Capítulo 7 7
—Si vuelves a mirarme así frente a la prensa, vamos a tener un problema.
Matías ajustó el puño de su camisa.
—¿Así cómo?
—Sabes perfectamente cómo.
—Necesito parámetros más claros.
—Con la boca cerrada y cara de que estás pensando cosas inconvenientes.
—Eso elimina casi todas mis expresiones.
Paula soltó una carcajada desde el sofá de mi habitación.
—No pienso intervenir. Esto ya se escribe solo.
—Tú cállate y termina ese cierre.
—El vestido está perfecto. La que tiembla eres tú.
—Tengo frío.
—Claro.
La miré por el espejo.
—Te puedo despedir.
—Todavía no me contratas formalmente.
Matías apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Puedo hacerlo yo.
—Tú no contratas a mi mejor amiga.
—Renata, te estoy ofreciendo soluciones.
—Y acabamos de discutir sobre eso ayer.
—Cierto. Retiro la oferta.
Paula levantó dos pulgares.
—Está aprendiendo.
Yo también lo noté.
Y me molestó que me gustara.
El evento empezaba en cuarenta minutos. Casa Umbral presentaría la restauración de una nueva ala y yo asistiría como colaboradora externa del proyecto textil. Profesional. Claro. Limpio.
En teoría.
La realidad incluía a Matías con traje oscuro, una prensa convencida de que dormíamos juntos y mi familia difundiendo comunicados donde yo parecía al borde de una crisis.
Paula terminó de cerrar mi vestido.
Era mío.
Lo había diseñado hacía dos años para una colección que nunca salió porque Elisa dijo que el escote la hacía ver “demasiado seria”.
A mí me quedaba exactamente como quería.
—Te ves brutal —dijo Paula.
—Esa no es una categoría técnica.
—Lo será cuando abra mi academia.
Matías seguía mirándome.
—Tú tampoco ayudes.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Es una cara muy trabajadora.
—Qué tragedia.
Bajamos juntos.
El vestíbulo estaba lleno de cámaras.
Matías se detuvo antes de cruzar la última puerta.
—Van a pedir una foto juntos.
—Ya lo sé.
—¿Quieres que mantenga distancia?
Miré a los fotógrafos.
Después a él.
—Solo no me agarres sin avisar.
—Entendido.
Dimos tres pasos.
Los flashes comenzaron.
—¡Matías, más cerca!
—¡Renata, míralo!
—¡Una foto juntos!
Un fotógrafo insistió.
—¡Matías, mano en la cintura!
Él giró hacia mí.
Esperó.
Asentí.
Su mano se apoyó en mi cintura.
La misma mano que ya conocía demasiado bien para llevar tres días conociéndolo.
Caliente.
Abierta.
Respetuosa.
Mi cuerpo decidió olvidarse de la parte profesional del acuerdo.
—Más cerca —gritó alguien.
—Ni se te ocurra disfrutar esto —murmuré.
—Llegas tarde.
—Matías.
—Estoy quieto.
Su pulgar apenas se movió sobre la tela.
Apenas.
Lo sentí entero.
—Eso no cuenta como quieto.
—Entonces deja de acercarte tú.
Bajé la vista.
Mi cadera estaba pegada a la suya.
Perfecto.
—Cállate.
—Con gusto.
La sesión duró menos de un minuto.
Me parecieron veinte.
Cuando su mano se apartó, tuve una reacción todavía más ridícula: la extrañé.
Entramos al salón.
Lucía nos interceptó.
—Hay prensa económica, moda y dos revistas de espectáculos.
—Qué combinación tan sana —dije.
—También vino Adrián.
Me detuve.
—¿Qué?
Matías dejó de sonreír.
—No estaba invitado.
—Lo está como representante de Balmori Hotels —explicó Lucía—. Compraron acceso al evento por una alianza del sector.
—Qué conveniente.
—Puedo pedir que lo saquen —dijo Matías.
Lo miré.
—No.
—Solo pregunto.
—Lo sé.
Adrián apareció cinco minutos después.
Traje gris. Cara de pocos amigos.
—Renata.
—Adrián.
Miró a Matías.
—Cárdenas.
—Balmori.
—Qué madura esta reunión —murmuré.
Adrián volvió a mí.
—Necesito hablar contigo.
—Aquí no.
—Son cinco minutos.
—Entonces serán cinco minutos mañana.
