre su camisa.
Su mano seguía en mi cintura.
Demasiado abajo para ser neutral.
Demasiado arriba para ser descarado.
Su mirada bajó a mi boca.
—Suéltame.
Lo hizo.
Inmediatamente.
Bajé de la banca.
—Gracias.
—De nada.
—Y deja de mirar mi boca.
—No estaba mirando.
—Mentiroso.
—Diseñadora.
—Eso no sirve como defensa.
Una sonrisa apareció.
—Tampoco quiero defenderme.
El aire cambió.
Yo guardé la cinta.
—Tienes reunión.
—En doce minutos.
—Entonces vete.
—Me estás echando de mi propia suite.
—Sí.
—Me gusta más cuando negocias contratos.
—A mí cuando te callas.
—Eso nunca pasó.
Salimos al pasillo.
Un empleado nos encontró.
—Señor Cárdenas, hay periodistas otra vez en recepción.
—¿Cuántos?
—Bastantes.
—¿Qué quieren?
El hombre me miró.
—A la señorita Arce.
Genial.
—Puedo salir por atrás —dije.
Matías negó.
—Puedes, pero no porque ellos te obliguen.
—No necesito otra conferencia filosófica.
—Qué lástima. Tenía diapositivas.
Me reí.
—Voy a hablar.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces voy contigo.
—No.
Matías se detuvo.
—Bien.
Eso me sorprendió.
—¿Bien?
—Dijiste que no.
—Pensé que discutirías.
—No eres una puerta que necesito custodiar.
La frase me dejó callada.
Bajé sola.
Los periodistas se abalanzaron.
—Renata, ¿es cierto que dejaste Arce Atelier?
—Sí.
—¿Demandarás a tu familia?
—No he decidido nada legal.
—¿Matías Cárdenas financia tu nueva marca?
—No.
—¿Están juntos?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Algunos sonrieron.
—Entonces ¿por qué estás viviendo aquí?
—Porque estoy trabajando en un proyecto para Casa Umbral.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
—¿Y qué opina Elisa?
La pregunta me golpeó.
—Pregúntenle a Elisa.
—¿Ella sabía que tú diseñabas?
Silencio.
No había preparado esa respuesta.
—Sí.
Los murmullos crecieron.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Años.
—¿Y lo permitiste?
Me ardió la cara.
—Sí.
La palabra pesó.
—Entonces ¿por qué hablar ahora?
Respiré.
—Porque aceptar algo durante años no significa que deba aceptarlo para siempre.
Entré antes de que preguntaran más.
Mi teléfono vibró antes de que pudiera alejarme de la entrada. Esta vez era un audio de Elisa. Lo abrí por impulso.
—Acabas de convertir nuestra vida en un espectáculo. No sé qué te prometió Cárdenas, pero no confíes en él. Y no hables más hasta que yo vuelva.
Me quedé mirando la pantalla.
Ni una pregunta sobre cómo estaba.
Ni una disculpa.
Solo instrucciones.
Guardé el teléfono con tanta fuerza que casi lo lancé contra una maceta.
—Qué elegante —murmuré.
Una recepcionista fingió no haber escuchado.
—Perdón.
—No pasa nada, señorita Arce.
Señorita Arce.
No “hermana de”.
Aquello ridículo casi me hizo llorar.
Me limpié debajo de un ojo antes de que alguien pudiera verlo y seguí caminando.
Por primera vez, ese nombre parecía mío.
Matías esperaba al final del pasillo.
—¿Escuchaste?
—Todo.
—No necesitaba que me vigilaras.
—No estaba vigilándote.
—¿Entonces?
—Esperaba por si después querías compañía.
Otra vez esa maldita forma de hacerlo sencillo.
—Tengo que empezar a diseñar.
—Eso suena a huida.
—Trabajo.
—A veces son lo mismo.
Caminé hacia el atelier.
Matías me siguió hasta la puerta.
—¿No tenías reunión?
—La moví.
Me giré.
—¿Por mí?
—Por el hotel.
—Mentira.
—Un poco.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Cambiar cosas por mí sin preguntarme.
Su expresión cambió.
—Tienes razón.
Sin excusas.
Sin “solo quería ayudar”.
—Gracias.
—Entonces pregunto.
—¿Qué?
—¿Quieres que cancele el resto del día y me quede aquí contigo?
Lo miré.
Mi respuesta racional era no.
Mi cuerpo tenía otra propuesta.
—No.
Matías asintió.
—Perfecto.
Se alejó.
—Matías.
Se volvió.
—¿Sí?
—Quizá después de tu reunión.
Una sonrisa lenta apareció.
—Eso ya suena peligrosamente parecido a que quieres que vuelva.
—No abuses.
—No pienso hacerlo.
—¿Promesa?
—No.
—¿Entonces?
Matías sostuvo mi mirada.
—Una advertencia: si sigues invitándome a volver, algún día voy a dejar de fingir que solo quiero verte trabajar.
