Capítulo 4 4

—Bienvenidos a la prueba de convivencia.

El conductor hablaba con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Era de esas sonrisas que anunciaban problemas antes de que alguien los nombrara.

Las luces del set se intensificaron. Las cámaras comenzaron a moverse con precisión, capturando cada gesto, cada respiración. Gael y yo seguíamos en el centro del escenario, sin movernos, esperando instrucciones como si eso pudiera darnos alguna ventaja.

—Durante las próximas veinticuatro horas… —continuó— vivirán como un matrimonio real.

El público reaccionó de inmediato. Aplausos, silbidos, emoción. Yo apenas pude tragar saliva.

—Cada conversación… cada comida… cada discusión… y cada noche… serán transmitidas en vivo.

Hizo una pausa, disfrutando del efecto que causaban sus palabras.

—Y recuerden… los espectadores decidirán qué pareja merece seguir en competencia.

No era solo una prueba. Era una exposición total.

Nos trasladaron a la casa en cuestión de minutos.

Era enorme. Demasiado para diez parejas que apenas se conocían. Diez habitaciones distribuidas en dos pisos, una cocina abierta, una sala común con sofás blancos impecables y cámaras discretamente ubicadas en cada rincón.

Nada era realmente privado.

El ambiente estaba cargado. Algunas parejas se movían con naturalidad, como si ya hubieran ensayado ese tipo de convivencia. Otras evitaban mirarse directamente, como si cualquier contacto pudiera desencadenar una discusión.

Yo intentaba ubicarme, entender el espacio, cuando la vi.

Alta. Cabello rubio perfectamente peinado. Vestido ajustado que parecía elegido para destacar en cámara. Caminaba con seguridad, como si ya supiera que todas las miradas iban a seguirla.

Se detuvo frente a nosotros.

—¿Gael?

Él levantó la vista. Fue apenas un segundo, pero lo noté. Algo en su expresión cambió, como si hubiera reconocido algo que no esperaba encontrar ahí.

—¿Se conocen? —pregunté, sin ocultar la curiosidad.

Ella soltó una risa suave, medida.

—Fuimos compañeros de universidad.

Extendió la mano hacia mí.

—Bianca.

La estreché, sintiendo la firmeza de su agarre.

—Emma.

—Y él es Nicolás —añadió, señalando al hombre a su lado.

Nicolás sonrió. No era una sonrisa cálida. Era correcta, calculada.

—Un gusto.

Asentí, aunque algo en esa pareja me incomodaba. No sabía exactamente qué, pero había una tensión que no encajaba con la cordialidad que intentaban mostrar.

Bianca volvió a mirar a Gael antes de alejarse. Fue un gesto breve, pero suficiente para dejar una sensación incómoda flotando entre nosotros.

La primera prueba comenzó sin demasiadas explicaciones.

—Cada pareja deberá preparar una cena romántica —anunció el conductor desde una pantalla instalada en la cocina—. Sin ayuda. Con tiempo limitado.

Los ingredientes estaban dispuestos sobre una larga mesa. Todo parecía sencillo en teoría.

En la práctica, fue otra historia.

Las demás parejas comenzaron a organizarse con rapidez. Algunos ya tenían claro quién cocinaría y quién se encargaría de la presentación.

Nosotros no.

—Te dije que no cortaras así la cebolla —dije, intentando mantener la calma.

—Y yo te dije que dejaras de dar órdenes —respondió Gael, sin mirarme.

—No son órdenes, es sentido común.

—Entonces hazlo tú.

—Lo haría si no estuvieras ocupando todo el espacio.

—Pues muévete.

—No puedo si sigues ahí.

—Entonces espera.

—No tenemos tiempo para esperar.

—Entonces deja de hablar y cocina.

—¡Eso intento!

Una risa se escuchó a nuestra derecha. Bianca nos observaba, apoyada contra la encimera, como si estuviera viendo un espectáculo.

—Qué matrimonio tan intenso —comentó.

Apreté los dientes. No iba a darle el gusto de vernos perder el control.

Respiré hondo. Miré a Gael.

—Tregua.

Él dejó el cuchillo sobre la tabla. Sus hombros se relajaron apenas.

—Tregua.

No fue una reconciliación. Fue un acuerdo temporal.

A partir de ahí, trabajamos en silencio. Coordinándonos sin hablar demasiado, evitando chocar otra vez. Poco a poco, la tensión se transformó en algo más manejable.

Cuando terminamos, la mesa no estaba perfecta, pero tampoco era un desastre.

La evaluación fue rápida.

El jurado probó cada plato, hizo comentarios, tomó notas. Las cámaras captaban cada reacción.

Cuando anunciaron los resultados, contuve la respiración.

—La pareja ganadora es… Bianca y Nicolás.

Aplausos. Sonrisas. Celebración exagerada.

Nosotros quedamos en segundo lugar.

No era una derrota total, pero tampoco era suficiente.

Mientras Bianca recibía el reconocimiento, pasó junto a mí. Su perfume era suave, pero persistente.

Se inclinó apenas, lo suficiente para que solo yo pudiera escucharla.

—Ten cuidado —murmuró—. Hay hombres que nunca olvidan a las mujeres como yo.

Me quedé inmóvil.

Cuando levanté la vista, ella ya estaba sonriendo frente a las cámaras, como si no hubiera dicho nada.

No entendía a qué se refería. Pero tampoco me gustaba la sensación que dejó.

La noche no trajo descanso.

La producción anunció una dinámica adicional. Todas las parejas se reunieron en la sala principal. Las luces eran más suaves, pero las cámaras seguían ahí, registrándolo todo.

—Cada pareja deberá responder una pregunta —explicó el conductor—. Sin tiempo para pensar.

El silencio se instaló en la habitación.

—Gael —continuó—. Si hoy tuvieras que salvar solo a una persona… ¿salvarías a tu esposa… o a los cincuenta millones?

Sentí cómo el aire se volvía más pesado.

Lo miré. Esperaba una respuesta calculada. Algo que sonara bien, que no comprometiera demasiado.

Él no dudó.

—A mi esposa.

El conductor levantó una ceja.

—¿Aunque eso signifique perder el programa?

Gael giró la cabeza hacia mí. Sus ojos no mostraban vacilación.

—El dinero puede recuperarse —dijo—. Ella no.

El silencio fue inmediato.

Nadie habló durante varios segundos.

Luego, el público reaccionó. Aplausos, comentarios, emoción.

Las pantallas comenzaron a mostrar mensajes en tiempo real.

“Son mi pareja favorita.”

“Así se ve el amor.”

“Quiero que ganen.”

Yo seguía mirándolo.

Sabía que esto era parte del juego. Sabía que cada palabra podía estar pensada para generar impacto.

Entonces, ¿por qué esa respuesta no sonaba ensayada?

Cuando finalmente regresamos a la habitación, cerró la puerta detrás de nosotros.

El espacio era amplio, con una cama grande en el centro y una cámara instalada en una esquina del techo.

Gael se quitó el micrófono y lo dejó sobre la mesa.

—Espero que esa respuesta haya servido para subir el rating —dijo, soltando el aire.

Abrí la boca para responder, pero un sonido nos interrumpió.

Un clic seco.

Ambos levantamos la vista al mismo tiempo.

Una luz roja se encendió sobre la cámara.

Gael frunció el ceño.

—¿Por qué sigue grabando?

Antes de que pudiera decir algo, la voz del productor llenó la habitación a través del altavoz.

—Porque olvidé mencionar un pequeño detalle… desde esta noche, las cámaras nunca volverán a apagarse.

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