Capítulo 4 4

—Si vas a llorar por él, avísame para estacionarme y vomitar con dignidad.

Dante conducía demasiado tranquilo para alguien que acababa de presenciar la cancelación de una boda.

Amanda, sentada atrás, golpeó el respaldo.

—No le hables así. Primero déjala llorar y luego vomitamos juntos.

—No voy a llorar —dijo Liora.

Su voz se quebró.

Dante se detuvo frente a una farmacia cerrada y apagó el motor. Aquella consideración la irritó.

—No estoy llorando por Sebastián.

—Insinué que tengo tapetes nuevos.

Amanda abrió la puerta.

—Voy por café antes de que conviertan esto en una habitación de hotel.

—La farmacia está cerrada —señaló Liora.

—Encontraré algo. Soy una mujer con recursos y miedo a la tensión sexual.

Se marchó. Liora se secó una lágrima.

—Tu amigo es más discreto.

—Mateo narró nuestra boda por mensajes durante tres horas.

—Retiro lo dicho.

Dante mantuvo la mirada al frente. Él tampoco parecía ileso.

—¿Por qué guardaste el correo? —preguntó.

—Porque fue lo último que recibí de ti.

—No era mío.

—Lo sé ahora.

La respuesta tensó la distancia entre ambos.

—Pudiste buscarme —dijo ella.

—Lo hice.

—Una llamada no cuenta.

Dante giró hacia ella.

—Fui a tu oficina. Sebastián bajó a recepción con una copia de la solicitud de alejamiento que supuestamente estabas preparando.

Liora sintió náuseas.

—Nunca pedí eso.

—No podía saberlo. Dos días antes me habías lanzado un florero.

—Era pequeño.

—Pesaba casi dos kilos.

—No te dio.

—Porque tengo buenos reflejos.

Liora soltó una risa breve.

Dante la miró con atención.

Durante un segundo, Liora recordó cuántas veces aquella mirada había terminado con ella contra una pared, riendo mientras fingía que todavía quería discutir y no besarlo otra vez.

—Extrañaba eso.

Ella dejó de sonreír.

—No tienes derecho.

—No dije que lo tuviera.

Liora bajó la vista hacia sus manos. Todavía llevaba la marca pálida del anillo de compromiso. Dante siguió el movimiento.

—¿Cuándo te lo dio?

—Hace cuatro meses.

—Rápido.

—Habíamos salido durante tres.

—Más rápido.

—Tú te casaste conmigo después de seis semanas.

—Yo nunca presumí prudencia.

Ella recordó la oficina civil, el vestido azul comprado durante el almuerzo y a Dante encerrándola contra la puerta de un baño porque había dicho que el juez era atractivo. Recordó el beso, la risa que se le escapó cuando él le subió la falda y la promesa murmurada contra su garganta.

No volvería a permitir que nadie decidiera por ellos.

Duraron diecinueve días.

—¿Por qué aceptaste divorciarte? —preguntó.

Dante apoyó la cabeza en el asiento.

—Porque me miraste como si tocarte te diera asco.

Liora se volvió hacia él.

—Te vi entrar en un hotel con Elena Córdova.

—Era una reunión de trabajo.

—A las once de la noche.

—Su inversionista llegó tarde.

—Y después vi las fotografías.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué fotografías?

Liora abrió el bolso, sacó el teléfono y buscó una carpeta que no revisaba desde hacía meses. Sebastián le había recomendado conservar las pruebas por si Dante peleaba el divorcio.

La primera imagen mostraba a Dante en el vestíbulo del hotel. Elena estaba pegada a él, una mano sobre su pecho. En la segunda, parecían besarse.

Dante tomó el teléfono.

—Esto está recortado.

—Claro.

—Liora, mira el reflejo del espejo.

Ella acercó la imagen. Detrás de Elena aparecía un hombre sujetándole el brazo. Dante no la besaba. La sostenía mientras ella intentaba apartarse de quien la agarraba.

—¿Qué ocurrió?

—El inversionista estaba borracho. La acorraló. Yo lo saqué del hotel y Elena presentó una denuncia.

—¿Por qué nunca me lo explicaste?

—Intenté hacerlo. Tú ya tenías las fotografías y a Sebastián repitiendo que yo inventaría cualquier cosa.

