Capítulo 6 6
—Excelente... ese beso acaba de romper el récord de audiencia del programa.
El sonido llegó antes que la conciencia.
Durante un segundo no entendí de dónde venía, ni por qué mi pecho se sentía tan apretado. Luego todo volvió de golpe: el jardín, la cercanía de Gael, el calor de su mano en mi cintura… y ese instante que había dejado de parecer un juego.
Me separé de él con brusquedad, como si el contacto quemara.
Levanté la mirada.
La luz roja de la cámara seguía encendida.
No había sido un momento privado.
Nunca lo fue.
Nos habían visto.
Cada segundo.
Gael pasó una mano por su cabello, desordenándolo más de lo que ya estaba. Su respiración era irregular, como si también estuviera intentando entender qué acababa de pasar.
—Dime que eso no salió al aire.
La respuesta no tardó.
—Demasiado tarde —dijo la voz del productor por los altavoces—. En este momento son tendencia número uno.
Sentí un vacío en el estómago.
No era solo vergüenza.
Era algo más incómodo.
Algo que no quería nombrar.
Nos llevaron al estudio principal sin darnos tiempo para procesar nada.
Las luces eran más intensas allí, más frías. Todo parecía diseñado para que nadie pudiera esconderse.
Las otras parejas ya estaban reunidas.
Algunas nos observaron apenas entramos.
Otras no disimularon.
Había miradas cargadas de curiosidad, de molestia… incluso de algo parecido a resentimiento.
Bianca estaba de pie junto a su compañero.
Sonreía.
Pero no era una sonrisa amable.
Era calculada.
Como si ya estuviera pensando en cómo usar lo que acababa de pasar a su favor.
El conductor apareció entre aplausos, con esa energía exagerada que parecía no apagarse nunca.
—¡Tenemos una noticia histórica!
Una pantalla gigante se encendió detrás de él.
Las redes sociales comenzaron a desfilar frente a nosotros.
Comentarios, videos, capturas.
Miles.
No.
Millones.
“Ellos tienen que ganar.”
“Ese beso no fue actuación.”
“Por fin alguien que no parece fingir.”
“Nadie puede sostener algo así si no es real.”
Tragué saliva.
El público estaba convencido.
Y yo no sabía si eso era bueno o peligroso.
Porque si ellos creían que era real…
¿qué significaba eso para nosotros?
El conductor levantó un sobre dorado con una teatralidad que ya empezaba a resultarme irritante.
—Gracias al éxito de la transmisión de anoche… la producción ha decidido hacer algunos cambios.
Un murmullo recorrió el estudio.
Nadie parecía cómodo con esa frase.
—A partir de hoy —continuó—, será el público quien decida las recompensas.
Se hizo un silencio breve.
—Las citas románticas, los viajes, las habitaciones… incluso algunas pruebas especiales.
Las parejas comenzaron a intercambiar miradas.
Eso cambiaba todo.
Ya no se trataba solo de competir.
Ahora dependíamos de lo que millones de desconocidos quisieran ver.
—Y la primera votación… ya terminó.
Una cuenta regresiva apareció en la pantalla.
Los números descendieron lentamente.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Uno.
El sobre se abrió.
El conductor sonrió, disfrutando cada segundo.
—Con el ochenta y nueve por ciento de los votos… la pareja favorita del país es…
Hizo una pausa innecesaria.
—Emma y Gael.
Los aplausos estallaron.
Algunos sinceros.
Otros no tanto.
Yo no reaccioné.
No sabía cómo hacerlo.
No quería ser la favorita.
No quería atención.
Solo quería terminar esto sin perder lo poco que aún podía controlar.
—Como recompensa —continuó el conductor—, pasarán tres días completamente solos en la Villa Esmeralda.
El nombre provocó otra ola de murmullos.
—La villa más exclusiva del programa.
Bianca dejó de sonreír.
Su expresión cambió apenas un segundo, pero fue suficiente.
Los demás concursantes comenzaron a protestar.
Algunos levantaron la voz.
Otros simplemente negaban con la cabeza.
Gael dio un paso al frente.
—¿Y si no aceptamos?
El conductor soltó una risa breve, casi divertida.
—Entonces renuncian al programa.
La respuesta fue inmediata.
—Y pierden todo.
El silencio volvió.
Nos miramos.
No hacía falta decir nada.
Otra vez estábamos en el mismo punto.
Sin opciones reales.
Estábamos a punto de salir del estudio cuando las puertas principales se abrieron.
El sonido llamó la atención de todos.
Una mujer entró caminando con paso firme.
Traje gris.
Cabello recogido.
Sin micrófono.
Sin sonrisa.
No pertenecía a ese lugar.
Llevaba un portafolio de cuero en una mano y varios documentos en la otra.
Se detuvo frente a nosotros.
—¿Gael Andrade?
Él frunció el ceño.
—Sí.
—Necesito que firme de recibido.
Le extendió un sobre.
Gael lo tomó con cierta desconfianza.
Lo abrió.
Yo observaba desde un lado, intentando entender qué estaba pasando.
Su expresión cambió.
No fue algo exagerado.
Pero lo suficiente para que algo dentro de mí se tensara.
El color de su rostro se desvaneció.
—¿Qué pasa? —pregunté.
No respondió.
La mujer habló de nuevo, con una calma que resultaba incómoda.
—Tiene veinticuatro horas para presentarse ante el Registro Civil.
Gael levantó la vista.
—Debe haber un error.
Ella negó lentamente.
—No existe ningún error.
El estudio quedó en silencio.
Incluso el conductor parecía desconcertado.
La mujer abrió el portafolio.
Sacó una carpeta.
La colocó sobre la mesa frente a nosotros.
Luego señaló un documento.
—Este matrimonio fue inscrito oficialmente ayer a las diez con treinta y cuatro de la mañana.
Mi respiración se detuvo.
No entendía.
No podía entender.
Me acerqué.
Leí.
Nuestros nombres.
Mi fotografía.
La de Gael.
Las firmas.
Mi firma.
La suya.
El sello oficial.
Todo estaba ahí.
Retrocedí un paso.
—No…
La palabra salió sin fuerza.
—Eso no puede ser.
La mujer cerró la carpeta con cuidado.
—Puede solicitar la nulidad —dijo—. Pero hasta que un juez resuelva…
Hizo una pausa breve.
—Ustedes siguen siendo marido y mujer ante la ley.
El silencio se volvió pesado.
Sentí que el suelo dejaba de ser firme.
Miré a Gael.
Esperando una reacción.
Una risa.
Una explicación.
Algo que rompiera esa sensación absurda.
Pero él no se movía.
Seguía mirando el documento como si buscara una respuesta que no estaba ahí.
Le tomé el brazo.
Mi voz apenas salió.
—Dime que esto también es parte del programa.
Muy despacio, levantó la vista.
Y dijo:
—Emma… creo que de verdad nos casamos.
