Capítulo 2 2

—Tu divorcio nunca existió.

La frase salió del altavoz del teléfono con una claridad desagradable.

Liora seguía en la sala de Dante, de pie entre las dos carpetas abiertas. Él había tenido la decencia de ponerse una camiseta, aunque la tela húmeda se pegaba a su pecho y convertía aquella cortesía en una provocación inútil.

—Amanda, te llamé para que me ayudaras, no para que me dieras un infarto —respondió Liora.

—Te estoy ayudando. El infarto es cortesía del abogado encantador con quien pensabas casarte.

Dante levantó una ceja.

Liora le mostró el puño antes de continuar.

—Todavía no sabemos que Sebastián hizo algo.

—¿Quién tramitó el divorcio?

—Sebastián.

—¿Quién te entregó la sentencia?

—Sebastián.

—¿Quién lleva meses diciendo que Dante es un manipulador?

Liora miró al hombre frente a ella.

—Ese punto no prueba nada.

—Gracias —dijo Dante.

—No era un cumplido.

Amanda resopló al otro lado.

—Voy a mandarte la dirección de Renata Salcedo. Es abogada familiar, no conoce a Sebastián y cobra lo suficiente para no deberle favores a nadie. Lleven los documentos originales.

—¿Por qué conoces una abogada de divorcios?

—Porque salí con un baterista durante seis meses. Una aprende a prevenir.

La llamada terminó.

Dante tomó ambas carpetas.

—Vamos.

—No voy a subir a tu coche.

—El tuyo está bloqueado.

Liora lo miró.

—Por tu coche.

—Entonces mi estrategia funcionó.

Ella agarró su bolso y caminó hacia la puerta.

—Cuando esto termine, voy a divorciarme de ti solo para atropellarte legalmente.

—Eso no existe.

—Dame tiempo.

Renata Salcedo los recibió una hora después en una oficina pequeña, sin muebles ostentosos ni asistentes que ofrecieran café en porcelana. Tenía unos cuarenta años, el cabello corto y la expresión de quien había escuchado suficientes mentiras matrimoniales para reconocerlas antes de que terminaran de pronunciarse.

Revisó primero el acta de matrimonio. Después comparó las resoluciones.

—¿Ambos estuvieron presentes en la boda?

—Sí —respondieron al mismo tiempo.

Liora cruzó los brazos.

Dante apoyó un tobillo sobre la rodilla.

Renata los observó.

—Bien. Al menos no voy a perder la tarde explicándoles que una firma y una huella no aparecen por generación espontánea.

—Lo sabemos —dijo Liora.

—Hace una hora no estaba tan segura —añadió Dante.

Ella le clavó el tacón en la punta del zapato.

Él no hizo ruido, pero su mano cayó sobre la rodilla de Liora por reflejo. Los dedos quedaron ahí un segundo demasiado largo.

El recuerdo llegó sin permiso: esa misma mano subiendo por su muslo debajo de una mesa, la noche en que celebraron la boda sin invitados ni pastel.

Liora apartó la pierna.

Renata fingió no haberlo notado.

—¿Cuándo decidieron divorciarse?

—Tres semanas después de casarnos —respondió Liora.

—Diecinueve días —corrigió Dante.

Ella giró hacia él.

—Qué romántico que llevaras la cuenta.

—No tuve muchas cosas que hacer mientras vaciabas mis cajones.

—Encontré un arete que no era mío.

—Era de mi hermana.

—Tu hermana no usa aretes.

—Empezó a usarlos después de perder ese.

Renata golpeó el escritorio con un bolígrafo.

—Pueden reconstruir su tragedia doméstica después. Necesito saber cómo recibieron estos documentos.

Liora explicó que Sebastián había contratado a un gestor. Dante contó que un mensajero llevó la resolución a su oficina y pidió su firma de recibido. Ninguno asistió a una audiencia. Ninguno habló con otro abogado. Después de una separación agresiva, ambos prefirieron creer que el trámite había terminado.

Renata abrió el sistema judicial desde su computadora.

—El número pertenece a un juicio entre dos hermanos por una casa en San Luis Potosí. La jueza que supuestamente firmó su divorcio estaba de licencia en esa fecha. Y este sello dejó de utilizarse hace cuatro años.

