Capítulo 3 3
—Dime que falsificaste mi divorcio por incompetencia y no porque eres un enfermo.
Sebastián dejó el tenedor sobre el plato.
Liora había entrado en su departamento sin avisar, acompañada por Dante, Amanda y una furia que le impedía sentir frío. La cena preparada para dos seguía intacta sobre la mesa. Velas encendidas, vino abierto, servilletas dobladas con una precisión ofensiva.
—¿Qué hacen ellos aquí? —preguntó Sebastián.
—Evitar que vuelvas a explicarme mi propia vida.
Amanda levantó una mano.
—Yo vine por apoyo emocional y porque prometieron escándalo.
Dante cerró la puerta.
—Yo vine porque mi firma también aparece en esos documentos.
Sebastián miró la carpeta que Liora llevaba bajo el brazo. Su rostro no cambió, pero la mano derecha se cerró junto al plato.
Liora lo conocía lo suficiente para ver el miedo.
—Las resoluciones se imprimieron en tu despacho —dijo—. La misma noche. La misma máquina.
—Eso no demuestra que yo las hiciera.
—Demuestra que mentiste cuando dijiste que un gestor llevó el procedimiento.
—Pudo usar nuestras instalaciones.
Amanda soltó una carcajada.
—Claro. Los falsificadores siempre entran a bufetes ajenos para aprovechar la impresora. La tinta está carísima.
Sebastián ignoró el comentario.
—Liora, necesito hablar contigo a solas.
—Ya no.
—Esto concierne a nuestra relación.
—Mi esposo está involucrado.
La palabra provocó un cambio inmediato. Sebastián miró a Dante. Dante no sonrió, aunque la satisfacción breve en sus ojos resultó imposible de ocultar.
Liora lo señaló.
—Y tú no disfrutes esto.
—Estoy intentando comportarme.
—Intenta más fuerte.
Amanda se acercó a la mesa y tomó una aceituna.
—La terapia de pareja va de maravilla.
Sebastián se puso de pie.
—¿De verdad vas a permitir que conviertan esto en una escena?
—Tú convertiste mi divorcio en una falsificación.
—No sabes todo.
—Entonces empieza a hablar.
Él pasó una mano por su nuca. Vestía la camisa azul que Liora le había regalado en su cumpleaños. Recordó haberla elegido porque resaltaba sus ojos. Ahora solo veía un hombre calculando qué versión podía venderle.
—El trámite se complicó —dijo él—. Había errores en el acta y Dante no respondía.
—Nunca recibí una llamada tuya —intervino Dante.
—No tenía obligación de llamarte personalmente.
—Tenías obligación de tramitar un divorcio real.
Sebastián apretó la mandíbula.
—La situación era urgente. Liora necesitaba cerrar esa etapa.
—Yo necesitaba la verdad —respondió ella.
—Estabas destrozada.
—¿Y decidiste falsificar una sentencia para animarme?
—Decidí darte tiempo.
Liora dejó la carpeta sobre la mesa y abrió la copia de la resolución.
—Ocho meses. Una propuesta de matrimonio. Una boda organizada. ¿Cuánto tiempo más necesitabas?
Sebastián miró a Amanda y a Dante.
—No puedo explicarlo con ellos presentes.
—Pues aprende.
—Liora, por favor.
El tono suave estuvo a punto de funcionar. Era la voz que usaba cuando ella llegaba agotada, cuando le servía té y le decía que podía encargarse de todo. Durante meses, había confundido aquella facilidad con seguridad.
Dante se acercó a su lado. No la tocó, pero el calor de su cuerpo le recordó que seguía allí. Con él nunca había sido fácil. Dante discutía, exigía respuestas y tenía el irritante hábito de mirarla como si pudiera quitarle la ropa y las excusas con la misma paciencia.
—Habla —ordenó Liora.
Sebastián observó la distancia mínima entre ambos.
—¿Ya volviste a acostarte con él?
Dante avanzó un paso.
Liora le puso una mano en el pecho. Debajo de la camisa, los músculos se tensaron contra su palma.
—No necesito que lo golpees.
—No iba a golpearlo.
—Tu cara acaba de redactar una confesión.
Amanda levantó otra aceituna.
—Yo sí puedo golpearlo. No estoy casada con nadie.
Liora retiró la mano de Dante, aunque sus dedos tardaron más de lo necesario en separarse.
—Mi cama no cambia el origen de esos documentos —dijo—. Responde.
