Capítulo 6 6

—Vete a tu reunión.

Matías sonrió.

—Eso ha sonado nervioso.

—Eso ha sonado a que llegas tarde.

—Peor. Profesional.

Se marchó antes de que encontrara algo que lanzarle.

Yo cerré la puerta del atelier y apoyé las manos sobre la mesa.

Cinco segundos.

Diez.

Después respiré y abrí la carpeta de muestras.

Trabajar era mucho más sencillo que pensar en la boca de Matías.

Duré veintitrés minutos.

A los veinticuatro, Paula entró sin llamar.

—Necesito confirmar una tragedia.

Levanté la cabeza.

—¿Cuál?

—Que el enemigo de tu familia está indecentemente bueno.

—Hola, Paula.

—Renata, te pregunté algo importante.

Dejó su cámara sobre una silla y recorrió el atelier con la mirada.

—Esto es enorme.

—Y prestado.

—Durante diez semanas.

—Con contrato.

—Claro que con contrato. Tú conviertes una crisis familiar en papelería.

Le enseñé el documento.

Paula leyó dos páginas de pie.

—Propiedad intelectual tuya. Firma visible. Salida con siete días. Materiales pagados.

—Sí.

—Lo odio menos.

—Qué alivio para él.

—Sigo reservándome el derecho a sospechar.

—Te lo concedo.

Paula levantó la vista.

—¿Te besó?

—No.

—¿Lo intentó?

—No.

—¿Tú quisiste?

—Paula.

—Eso es un sí muy elegante.

Le quité el contrato.

—Vine a trabajar.

—Y yo vine porque anoche me escribiste “creo” después de decir que no estabas secuestrada.

—Fue una mala elección de palabra.

—Tú eliges palabras para vivir.

—Diseño vestidos.

—Y mientes fatal.

Antes de responder, mi teléfono vibró sobre la mesa.

Una alerta de noticias.

Abrí el enlace.

El video del patio ya tenía cientos de miles de reproducciones.

Matías, de pie junto a mí, diciendo que quería verme ocupar un lugar sin pedir permiso.

El titular había hecho el resto.

“¿El romance secreto detrás de la rebelión de Renata Arce?”

Paula soltó un silbido.

—Bueno.

—No empieces.

—Yo no hice la edición con música lenta.

Había música lenta.

Cerré el video.

—Quiero demandar internet.

—Lucía quizá pueda cotizarte eso.

—Todavía no la conozco.

—Yo sí quiero.

—Porque es abogada.

—Porque redactó un contrato que no parece una trampa.

La puerta se abrió.

Matías entró con una bolsa de papel en una mano.

Paula lo miró.

Él la miró.

—Tú debes ser Paula.

—Y tú debes ser el problema.

Matías dejó la bolsa sobre la mesa.

—Qué rápido me asignaron cargo.

—Fotógrafa. Hago diagnósticos visuales.

—¿Y el mío?

Paula lo estudió con descaro.

—Caro.

Me tapé la cara.

—Por favor, ignórala.

—No pienso hacerlo. Me cae bien.

—Error frecuente —dijo Paula.

Matías sacó dos cajas de comida.

—Traje almuerzo.

—No te pedí nada.

—Lo sé.

Mi expresión cambió antes de poder evitarlo.

Él también lo notó.

—Para mí —aclaró—. Compré de más porque el restaurante solo vendía la porción grande.

Paula se volvió hacia mí con una sonrisa insoportable.

—Qué coincidencia logística.

—Cállate.

Matías abrió una caja.

—Puedes comer o dejar que Paula termine con ella.

—Yo no tengo principios cuando hay pasta —dijo Paula.

Terminé sentándome.

Diez minutos después, Matías sabía que Paula odiaba a mi madre desde 2019 y Paula sabía que él tomaba café sin azúcar.

Traidores.

—Necesito fotos del proceso —dije, cortando la conversación.

Paula levantó la mano.

—Yo.

—Te pagaré.

—Obvio.

Matías la miró.

—¿Puedes venir mañana?

—Depende. ¿Habrá tensión sexual gratuita?

Casi me atraganté.

—Paula.

—Pregunto por iluminación.

Matías bebió agua.

—Puedo intentar estar muy lejos.

—Eso arruina la composición.