Liora apoyó los codos sobre las piernas.

—Entonces es falso.

—No solo falso. Es torpe. Apostaron a que ninguno verificaría nada.

Dante miró a Liora.

Ella entendió el reproche porque también lo sentía. Habían estado demasiado heridos para hacerse una pregunta elemental.

—Quiero iniciar el divorcio hoy —dijo.

Dante se quedó quieto.

Renata no reaccionó.

La petición le raspó la garganta, aunque había ido allí para decirla. Dante no protestó. Esa falta de resistencia dolió.

—¿Estás de acuerdo? —preguntó ella.

—No voy a retenerte con una firma.

—Eso no responde.

Él se inclinó hacia ella, apoyando los antebrazos en las piernas.

—Responder lo que quieres escuchar nunca fue nuestro problema.

Liora recordó su boca sobre la clavícula, sus discusiones terminando contra una pared, las mañanas en que despertaba atrapada entre sus brazos.

—Tampoco supiste callarte.

—Contigo, pocas veces.

—Podemos prepararlo —respondió la abogada—, pero antes necesito copias certificadas, peritaje de las resoluciones y una denuncia por falsificación. Quien hizo esto tuvo acceso a sus datos, firmas y documentos del matrimonio.

—Sebastián tenía todo —admitió Liora—. Identificaciones, acta, comprobantes, incluso nuestras direcciones laborales.

Dante cerró la mano sobre el brazo de la silla.

—También sabía dónde enviarme la resolución.

Liora evitó mirarlo. Decirlo en voz alta convertía la sospecha en una forma precisa.

Renata pidió revisar los sobres originales. Dante había conservado el suyo. Liora no recordaba dónde estaba el de ella.

—Mi sentencia llegó dentro de una carpeta del despacho de Sebastián —dijo.

—La mía venía en un sobre blanco —respondió Dante—. Sin logotipo.

—¿Conservaste el comprobante del mensajero?

—Mateo firmó por mí.

Renata extendió la mano.

—Llámalo.

Mateo contestó al segundo tono.

—Si esto es por las fotografías de la boda, niego cualquier responsabilidad artística.

Liora frunció el ceño.

—¿Qué fotografías?

Hubo una pausa.

—Hola, Liora. Qué gusto escucharte después de que abandonaras a mi amigo y me dejaras pagar una cena para seis personas.

—Éramos cuatro.

—Pediste postre para tres.

Dante tomó el teléfono.

—Mateo, necesito el comprobante del mensajero que llevó mi divorcio.

—Está en la caja de documentos de la obra Serrano. También guardé el sobre porque tenía una etiqueta rara.

—Tráelo al despacho de Renata Salcedo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Mateo llegó cuarenta minutos después con una caja, una memoria USB y una bolsa de pan dulce que Renata aceptó sin preguntar.

—No sabía qué clase de emergencia matrimonial era —explicó—. Traje carbohidratos.

Sacó el sobre. En una esquina había una etiqueta de impresión casi borrada. Renata fotografió el código y amplió la imagen.

Mientras esperaba el resultado, Mateo conectó la memoria.

—Aquí están las fotos de la boda. Por si alguien vuelve a fingir amnesia selectiva.

La pantalla mostró a Liora con su vestido azul, riendo contra la boca de Dante. Él la sujetaba de la cintura. No parecían confundidos. Parecían incapaces de separarse.

Dante se inclinó junto a ella.

—Ese día no me odiabas.

Su voz rozó el oído de Liora.

—Ese día no había encontrado el arete.

—Ese día me pediste que no te soltara.

Liora volvió el rostro. Sus labios quedaron peligrosamente cerca.

—Y tú prometiste hacerlo.

Renata aclaró la garganta.

—Ya identifiqué la etiqueta.

Liora se apartó.

—¿De dónde salió?

Renata giró la pantalla. El código correspondía a una impresora registrada en un despacho jurídico.

Liora reconoció el nombre antes de leerlo completo.

—No —murmuró.

Renata señaló la fecha de impresión.

—Las dos resoluciones fueron creadas la misma noche y en el mismo lugar.

Dante miró a Liora.

Renata cerró la carpeta.

—Tu divorcio falso salió de la oficina de Sebastián.

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