Capítulo 2 2
—No pienso casarme con un desconocido.
Me crucé de brazos, firme, como si esa postura pudiera sostener la decisión que acababa de tomar. El productor ni siquiera levantó la vista de la carpeta que tenía frente a él. Pasó una página con calma, como si mi negativa fuera un detalle menor.
—Perfecto —respondió—. Puede retirarse.
No hubo insistencia, ni presión en su tono. Eso me desconcertó más que cualquier amenaza.
Di media vuelta.
Había dado apenas tres pasos cuando volvió a hablar.
—Solo recuerde que la cirugía de su madre también puede esperar.
Me detuve en seco.
El aire se volvió pesado. Sentí cómo algo se cerraba dentro de mi pecho.
Giré lentamente.
—¿Cómo sabe eso?
El productor levantó la mirada por primera vez. Sonrió con una tranquilidad que me resultó insoportable.
—Antes de entrar al programa firmó un permiso para revisar sus antecedentes.
No era una pregunta. Era un recordatorio.
Sentí un vacío en el estómago.
Claro que lo sabía.
Había firmado sin leer cada línea. Había confiado en que aquello era solo un trámite más. Nunca imaginé que usarían esa información de esa manera.
Sabía exactamente por qué necesitaba ese dinero.
Y ahora él también.
Al otro lado del estudio, en una sala idéntica a la mía, el desconocido también discutía.
—No voy a vender mi vida por un reality.
Su voz era firme, pero había algo en ella que no terminaba de sostenerse.
El productor deslizó otra carpeta frente a él, con la misma calma calculada.
—¿Y qué va a hacer cuando el banco embargue el hotel de su familia?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
Él apretó la mandíbula.
Sus manos se tensaron sobre la mesa.
No dijo nada.
No hacía falta.
Nos volvieron a reunir.
El ambiente había cambiado. Ya no era una negociación. Era una decisión que ambos sabíamos que estaba tomada, aunque ninguno quisiera admitirlo.
Él seguía sin mirarme.
Yo tampoco tenía intención de hacerlo.
El productor respiró hondo, como si estuviera a punto de explicar algo sencillo.
—No les estoy pidiendo que se enamoren —dijo—. Solo que finjan durante cuatro meses.
Cuatro meses.
Sonaba corto cuando lo decía así.
Él soltó una risa seca.
—¿Y después?
—Después se divorcian.
Lo dijo como si hablara de cancelar una suscripción.
—Tan sencillo como eso.
Nada en aquello era sencillo.
Firmar parecía la peor decisión de mi vida.
No firmar…
era aún peor.
Tomé la pluma.
El peso del metal entre mis dedos se sintió más grande de lo que debería.
Él hizo lo mismo.
Los dos dudamos.
Ninguno quería ser el primero.
Era absurdo, pero en ese momento parecía importante.
Hasta que él habló.
—Pongamos reglas.
Levanté la mirada por primera vez.
—¿Qué tipo de reglas?
Su expresión era seria, pero no hostil. Más bien… cautelosa.
—No me hablas fuera de cámaras.
—Perfecto.
No tuve que pensarlo.
—No preguntas por mi vida.
—Me parece excelente.
—No intentas enamorarme.
No pude evitar una pequeña sonrisa.
—Créeme… ese riesgo no existe.
Por primera vez él me miró directamente.
Sus ojos eran más claros de lo que había imaginado.
Y levantó una ceja.
—Eso mismo pensaba yo.
No aparté la mirada.
—Entonces estamos de acuerdo.
Hubo un segundo de silencio.
Luego, casi al mismo tiempo, firmamos.
El productor aplaudió, satisfecho.
—Excelente.
Su entusiasmo contrastaba con la sensación que me recorría el cuerpo.
—Ahora sonrían.
Los dos lo miramos como si no hubiéramos entendido.
—¿Perdón?
—Dentro de diez minutos empieza la conferencia de prensa.
Sentí que algo no encajaba.
—¿Conferencia de prensa?
—Toda la prensa cree que ustedes llevan tres años casados.
El mundo pareció inclinarse un poco.
—¿Tres años?
—Así es.
Se levantó y caminó hacia una pantalla donde comenzaron a aparecer imágenes.
Fotos.
Videos.
Nosotros.
En playas, en restaurantes, en eventos.
Sonriendo.
Abrazados.
Besándonos.
Mi garganta se cerró.
—Esto es imposible…
—No lo es —respondió él con tranquilidad—. Tenemos material suficiente para sostener la historia.
Pasó a otra imagen.
Una entrevista.
Yo hablando frente a una cámara.
Pero no era yo.
Era una versión editada, construida.
—Los periodistas no sospecharán nada.
Mi cabeza empezó a dar vueltas.
Aquello ya no era un juego.
Era una vida que alguien más había armado por nosotros.
Una maquillista entró sin pedir permiso.
—Cinco minutos.
El ritmo cambió de inmediato.
El estilista acomodó mi vestido con movimientos rápidos.
Otro hombre corrigió la corbata del desconocido.
Alguien más ajustó las luces.
Todo ocurría demasiado rápido.
No había espacio para pensar.
Nos colocaron uno junto al otro.
Demasiado cerca.
Podía sentir el calor de su brazo.
Él murmuró sin mover los labios.
—¿Cómo te llamas?
Lo miré de reojo.
—¿No habíamos quedado en que no preguntaríamos por la vida del otro?
Una sonrisa apareció apenas un segundo en la comisura de sus labios.
—Tienes razón…
Hizo una pausa breve.
—Esposa.
No supe por qué esa palabra me afectó.
Fue algo pequeño, casi imperceptible.
Pero suficiente para que mi corazón reaccionara.
No dije nada.
Un asistente abrió las enormes puertas del estudio.
La luz nos golpeó de frente.
Del otro lado, el ruido fue inmediato.
Cientos de periodistas.
Cámaras.
Voces superpuestas.
—¡Mírennos!
—¡La pareja favorita!
—¡Aquí!
—¡Denle un beso!
El sonido era abrumador.
Sentí que el aire dejaba de entrar en mis pulmones.
Todo se volvió demasiado real.
Volteé hacia él.
Esperando que dijera algo.
Que se negara.
Que pusiera un límite.
Pero no lo hizo.
Se quedó quieto.
Observando.
Calculando.
El productor apareció a nuestro lado, sonriendo como si aquello fuera una celebración.
—Recuerden…
Su voz fue baja, pero clara.
—Si el público descubre que no están enamorados, el reality termina hoy mismo.
Sentí cómo su mano se acercaba a la mía.
No la tomó de inmediato.
Dudó.
Un segundo.
Dos.
Luego la sostuvo.
Firme.
Como si ya hubiera tomado una decisión.
Me acerqué apenas lo suficiente para que solo él pudiera escucharme.
—No olvides las reglas.
Él no soltó mi mano.
Ni apartó la mirada del frente.
Y respondió en voz baja, sin mover los labios.
—Entonces empieza a actuar… porque todos están esperando que me beses.
