Capítulo 1 1

—No puedo autorizar su boda, señora Alcázar. Usted ya tiene esposo.

Liora dejó de sonreír.

La funcionaria del Registro Civil giró el monitor hacia ella, como si una pantalla pudiera volver menos absurda aquella frase. Sebastián, sentado a su lado, se inclinó para leer. Su rodilla chocó con la de Liora, pero esta vez el contacto no la tranquilizó.

—Mi apellido es Valcárcel —dijo ella.

—En su identificación, sí. En el acta matrimonial aparece como Liora Valcárcel de Alcázar.

La funcionaria señaló una fecha.

Ocho meses atrás.

Liora conocía ese día. También conocía el nombre junto al suyo.

Dante Alcázar.

El vecino que aparcaba como si las líneas amarillas fueran sugerencias. El hombre con quien había peleado esa misma mañana porque su bicicleta ocupaba medio pasillo. El único que sabía exactamente cómo besarla hasta hacerle olvidar por qué estaba furiosa.

Y también el hombre del que, según la resolución guardada en su escritorio, se había divorciado hacía ocho meses.

—Eso terminó —respondió—. Tengo la sentencia.

Sebastián se adelantó.

—Yo llevé el procedimiento. Debe tratarse de una omisión del sistema.

La funcionaria lo miró por encima de sus lentes.

—El sistema puede equivocarse con una dirección. No suele inventar esposos.

Liora habría reído cualquier otro día. En ese momento solo escuchó el zumbido del aire acondicionado.

—Revíselo otra vez.

—Ya lo hice.

—Pues hágalo con más entusiasmo.

—Liora —murmuró Sebastián.

Ella retiró la mano cuando él intentó tomarla.

La funcionaria abrió otra ventana y leyó en silencio.

—No existe demanda de divorcio asociada a esta acta. Tampoco sentencia, convenio ni anotación marginal.

Sebastián se puso de pie.

—Necesito hablar con el director.

—Puede hacerlo. El resultado seguirá siendo el mismo.

Liora abrió su bolso y sacó el sobre que había llevado por precaución. Dentro estaba la resolución que durante meses había evitado mirar. La dejó sobre el escritorio.

—Esto dice que mi matrimonio fue disuelto.

La mujer la revisó. Primero frunció el ceño. Después acercó el documento a la luz.

—¿Quién se lo entregó?

Liora señaló a Sebastián.

Él no apartó la mirada.

—Mi despacho recibió la notificación.

—¿Directamente del juzgado?

—A través de un gestor.

La funcionaria dejó el papel sobre la mesa.

—Entonces su gestor tiene un problema. Este número de expediente pertenece a una disputa de propiedad entre dos hermanos.

Liora sintió que algo se ordenaba de la peor manera.

—Quiero una copia certificada de mi acta.

—Puedo entregársela hoy.

—Y quiero saber quién solicitó este trámite.

—Usted y el señor Alcázar. Personalmente.

Sebastián abrió la boca, pero Liora se levantó antes de escucharlo.

Recordaba la boda. Una oficina pequeña. Mateo quejándose de la corbata. Dante riéndose contra su cuello mientras esperaban al juez. La mano de él en su cintura bajo la tela del vestido azul. Su propia voz diciendo sí sin titubear.

Lo que no recordaba era haber seguido casada después de firmar el divorcio.

—Liora, espera —pidió Sebastián cuando llegaron al pasillo.

Ella continuó hacia el ascensor.

—Llamaré al despacho. Voy a aclararlo.

—No llames a nadie todavía.

—Esto puede resolverse.

—Acabas de decir que llevaste el procedimiento. Ahora resulta que no sabes quién lo tramitó.

—Delegué una parte.

—Mi divorcio no era una entrega de mensajería.

Las puertas se abrieron. Entraron solos.

Sebastián pulsó el botón de planta baja.

—No hagas nada impulsivo.

Liora soltó una carcajada.

—Me casé en secreto con Dante. Ya gasté mi cuota de impulsos para esta década.

—Hablar con él ahora solo complicará las cosas.

—Eso sonó sospechosamente parecido a una orden.

—Es una recomendación profesional.

—Eres mi prometido.

