Vendido II
—Es tuya.
Esa declaración hace que mi mundo se derrumbe.
—Creo que hemos llegado a un acuerdo, así que voy a conseguir tu dinero ahora mismo —dice sacando su teléfono.
Las lágrimas me pican los ojos mientras papá espera ansiosamente. No puedo creer que me vaya a vender como si fuera una mercancía.
—Riley, ¿puedo hablar contigo un momento? —suplicó mamá. Me burlo y me seco las lágrimas.
—¿Hablar de qué? Tu esposo codicioso está a punto de venderme a algún hombre y tú lo vas a apoyar como siempre.
—No hablarás de tu padre de esa manera. ¡Discúlpate ahora mismo! —exclama.
—Él no es mi papá. Solo soy una hija bastarda que acogió porque le gustas. Y tú... lo vas a apoyar porque no quieres que te eche.
—¡Riley! —grita papá y salgo corriendo. Cierro la puerta de un portazo y corro más allá de los autos lujosos alineados frente a nuestra casa.
Las lágrimas me ciegan mientras corro más lejos. Ojalá pudiera desaparecer.
Lo odio. Los odio a todos. Solo quiero escapar.
Dejo de correr cuando la lluvia cae sobre mí. Me dejo caer al suelo y entierro mi cara en mis rodillas.
Los recuerdos de esa noche inundan mi mente, así como la tortura.
Tal vez sea algo bueno que él haya venido. Estaba a punto de caer en la depresión. Pero eso no importa porque él solo me hizo entender lo poco que valgo para las personas a las que llamo familia.
De repente, la lluvia deja de caer sobre mí y miro hacia arriba para ver un paraguas sobre mí. Miro con furia a la figura a mi lado.
—Me gusta tu plan. Muy sencillo, sin complicaciones —dice y lo miro sin expresión.
Parpadea mientras el agua gotea de sus pestañas. Odio decir que se ven más oscuras y largas.
¿Son mis pestañas tan largas? Inconscientemente toco las mías y él me mira.
Rápidamente bajo las manos y aclaro mi garganta.
—¿Qué haces aquí?
—Corrí tras de ti y luego volví a buscar un paraguas después de que te asentaste aquí —se encoge de hombros.
Eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué no usar uno de sus autos en su lugar? ¿Por qué pasar por el estrés de correr de un lado a otro?
Por supuesto, soy su mercancía. No puede dejar que su dinero se desperdicie. Aparto su paraguas y me pongo de pie.
—Tienes una forma extraña de mostrar agradecimiento —dice.
Me burlo— No recuerdo haber gritado pidiendo ayuda.
Se ríe— Cierto. Me lo merezco. Sabes, si sigues jugando a la princesa bajo la lluvia, vas a terminar con un resfriado terrible.
—Suena como un buen plan —digo alejándome de él. Corre frente a mí y suspiro. Se aparta el cabello mojado de la cara.
—Deja de ser terca. Le dije a tus padres que te traería de vuelta. O caminas conmigo o te llevo a casa.
—Bien por ti.
—¿Qué quieres que haga para que vuelvas a casa? —suspira.
—Quiero que tomes tu dinero y salgas de mi vida —digo. Él muerde su labio.
—No es tan simple.
—¿Qué es tan difícil de dejarme seguir con mi vida?
—Lo haría si solo salieras de mi cabeza —dice atrapando mis ojos con los suyos. Trago saliva y doy un paso atrás, pero él me jala tan fuerte que choco contra su pecho.
Trago nerviosamente e intento alejarme, pero su agarre es demasiado fuerte. Baja su rostro hasta el mío hasta que estamos respirando el mismo aire.
—Q..q..qué..estás...suéltame.. déjame... —balbuceo.
—¿Recuerdas lo que te dije esa noche? —dice con voz ronca. Abro la boca para hablar, pero no sale nada.
—Te dije que no había tiempo para juegos previos, pero ahora mismo, creo que hay tiempo suficiente para besarte hasta dejarte sin sentido —susurra. Mi respiración se entrecorta. Mi mirada cae sobre sus labios.
¿Qué te pasa, Riley? ¿Por qué es tan difícil resistir esta tentación? Cierro los ojos mientras él se acerca más.
Justo cuando sus labios están a punto de tocar los míos, coloco mis manos sobre mis labios y sus labios presionan suavemente sobre ellas.
Mis ojos se abren de golpe y él se aleja con una sonrisa.
—La próxima vez necesitarás mucho más que tus palmas para detenerme. Vamos a casa —dice dándome la espalda.
—¿Qué pasa con mi condición? —pregunto.
—No planeas rendirte, ¿verdad? Tendré que hacerlo de la manera difícil.
Antes de que pueda registrar sus palabras, me levanta en brazos.
—¿Qué estás haciendo? Suéltame —grito retorciéndome en sus brazos.
—Tranquila, esposa. Estás molestando al vecindario —dice.
Sigo luchando hasta que llega a la puerta de nuestra casa.
—Suéltame —gruño y él me deja caer. Caigo de golpe sobre mi trasero.
Se ríe a carcajadas y lo miro con furia.
—¿Qué? Me dijiste que te soltara —dice inocentemente.
Me levanto y abro la puerta para llevarme la sorpresa de mi vida.
Mis maletas ya están empacadas. Miro de mamá a papá.
—¿Qué está pasando? —pregunto.
—Ya pagó el dinero —dice mamá en voz baja. ¿Y eso qué tiene que ver con mis maletas?
—Te vas con él.
