Capítulo 5 5
—No leas el correo dieciocho.
Dante lo dijo demasiado tarde.
Liora ya había abierto el mensaje.
La fecha coincidía con la noche anterior a que Sebastián le entregara la resolución falsa. No había amenazas, reproches ni ruegos. Solo cuatro líneas escritas por el hombre que en ese momento respiraba detrás de ella.
“Firmaré si eso es lo que quieres. Pero no voy a fingir que nuestra boda fue un error. Lo que ocurrió entre nosotros fue real, aunque ahora te duela recordarlo. Si alguna vez dudas, ven a preguntármelo a mí.”
Liora leyó el mensaje otra vez.
—Nunca lo recibí.
—Lo sé.
—¿Por qué no insististe después?
Dante apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Porque recibí tu respuesta.
Amanda se acercó a la pantalla.
—¿La que tampoco escribió ella?
Dante buscó el correo y lo abrió.
“Deja de dramatizar. Me casé contigo porque estaba confundida. No vuelvas a buscarme.”
Liora reconoció su dirección, su firma automática y hasta la fotografía que usaba entonces. Nada más le pertenecía.
—Yo jamás habría escrito “deja de dramatizar” —dijo.
Amanda asintió.
—Tú prefieres “deja de comportarte como un imbécil”.
Dante soltó una risa breve.
—Eso sí habría sido convincente.
Liora no consiguió reír. Cerró el portátil y se levantó. Necesitaba espacio, pero Dante seguía junto al escritorio y ella quedó entre su cuerpo y la silla.
—Creíste que te había usado.
—Sí.
—Y decidiste odiarme.
—Intenté hacerlo.
—Parecías bastante comprometido.
—Tú también.
El reproche no fue agresivo. Eso lo volvió más difícil de esquivar.
Liora recordó los meses de discusiones por el estacionamiento, la música y las macetas. Había convertido cualquier encuentro con Dante en una batalla porque pelear era más seguro que preguntarle por qué no había luchado por ella.
—Las plantas sí caían en tu balcón —dijo.
—Una vez.
—Tres.
—La tercera la lanzaste.
—Estaba podando.
—Con rabia.
Amanda tomó su bolso.
—Voy a dejar que discutan sobre jardinería matrimonial sin testigos. Estaré en mi departamento, donde nadie falsifica divorcios porque nadie quiere casarse conmigo.
—Amanda —protestó Liora.
—Tienes café, un abogado desnudo emocionalmente y acceso a mi contraseña de streaming. Sobrevivirás.
Salió antes de que pudieran detenerla.
La puerta se cerró.
Dante y Liora quedaron solos.
—No soy abogado —dijo él.
—Eso fue lo único que te molestó de su frase.
—No estoy desnudo.
Liora miró su boca antes de poder evitarlo.
—Emocionalmente.
—Tampoco.
Dante se inclinó y apoyó ambas manos en el escritorio, dejándola encerrada sin tocarla. La pantalla apagada reflejaba sus cuerpos demasiado próximos.
—¿Quieres que te diga que no me dolió? —preguntó—. Me desperté durante meses esperando que te arrepintieras. Después te vi salir con Sebastián, sonriendo como no habías sonreído conmigo desde la boda.
—Porque contigo estaba furiosa.
—También estabas viva.
Liora alzó el rostro.
—No conviertas nuestras peleas en una historia romántica.
—No necesito hacerlo. Recuerdo lo que pasaba después.
La voz de Dante bajó. El cuerpo de Liora respondió con una precisión humillante.
Recordó la encimera de su cocina, la espalda contra el mármol y los dedos de él desabrochando su blusa mientras seguían discutiendo sobre una lámpara. Recordó haberle mordido el hombro para no gemir cuando Amanda llamó a la puerta.
—Eso no arregla nada —murmuró.
—No intentaba arreglarlo.
—Entonces aléjate.
Dante no se movió.
—Dímelo sin mirar mi boca.
Liora levantó la vista hacia sus ojos.
—Aléjate.
Él obedeció de inmediato.
La ausencia de calor le molestó más de lo razonable.
Dante tomó su chaqueta.
—Renata necesita los registros. Se los enviaré esta noche.
—También quiero iniciar el divorcio.
La mano de Dante se detuvo sobre la cremallera.