Sebastián dio la vuelta a la mesa.
—Cuando me pediste ayuda, el divorcio no podía tramitarse de inmediato.
—¿Por qué?
—Porque faltaba cumplir un requisito.
—¿Cuál?
Él dudó.
Dante habló con una calma incómoda.
—Ninguno. Nuestro matrimonio civil era válido y ambos queríamos terminarlo. Bastaba iniciar el procedimiento.
Sebastián lo miró con desprecio.
—Tú no querías terminarlo.
Liora giró hacia Dante.
—¿Es cierto?
Dante sostuvo su mirada.
—No quería perderte. Eso no significa que fuera a obligarte a quedarte.
—Enviaste mensajes —dijo Sebastián—. Fuiste a buscarla. Amenazaste con detener el divorcio.
—Le pedí hablar una vez.
—Apareciste en su trabajo.
—Porque tú contestabas su teléfono.
Liora sintió una punzada.
—¿Qué?
Sebastián abrió las manos.
—Estabas en una reunión. Solo intenté evitar otra discusión.
—Nunca me dijiste que llamó.
—No era importante.
Dante soltó una risa sin humor.
—Ahí empezó.
Liora lo miró.
—¿Empezó qué?
—Después de esa llamada recibí un correo tuyo. Decía que no querías verme, que Sebastián tenía autorización para representarte y que cualquier contacto sería considerado acoso.
—Yo nunca escribí eso.
Sebastián se quedó inmóvil.
Amanda dejó la aceituna.
—Esto acaba de perder toda la gracia.
Liora sintió que la habitación se estrechaba. Recordó las semanas posteriores a la ruptura. Sebastián llevaba comida, respondía llamadas, organizaba documentos. Ella había agradecido que alguien tomara decisiones mientras apenas podía levantarse.
—Enséñame el correo —pidió.
Dante sacó el teléfono y buscó el mensaje. Se lo entregó.
La dirección era suya.
Las palabras no.
“Deja de insistir. Nuestro matrimonio fue un error y no quiero volver a verte.”
Liora leyó dos veces. Luego una tercera.
—¿Tenías acceso a mi correo? —preguntó sin mirar a Sebastián.
—Me diste la contraseña para descargar tus estados de cuenta.
—¿Enviaste esto?
—No.
—Mírame.
Sebastián obedeció.
Ella encontró miedo, pero también cálculo.
—¿Enviaste ese correo?
—Intentaba protegerte.
Dante se movió. Liora volvió a detenerlo, esta vez apoyando todo el cuerpo contra su costado. Él bajó la mirada hacia ella. La cercanía despertó un recuerdo incómodo: su boca, sus manos, la forma en que la sujetaba cuando ella quería seguir discutiendo desnuda.
—No —murmuró Dante—. Esta vez no voy a callarme.
—Déjame hacerlo a mí.
Liora se separó y caminó hacia Sebastián.
—Cancelaste nuestras conversaciones. Falsificaste el divorcio. Después empezaste a salir conmigo.
—No fue así.
—¿Cuándo decidiste que también ibas a casarte conmigo?
—Te amo.
—Esa respuesta ya no sirve.
Sebastián tomó aire.
—Pensaba arreglarlo antes de la boda.
—¿Cómo?
—Presentaría el divorcio con urgencia.
—Dante tendría que enterarse.
—Podía convencerlo.
Dante sonrió por primera vez.
—Me habría encantado verte intentarlo.
Liora cerró la carpeta.
—La boda está cancelada.
Sebastián palideció.
—No puedes decidirlo así.
—Acabo de hacerlo.
—Escúchame.
—Te escuché durante ocho meses.
Se quitó el anillo y lo dejó junto a las velas. El vino siguió respirando en la copa, ajeno al instante exacto en que su futuro dejó de pertenecerle. Sebastián intentó acercarse, pero Amanda se interpuso con la bolsa de aceitunas como si fuera un arma.
—Un paso más y te decoro la camisa.
Liora caminó hacia la puerta. Dante la siguió.
—Liora —llamó Sebastián—. Si sales con él, vas a cometer el mismo error otra vez.
Ella se detuvo, giró y sostuvo su mirada.
—No, Sebastián. Mi error fue dejarte decidir por mí.
Él miró el anillo sobre la mesa.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Liora abrió la puerta.
—Voy a descubrir qué más falsificaste para convertirte en el hombre perfecto.