—Tu padre está preparando acciones legales.
Eso me frenó.
—¿Por qué?
—Por uso indebido de información interna y daño reputacional.
Me reí.
—Ahora diseñar mis propios vestidos cuenta como información interna.
—Renata, estoy intentando advertirte.
—Gracias. Ya lo hiciste.
Adrián bajó la voz.
—También está diciendo que Matías te está usando para golpearme.
Matías dio un paso.
Yo levanté una mano.
—Ni se te ocurra.
Se detuvo.
Adrián lo vio.
Y algo en su expresión cambió.
—Te escucha.
—Sí. Rarísimo, ¿verdad?
—No hagas esto por rabia.
—No estoy haciendo nada por ti.
—Ni por Elisa.
—Tampoco.
—Entonces dime qué estás haciendo.
Miré alrededor.
Había periodistas observando a distancia.
—Trabajando.
Adrián apretó la mandíbula.
—Te estás metiendo en un problema mayor.
—Llevo años dentro de uno.
Lucía apareció a mi lado.
—Renata, te esperan para la presentación.
Asentí.
Adrián se hizo a un lado.
—Hablaremos después.
—Si quiero.
Subí al pequeño escenario con Matías.
La presentación fue breve. Habló de restauración, materiales, historia del edificio. Después me cedió la palabra para explicar la intervención textil.
Lo hizo sin presentarme como “la hermana de”.
Solo dijo mi nombre.
Renata Arce, diseñadora.
Sentí el golpe en el pecho.
Respondí preguntas sobre tejidos, referencias, plazos.
Hasta que llegó la inevitable.
—Renata, ¿su relación con Matías Cárdenas es únicamente profesional?
Miré a Matías.
Él no respondió.
Habíamos hablado de esto.
—Sí.
Otra periodista levantó la voz.
—Entonces, ¿por qué hay fotografías donde parecen bastante íntimos?
—Porque las fotografías congelan medio segundo y ustedes construyen tres páginas alrededor.
Algunas risas.
Otro periodista insistió:
—¿Y la mano en la cintura de esta noche también fue profesional?
Sentí a Matías tensarse a mi lado.
—Fue una foto.
—¿Y si le preguntamos a él?
Todos giraron.
Matías tomó el micrófono.
—Pregúntenme.
—¿Le atrae Renata Arce?
Silencio.
Mi estómago cayó.
Matías me miró antes de contestar.
—Sí.
La periodista sonrió con la velocidad de alguien que acababa de conseguir su titular.
—¿Desde cuándo?
—Eso no fue lo que preguntó —respondió Matías.
—¿Ha pasado algo entre ustedes?
—Tampoco preguntó eso.
Lo miré de lado.
—Estás disfrutando demasiado.
—Estoy contestando con precisión.
—Eres insoportable.
—Eso sí puedes publicarlo —dijo al micrófono.
Hubo otra ronda de risas.
Lucía se llevó dos dedos al puente de la nariz.
—Voy a cobrar el doble —murmuró.
Una reportera de moda levantó la mano.
—Renata, ¿sabías que le atraías?
—Hasta hace treinta segundos tenía sospechas.
—¿Y él te atrae?
Matías giró la cabeza hacia mí.
Maldito.
Podía mentir. También podía sentir cómo me ardían las orejas.
—La presentación era sobre textiles.
—Eso no es una respuesta —dijo alguien.
—Es la única que van a tener hoy.
Bajé del escenario.
Matías me siguió.
Lucía nos condujo por un corredor lateral mientras las preguntas continuaban detrás.
—Felicitaciones —dijo ella—. En menos de cinco minutos convirtieron una rueda de prensa profesional en portada de espectáculos.
—Él empezó.
—Tengo treinta y ocho años, Renata. No voy a arbitrar esto con criterios de patio escolar.
Matías abrió una puerta privada.
Entré primero.
—Explícate.
Él cerró detrás de nosotros.
—¿Qué acabas de hacer?
—Decir la verdad.
—Habíamos acordado otra cosa.
—Acordamos decir que no hay una relación.
—Esto empeora todo.
—Probablemente.
—Te odio.
—Eso tampoco parece verdad.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Más te vale tener una buena explicación.
Matías bajó la voz, solo para mí.
—La tengo, pero vas a enfadarte más cuando escuches la parte donde te propongo fingir que estamos juntos.