—También soy abogado.

—Hoy no pareces muy bueno en ninguna de las dos cosas.

Sebastián apretó la mandíbula. Liora observó el número bajar sobre la puerta. El anillo de compromiso pesaba de pronto más que el bolso.

—Voy contigo —dijo él.

—No.

—Liora.

—Necesito hablar con mi esposo.

La palabra los golpeó a ambos.

Sebastián se quedó inmóvil. Ella salió del ascensor sin mirarlo.

Dante vivía frente a su edificio, de modo que Liora tardó doce minutos en cruzar la ciudad y tres segundos en arrepentirse de no haber llamado antes. Su automóvil negro ocupaba otra vez parte de la entrada.

Perfecto. Incluso en una crisis legal seguía siendo un imbécil constante.

Golpeó la puerta con el puño.

Dante abrió sin camiseta, con una toalla colgada al cuello y gotas de agua deslizándose por el pecho. Liora había conocido cada centímetro de ese cuerpo. Ocho meses no habían conseguido borrar la memoria de sus manos.

Él arqueó una ceja.

—Si vienes por el coche, todavía caben tus amenazas en el buzón.

—Sigo casada contigo.

La toalla dejó de moverse entre sus dedos.

Liora entró sin permiso. Dante cerró la puerta y permaneció detrás de ella, demasiado cerca. Olía a jabón y a café. Una combinación indecente para alguien a quien deseaba estrangular.

—¿Quién te lo dijo?

Ella se volvió.

—La funcionaria que se negó a dejarme casar con Sebastián.

Dante bajó la vista hacia el anillo.

—Así que hoy era el trámite.

—No cambies de tema.

—No lo estoy cambiando.

—¿Lo sabías?

Él tardó un segundo.

Liora empujó un dedo contra su pecho.

—Piénsalo bien. Esa pausa puede costarte un pulmón.

Dante tomó su muñeca, no para apartarla, sino para mantener su mano sobre él. El pulso bajo la palma de Liora iba más rápido de lo que su rostro admitía.

—Me enteré esta mañana.

—Mentira.

—El banco rechazó una operación porque aparezco casado. Pedí el expediente.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—Fui a buscarte. Estabas discutiendo con un florista sobre peonías.

—Eran hortensias.

—Eso cambia toda mi defensa.

Liora intentó retirar la mano. Dante la soltó de inmediato, pero el calor quedó adherido a sus dedos.

—Tengo una sentencia —dijo ella.

—Yo también.

Él caminó hasta el estudio y sacó una carpeta. La resolución era idéntica a la suya: mismo sello, mismo número, mismas firmas.

Liora comparó las páginas.

—Sebastián tramitó ambos documentos.

—Eso parece.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de “te advertí que era un idiota”.

—Nunca te advertí eso.

—Lo pensaste.

—Muchas veces. Generalmente cuando aparcaba en mi lugar.

Ella levantó la cabeza.

—Ese lugar es mío.

—Estamos casados. Técnicamente, es nuestro.

Liora le lanzó la carpeta. Dante la atrapó sin esfuerzo.

—No bromees con esto.

La expresión de él cambió.

—No estoy bromeando.

—Entonces dime por qué tenemos dos sentencias falsas.

—No lo sé.

La respuesta la enfureció más que una confesión. Si Dante hubiera sabido, habría podido odiarlo sin matices. Pero la copia en sus manos tenía las manchas de café que recordaba haber visto cuando Sebastián se la entregó. Dante no podía haber preparado aquel detalle. Tampoco podía fingir la sorpresa de sus dedos, tensos sobre el cartón.

—¿Quién sabía de la boda?

—Mateo. Tu hermana sospechaba que salíamos, pero nunca se lo confirmaste.

—Amanda habría derribado la puerta del juzgado.

—Por eso supongo que no fue ella.

Liora quiso discutir. En cambio, miró la cama deshecha al fondo del pasillo y recordó otra mañana, otra promesa, una versión de ambos.

—Dime que no sabías que seguíamos casados.

Dante sostuvo su mirada. Esta vez no hubo pausa.

—No puedo, Liora. Porque hasta esta mañana yo también creía que era libre.

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