—Me voy a quedar sin amigas.

—Tienes una —dijo Paula—. Y está haciendo control de calidad.

La puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró una mujer de traje gris, cabello corto y una carpeta bajo el brazo.

—Matías, necesito cinco minutos.

—Renata, ella es Lucía Ferrer.

Lucía me tendió la mano.

—La diseñadora que añadió seis cambios razonables a mi contrato.

—Fueron cuatro.

—Dos los redactaste mentalmente y Matías me los mandó después.

Miré a Matías.

—¿Qué cambiaste?

—Nada que no pidieras.

Lucía dejó la carpeta sobre la mesa.

—Tenemos otro problema.

Paula se acomodó en la silla.

—Perfecto. Acababa de terminar de comer.

Lucía me mostró su teléfono.

Arce Atelier había publicado un comunicado.

Leí en silencio.

“Renata Arce atraviesa un momento emocional complejo tras la ausencia temporal de su hermana. Ciertas declaraciones realizadas anoche responden a una interpretación personal de procesos colaborativos internos. Lamentamos que terceros con intereses comerciales estén aprovechando la situación.”

Sentí que la comida se convertía en piedra.

—Terceros.

Matías ya había leído.

Su mandíbula se tensó.

—Me están señalando a mí.

—Y a Casa Umbral —dijo Lucía—. Sin nombrarlos.

—Mi padre escribió esto.

—Probablemente con abogados —respondí.

Paula soltó una palabrota.

—Van a hacerte parecer inestable.

—Ya lo están intentando.

Matías se acercó al teléfono.

—Podemos responder.

Lo miré.

—¿Podemos?

Él se detuvo.

—Puedes responder. Yo puedo ayudarte si quieres.

La corrección fue inmediata.

Eso me calmó un poco.

Lucía abrió la carpeta.

—Hay tres opciones. Silencio, comunicado individual o una aparición pública donde se vea que el acuerdo con Casa Umbral es profesional.

—La tercera —dije.

Matías me observó.

—Mañana tengo una presentación para la restauración de la nueva ala.

—Voy contigo.

—Habrá prensa.

—Mejor.

Paula sonrió.

—Vestido espectacular.

—No voy a convertir esto en pasarela.

—Eres diseñadora. Todo termina convertido en pasarela.

Lucía deslizó una hoja hacia mí.

—Hay otro detalle.

—Claro que lo hay.

—La prensa ya confirmó tu asistencia por su cuenta.

—¿Cómo?

—Alguien filtró que estás alojada aquí y trabajando con Matías.

Matías apoyó una mano en la mesa, cerca de la mía.

No me tocó.

Lo noté igual.

—Podemos cancelar —dijo.

—No.

—Renata.

—Si cancelo, mi padre gana la foto que quiere: yo escondida y tú pareciendo culpable.

Matías sostuvo mi mirada.

—Entonces iremos.

—Profesionalmente.

—Por supuesto.

Paula soltó una risa.

—Ustedes dos no tienen cara de profesionalmente.

Le lancé una servilleta.

Más tarde, cuando Paula y Lucía se fueron, me quedé sola con Matías junto a las muestras.

Él tomó una de las telas.

—¿Esta?

—Demasiado rígida.

Me la pasó.

Nuestros dedos se rozaron.

Esta vez ninguno apartó la mano enseguida.

El contacto duró apenas un segundo.

Mi pulso decidió exagerarlo.

Matías bajó la voz.

—Mañana van a preguntar si estamos juntos.

—Diremos que no.

—Bien.

—¿Por qué lo dices así?

—Porque necesito saber qué respuesta quieres antes de entrar.

Me acerqué para recuperar la tela.

Él no retrocedió.

—Quiero que digas la verdad.

—Puedo hacerlo.

—Perfecto.

Su mirada cayó a mi boca otra vez.

—Matías.

—Sí.

—Estás mirando.

—Ahora sí.

El aire se volvió demasiado pequeño.

—Eso complica lo de mañana.

—Mucho.

—Entonces contrólate.

—Estoy haciendo un esfuerzo excelente.

—No parece.

Matías sonrió apenas.

—Renata, mañana puedo decirle a veinte cámaras que entre nosotros no pasa nada.

—Eso quiero.

—Entonces será mejor que esta noche no me des razones para mentir.

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