Liora deslizó la pantalla. Encontró el mensaje con el que habían llegado. Procedía de un número desconocido.

“Tu marido no perdió tiempo.”

—Sebastián estaba conmigo cuando lo recibí.

—Qué casualidad.

—No quiero otra broma.

—No es una broma.

Dante amplió la segunda imagen.

—Mateo tomó fotografías esa noche para documentar las lesiones de Elena y el estado del tipo. Si conserva los originales, tendremos la secuencia completa.

—¿Por qué Mateo estaba allí?

—Era nuestro abogado externo.

Liora cerró los ojos.

—Todos parecen abogados menos yo.

—Tú decoras edificios.

—Diseño interiores.

—Eso dije, pero con menos sílabas.

Ella le arrebató el teléfono.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues corrigiéndome cuando estás asustada.

Liora alzó la mirada. Dante estaba más cerca. No lo había visto inclinarse, pero su hombro rozaba el de ella y una de sus manos descansaba sobre la consola, junto a su muslo.

—No estoy asustada.

—Acabas de descubrir que el hombre con quien ibas a casarte fabricó nuestro divorcio y quizá también nuestra ruptura.

—Estoy furiosa.

—Lo sé. Cuando tienes miedo, atacas. Cuando estás furiosa, te muerdes el labio.

Liora dejó de hacerlo.

Dante bajó los ojos hacia su boca.

El cuerpo de ella recordó antes que su prudencia. El pulgar de él había calmado esa misma mordida muchas noches, justo antes de reemplazarla con sus dientes. Liora sintió calor bajo el abrigo.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si todavía supieras lo que quiero.

—No lo sé.

—Bien.

—Pero recuerdo lo que querías.

La mano de Dante rozó su rodilla. No avanzó. Esperó.

Liora debió apartarse. En cambio, sus piernas se abrieron apenas, una traición mínima que él percibió. Sus dedos subieron dos centímetros.

El teléfono vibró entre ellos.

Amanda había enviado un mensaje.

“Encontré café. También los estoy viendo desde la ventana. Compórtense o cobro entrada.”

Liora se separó con una carcajada avergonzada.

Dante miró hacia la cafetería. Amanda agitó dos vasos detrás del cristal.

—Tu hermana arruina momentos con talento profesional.

—Te salvó la cara.

—No parecía que quisieras golpearme.

—Puedo cambiar de opinión.

Amanda regresó y entregó los cafés.

—¿Ya resolvieron si se odian o debo conseguir una habitación?

Liora tomó el vaso.

—Descubrimos que las fotos de la supuesta infidelidad de Dante también pudieron ser manipuladas.

Amanda dejó de sonreír.

—Sebastián te las enseñó, ¿verdad?

—Estaba conmigo cuando llegaron.

—No pregunté eso.

Liora la miró.

Amanda sostuvo el vaso entre ambas manos.

—Hace ocho meses, Sebastián me pidió la contraseña de tu nube. Dijo que necesitaba descargar las fotografías de la boda para el divorcio.

Dante encendió el motor.

—Vamos a tu departamento.

—¿Para qué?

—Para revisar el respaldo original antes de que desaparezca.

Llegaron en menos de diez minutos. Liora abrió la computadora mientras Amanda buscaba el acceso histórico de la cuenta. Dante permaneció detrás de su silla, inclinado sobre ella. Su pecho rozaba su espalda cada vez que señalaba la pantalla, dificultándole recordar que estaban buscando pruebas y no excusas para tocarse.

Amanda encontró el registro.

—Aquí está. Alguien entró desde la oficina de Sebastián la noche anterior a que recibieras las fotos.

Liora abrió la carpeta de actividad. Habían descargado archivos, eliminado correos y creado una regla automática para reenviar los mensajes de Dante.

La dirección receptora tenía un nombre que reconoció.

Sebastián Armenta.

Dante apoyó las manos en el escritorio, encerrándola entre sus brazos sin tocarla.

—No solo evitó que habláramos.

Liora leyó la lista de correos desviados. Había diecisiete.

—¿Me escribiste diecisiete veces?

—Dieciocho.

Ella giró la silla.

—Yo solo recibí uno.

Dante sostuvo su mirada.

—Ese no lo escribí yo.

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