—Lo sé.
—No voy a cambiar de opinión porque Sebastián nos separó.
—No te lo he pedido.
—Ni porque todavía exista atracción.
—Eso tampoco lo he pedido.
—Deja de responder como si fueras razonable.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme.
Liora cruzó los brazos.
—Mañana iré con Renata.
—Bien.
—Y no quiero que te aparezcas.
Dante abrió la puerta.
—No pensaba hacerlo.
Ella sintió una punzada absurda.
—Perfecto.
—Perfecto.
Se quedaron mirándose, ambos demasiado orgullosos para admitir que aquella conversación había terminado mal.
Dante salió.
Liora cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera. El teléfono vibró. Su madre había enviado siete mensajes.
Marcó antes de perder el valor.
—Mamá, la boda se cancela.
Hubo un silencio.
—¿Sebastián te engañó?
—Es complicado.
—Esa palabra siempre significa que un hombre hizo algo estúpido y espera que una mujer lo explique con delicadeza.
Liora se sentó en el suelo.
—Descubrí que sigo casada con Dante.
Su madre tardó cinco segundos.
—¿El vecino del coche negro?
—Sí.
—¿El que vino sin camisa a pedir azúcar?
—No pidió azúcar. Yo había cerrado su llave de agua.
—Entonces entendí mal la situación.
Liora se cubrió los ojos.
—Mamá, esto es serio.
—Lo sé. ¿Estás a salvo?
La pregunta desarmó la firmeza que le quedaba.
—Sí.
—Entonces cancelaremos flores, comida y parientes. En ese orden.
—No quiero que se entere nadie todavía.
—Tu tía Ofelia sabe cuándo respiras diferente. Dame hasta mediodía.
Liora sonrió entre lágrimas.
—Gracias.
—Solo dime una cosa: ¿todavía amas a tu marido?
Liora miró la puerta por donde Dante había salido.
—No lo sé.
—Entonces no firmes nada mientras estés furiosa.
A la mañana siguiente, Liora llegó a la firma con tres horas de sueño, dos cafés y ninguna paciencia. Su jefe, Mauricio Ferrer, la llamó a la sala de juntas antes de que pudiera encender la computadora.
—Necesito que tomes el proyecto Alcázar.
Liora dejó el café sobre la mesa.
—No.
Mauricio parpadeó.
—Todavía no te he explicado cuál es.
—El apellido fue suficiente.
—Es la restauración del Hotel Mirador. Llevamos seis meses buscando ese contrato.
—Asigna a Paula.
—Paula cree que el art déco es una aplicación para editar fotos.
—Entonces despídela.
Mauricio cerró la carpeta.
—El cliente pidió específicamente que tú dirigieras interiores.
—¿Dante pidió mi nombre?
—El consejo del proyecto aprobó tu portafolio. Dante solo confirmó que podían trabajar juntos.
Liora soltó una risa incrédula.
—Qué generoso.
—No puedo obligarte, pero rechazarlo afectará tu sociedad en la firma.
Ahí estaba el costo real. Liora llevaba cuatro años reuniendo dinero para comprar una participación. El Hotel Mirador podía convertirla en socia antes de fin de año.
La puerta se abrió.
Dante entró con un tubo de planos bajo el brazo y una expresión profesional que Liora quiso arrancarle.
—Llegas tarde —dijo ella.
—Llegué dos minutos antes.
—Eso es tarde para alguien que arruinó mi divorcio.
Mauricio miró a uno y otro.
—¿Necesito saber algo?
—No —respondieron ambos.
Dante extendió los planos sobre la mesa. Al inclinarse, su brazo rozó el de Liora. Ella se apartó.
—El proyecto empieza el lunes —explicó Mauricio—. Trabajarán juntos durante ocho meses.
—No —dijo Liora.
Dante señaló la cláusula principal del contrato.
—Puedes renunciar. Pero perderías tu participación.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Tú sabías esto anoche?
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—Estabas ocupada pidiéndome el divorcio.
Liora cerró la carpeta de golpe.
—No confundas trabajo con matrimonio.
Dante se inclinó hacia ella, lo bastante cerca para que Mauricio fingiera revisar su teléfono.
—No lo confundo, esposa. Solo quiero ver cuánto tardas en volver a hacerlo tú.
