Capítulo 1 1

—El novio acaba de abandonar el programa.

El silencio cayó de golpe, como si alguien hubiera desconectado el sonido del estudio. Nadie se movió durante unos segundos. Las brochas quedaron suspendidas en el aire, las luces siguieron encendidas, las cámaras no dejaron de grabar. Todo continuaba en marcha, menos yo.

Seguía de pie frente al altar improvisado, con el vestido blanco que me habían entregado hacía menos de una hora. La tela pesaba más de lo que esperaba y el calor de los focos me hacía sudar bajo el maquillaje recién aplicado.

Solté una risa corta, sin humor.

—¿Qué dijiste?

La asistente de producción dudó antes de responder. Bajó la mirada, como si quisiera evitar el momento.

—Sergio se fue.

La sonrisa desapareció sin aviso.

—No.

—Lo encontraron detrás de los camerinos con otra participante. Dice que… —se detuvo un segundo— que se enamoró de ella.

Sentí un vacío en el estómago, una sensación brusca, como si algo se hubiera desprendido dentro de mí.

—Eso no tiene sentido.

La chica no respondió. Solo negó con la cabeza.

—Ya firmó su salida.

No hubo más explicaciones. No hacían falta.

Las cámaras seguían grabando.

Eso fue lo primero que entendí cuando el impacto empezó a asentarse. No había pausa, no había corte. Todo lo que estaba pasando se estaba transmitiendo en tiempo real.

Millones de personas viendo cómo el hombre con el que había planeado entrar al reality desaparecía antes de que empezara el primer episodio.

Llevé la mano al micrófono sujeto al vestido.

—Quítamelo.

El productor apareció a mi lado antes de que pudiera hacerlo.

—No.

—¿Van a seguir grabando esto?

No respondió de inmediato. Observó el set, las cámaras, el equipo moviéndose con rapidez contenida.

—Esto es televisión.

Lo miré, intentando entender si hablaba en serio.

—Esto es una humillación.

—Es contenido —corrigió, sin alterar el tono.

Quise responder, pero no encontré nada que no sonara inútil. Todo lo que dijera quedaría registrado, editado, convertido en algo que no podría controlar.

Un golpe seco resonó al otro lado del estudio.

Todos giramos la cabeza al mismo tiempo.

Un hombre acababa de lanzar una silla contra la pared. El ruido fue tan fuerte que incluso los técnicos dejaron de moverse.

—¡No pienso seguir aquí!

Su voz atravesó el set sin dificultad.

Era uno de los otros concursantes. Alto, traje oscuro, mandíbula rígida. Tenía los puños cerrados y la respiración agitada.

—¡Mi prometida se largó con mi representante!

El caos se instaló en cuestión de segundos.

Productores corriendo, asistentes hablando por radios, alguien intentando calmarlo sin éxito. Las cámaras giraban, capturando cada gesto, cada reacción.

Dos parejas menos.

El programa empezaba en menos de quince minutos.

Y el episodio inaugural acababa de quedarse sin dos matrimonios.

El director del reality reunió al equipo en un rincón del estudio. Hablaban en voz baja, pero no lo suficiente como para pasar desapercibidos.

Nos miraban.

Primero a él.

Luego a mí.

Esa mirada no era de preocupación. Era otra cosa. Evaluación. Cálculo.

Cinco minutos después, el productor ejecutivo se acercó. Caminaba con una seguridad que no coincidía con el desastre que acababa de ocurrir.

Sonreía.

Demasiado.

—Creo que tenemos una solución.

El hombre de la silla lo miró con desconfianza.

—¿Qué solución?

El productor juntó las manos, como si estuviera a punto de presentar algo que llevaba tiempo esperando.

—Ambos siguen en el programa.

Señaló primero al desconocido, luego a mí.

—Ambos necesitan el premio.

Nadie respondió.

El silencio se volvió incómodo.

Hasta que habló de nuevo.

—A partir de este momento… ustedes serán marido y mujer.

Lo miré sin entender.

Él hizo lo mismo.

—Ni loco.

Lo dijimos al mismo tiempo.

El productor soltó una risa breve, como si nuestra reacción fuera parte del espectáculo.

—Cinco millones por firmar.

Negué sin pensarlo.

—No me interesa.

—A mí tampoco —añadió él, con el mismo tono.

El productor no insistió de inmediato. En lugar de eso, dejó dos carpetas sobre la mesa frente a nosotros.

—Entonces lean la última página antes de decidir.

No tenía intención de hacerlo, pero aun así abrí la carpeta. El documento era largo, lleno de cláusulas que no tenía ganas de revisar. Pasé las páginas hasta llegar al final.

Ahí estaba.

El premio.

Cincuenta millones de dólares.

Debajo, otro apartado.

Un contrato internacional por un año.

Y más abajo, en letra más pequeña:

"En caso de abandonar el programa después de la firma, el participante deberá pagar una penalización de veinte millones de dólares."

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

Levanté la vista.

Él también había terminado de leer.

Nuestros ojos se encontraron por primera vez.

No había simpatía.

No había interés.

Solo una misma pregunta reflejada en ambos.

¿Hasta dónde estábamos dispuestos a llegar?

El productor observaba la escena con evidente satisfacción. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Tienen diez minutos —dijo, mirando su reloj— para decidir si quieren irse ahora… o quedarse y convertirse en el matrimonio más famoso del país.

El hombre a mi lado cerró la carpeta con un golpe seco y me miró directo, sin rodeos.

—Dime algo —dijo, con la voz baja pero firme—, ¿vas a salir por esa puerta… o vas a casarte conmigo ahora mismo?

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