Capítulo 3 3

—¿Cuál es el color favorito de su esposo?

Las luces del estudio caían sobre nosotros con una intensidad casi insoportable. No había un solo rincón en penumbra. Todo estaba expuesto: nuestras caras, nuestras dudas, nuestras mentiras.

Sabía que millones de personas estaban mirando.

Giré la cabeza con lentitud hacia el hombre que, hasta hacía unas horas, era un completo desconocido.

Él hizo lo mismo.

Nos encontramos en medio de ese escenario brillante, rodeados de cámaras, con una pregunta sencilla que, en nuestro caso, podía convertirse en una trampa.

No hacía falta decir nada.

Los dos entendimos lo mismo al mismo tiempo.

No tenemos idea.

Cinco minutos antes…

Un asistente nos había empujado prácticamente dentro de un camerino estrecho, con paredes blancas y un espejo rodeado de focos que no dejaban espacio para esconderse.

—Tienen tres minutos para memorizar todo sobre el otro —dijo, sin detenerse a comprobar si habíamos entendido.

Tres minutos.

Ni siquiera era suficiente para aprender un número de teléfono, mucho menos para fingir una vida compartida.

Él tomó la iniciativa.

—Nombre completo.

—Emma Salvatierra.

—Edad.

—Veintiocho.

—Comida favorita.

—Tacos.

Lo miré con incredulidad.

—No.

Pastas.

Él cerró los ojos un segundo, como si intentara reorganizar la información en su cabeza.

—Vamos a fallar.

—No —respondí, más firme de lo que me sentía—. No vamos a fallar.

Se pasó una mano por el cabello, claramente frustrado.

—Entonces concéntrate.

Asentí.

—Ahora tú.

—Gael Andrade.

—Edad.

—Treinta y dos.

—Color favorito.

—Azul oscuro.

—¿Oscuro?

—Sí.

—Eso no ayuda.

—Es lo que hay.

Por primera vez desde que nos habían obligado a formar pareja, dejamos de discutir por orgullo o por desconfianza.

No había espacio para eso.

Solo intentábamos no quedar en ridículo frente a todo el país.

Volvimos al escenario.

El conductor nos recibió con una sonrisa que no lograba ocultar su interés por vernos fallar.

—Veamos qué tan bien se conocen nuestros recién casados.

Las primeras preguntas fueron simples.

Edad.

Profesión.

Lugar de nacimiento.

Respondimos sin titubear.

El público reaccionaba con entusiasmo cada vez que acertábamos.

Algunas parejas, incluso, se equivocaban en cosas básicas.

Eso nos dio una ventaja inesperada.

Sentí cómo la tensión en mis hombros comenzaba a aflojarse.

Tal vez podríamos salir de esto sin hacer el ridículo.

Tal vez.

El conductor levantó una tarjeta dorada.

El gesto cambió el ambiente.

—Última pregunta —anunció—. Vale el doble de puntos.

El murmullo del público creció.

Respiré hondo.

—¿Cuál fue el momento en que supieron que estaban enamorados?

El silencio cayó de golpe.

No había forma de responder eso con datos memorizados.

No estaba en ninguna lista.

No era algo que pudiera improvisarse sin riesgo.

Miré a Gael.

Él no apartó la vista.

Durante un segundo, pensé que admitiríamos la verdad.

Que diríamos que no había historia, que todo era una farsa.

Pero entonces, algo cambió en su expresión.

No miró a las cámaras.

Me miró a mí.

—Fue una tarde lluviosa —dijo.

Su voz sonó tranquila, como si estuviera recordando algo real.

—Ella insistió en cruzar la avenida sin mirar.

Sentí cómo el público contenía la respiración.

—Así que le tomé la mano —continuó—. Porque siempre he pensado que, si algo iba a salir mal… prefería estar yo en medio.

No era una historia elaborada.

No tenía detalles innecesarios.

Pero funcionaba.

El estudio quedó en silencio un instante, y luego llegaron los aplausos.

Todas las miradas se dirigieron hacia mí.

Tenía que responder.

No podía romper lo que él acababa de construir.

Respiré despacio.

—Ese día entendí algo —dije—. Que alguien podía preocuparse por mí sin pedirme nada a cambio… incluso cuando yo no estaba dispuesta a aceptarlo.

El conductor llevó una mano al pecho, exagerando la emoción.

—Eso es lo que buscamos —declaró—. Conexión real.

Las gradas estallaron en aplausos.

Cuando terminó la prueba, salimos del escenario casi al mismo tiempo.

El ruido quedó atrás en cuanto cruzamos la puerta.

Nos detuvimos en el pasillo.

Ambos soltamos el aire que habíamos estado conteniendo.

Gael empezó a reír.

No era una risa nerviosa.

Era ligera, inesperada.

—No estuvo mal —dijo.

Lo miré.

—Tú empezaste.

—Alguien tenía que hacerlo.

—Y lo hiciste bien.

Se encogió de hombros.

—Tú tampoco te quedaste atrás.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

Pero esta vez no era incómodo.

No había tensión.

Solo una pausa.

Al salir del estudio, el ruido volvió de golpe.

Fotógrafos.

Luces.

Voces llamándonos.

Gael caminaba unos pasos delante de mí, abriéndose paso entre la gente.

Intenté seguirlo, pero no vi el pequeño escalón frente a mí.

Mi pie se enganchó.

Todo ocurrió en un instante.

Antes de caer, sentí una mano firme sujetándome.

Su otra mano rodeó mi cintura.

Los flashes comenzaron a dispararse sin descanso.

—¡Mírenlos!

—¡Aquí!

—¡Son perfectos!

No tuve tiempo de reaccionar.

Seguía aferrada a su camisa.

Él no me soltaba.

Nuestros rostros quedaron demasiado cerca.

Podía sentir su respiración.

Por un segundo, nadie habló.

Hasta que alguien gritó desde el fondo:

—¡Bésense!

La palabra rompió el momento.

Nos separamos al mismo tiempo.

Él aclaró la garganta.

Yo aparté la mirada, intentando recuperar la compostura.

Como si nada hubiera pasado.

Como si mi pulso no se hubiera acelerado.

El trayecto al hotel fue más silencioso.

Ninguno mencionó lo ocurrido.

Ni la prueba.

Ni el escenario.

Ni el momento afuera.

Cuando llegamos, el productor ya nos esperaba en el vestíbulo.

Su sonrisa era demasiado amplia.

Eso nunca significaba algo bueno.

—Felicidades —dijo—. Ganaron la primera prueba.

Nos entregó un sobre.

Lo abrí.

Dentro había una tarjeta.

Leí en voz alta.

—Desafío número dos.

Levanté la vista.

—¿Qué significa convivencia total?

El productor no perdió la sonrisa.

Al contrario, parecía disfrutar la pregunta.

—Significa —respondió— que, a partir de esta noche… millones de personas podrán ver lo que ocurre dentro de su habitación matrimonial.

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