Capítulo 1 Capítulo 1: El eco de la celosía

El mundo, visto a través de mis ojos, ha empezado a perder los bordes. No es una oscuridad repentina, ni un apagón de interruptor que te deja a tientas en medio de una habitación conocida. Es algo mucho más sutil, un desvanecimiento cruel, como si la acuarela de los atardeceres en Los Sauces de Bruma comenzara a diluirse con agua sucia. Últimamente, las líneas rectas de los marcos de las ventanas se curvan con timidez, las letras de los libros de contabilidad se funden en manchas grises si la luz de la tarde titubea, y un dolor sordo, punzante, me martillea detrás de las sienes cada vez que intento forzar la vista para distinguir los rostros de los capataces en el patio.

Nadie lo sabe. Ni los criados más antiguos, ni los médicos de la capital a los que evito con excusas baratas, ni siquiera mi abogado, el viejo y solemne Licenciado Vivaldi, a quien he citado hoy con urgencia en el despacho principal de la hacienda.

—Los síntomas son pasajeros, Vivaldi —le digo, cruzando los brazos sobre el escritorio de roble oscuro, intentando que mi voz suene tan firme y inquebrantable como el apellido que llevo sobre los hombros.— Es solo fatiga visual. Demasiados años revisando libros de cuentas a la luz de las velas.

Vivaldi no me mira con la compasión de un amigo, sino con la fría gravedad de un ejecutor de testamentos. Ajusta sus gafas sobre el puente de la nariz y desliza un sobre de papel grueso y lacrado sobre la superficie de caoba. El sonido del sello rompiéndose parece un eco metálico en la quietud de Los Sauces de Bruma. La bruma perpetua de las montañas de Valleblanco golpea los ventanales con una insistencia lúgubre, recordándome que estoy sola, completamente aislada del bullicio implacable de la capital.

—Señorita Darcy, desearía que el motivo de mi visita fuera meramente administrativo —comienza Vivaldi, carraspeando con incomodidad—. Pero las disposiciones de su difunto padre, Don Aurelio Darcy, son inapelables y entraron en vigencia legal tras cumplirse el primer año de su fallecimiento y la auditoría de los bienes familiares.

Siento un frío repentino en la nuca. Mi padre siempre fue un hombre de leyes implacables, un estratega financiero que veía el mundo como un tablero de ajedrez donde las personas eran peones prescindibles. Incluso muerto, su sombra alargada sigue dictando las reglas de mi existencia.

—Vaya al grano, Vivaldi —le pido, sintiendo cómo una mancha borrosa oscurece momentáneamente el rincón inferior izquierdo de mi campo visual. Parpadeo con fuerza, disimulando el vértigo.

—Su padre previó la inestabilidad de los mercados, la fragilidad de nuestro patrimonio y, sobre todo, su reclusión voluntaria en esta hacienda apartada —explica el abogado, hojeando los folios notariales con lentitud exasperante—. El testamento contiene una cláusula estricta, la Cláusula Trigésima Tercera. Para que la propiedad de Los Sauces de Bruma y el fideicomiso naviero permanezcan bajo el control de la familia Darcy y no sean embargados por los acreedores de la capital, usted debe contraer matrimonio legal en un plazo no mayor a noventa días.

Un silencio espeso se instala en la habitación. El sonido de la llovizna exterior parece multiplicarse, llenando los huecos de mi estupor.

—¿Casarme? —suelto una risa seca, incrédula, que se apaga en el aire húmedo—. ¿Un matrimonio concertado por un testamento? Vivaldi, debe ser una broma de mal gusto. Sab perfectamente que he decidido vivir en el retiro, lejos de la alta sociedad, de los mentirosos y de los buitres que rondan nuestro apellido. No necesito a ningún hombre en mi vida, y mucho menos un esposo de catálogo impuesto desde la tumba por un padre que solo sabía hacer transacciones.

—No es una recomendación, Sally, es una condición legal estricta —responde el abogado, con una seriedad que me hiela la sangre—. Si en el plazo de tres meses usted no presenta ante el registro civil a un esposo con el apellido y la solvencia moral exigida por el albacea, el patronato asumirá el control total de la hacienda y de sus cuentas personales. Usted será desalojada de Los Sauces de Bruma. Quedará en la absoluta indigencia, sin propiedades, sin recursos y a merced de la caridad pública.

Las palabras caen sobre mí como los maderos podridos de un puente a punto de colapsar. Desalojada. Despojada del único refugio donde puedo ocultar esta extraña vulnerabilidad que me corroe los ojos, este miedo sordo a quedarme ciega en medio de la nada. Esta hacienda es mi armadura; perderla significa quedar expuesta, desarmada y ciega ante un mundo que no perdonará la debilidad de una Darcy.

—¿Y qué clase de hombre aceptaría un matrimonio en estas condiciones? —pregunto, sintiendo que la garganta se me cierra por la rabia y la impotencia—. Un cazador de fortunas, un ambicioso sin escrúpulos que buscará quedarse con lo poco que queda de nuestro imperio.

—El albacea designado por su padre ya se ha encargado de filtrar discretamente las bases del perfil requerido —dice Vivaldi, guardando los papeles en su portafolios con un movimiento clínico—. Me ha informado que varios candidatos del círculo empresarial de la capital han mostrado interés en postularse como administradores y futuros esposos. El primero de ellos llegará a la hacienda en los próximos días para una evaluación inicial. Un hombre con experiencia en reestructuración de tierras y negocios... un administrador capacitado para rescatar este lugar, según los informes previos.

No digo nada. Mis dedos se aferran al borde de la madera hasta que los nudillos se me ponen blancos. Por la ventana, la silueta de los sauces llorones se confunde con la negrura de la noche que se nos viene encima de golpe. Mis ojos vuelven a fallarme; una mancha difusa parpadea en el centro de mi visión, transformando la lámpara del escritorio en una mancha de luz abstracta y dolorosa.

Cierro los ojos un segundo, respirando hondo, intentando convencer a mi mente de que lo que me pasa es solo cansancio. No sé quién es ese hombre que viene en camino, no sé qué rostro tiene ni qué oscuras intenciones se esconden detrás de su elegancia corporativa. Pero sé una cosa con absoluta certeza: estoy firmando una sentencia de muerte al aceptar este juego. Mi padre ha tendido una trampa desde el más allá, y yo he caído directo en sus fauces, obligada a entregar mi libertad a un desconocido cuyo nombre aún desconozco, sin saber que su llegada no es una salvación, sino el principio de una devastación mucho más profunda de lo que mis ojos, cada vez más oscuros, alcanzan a imaginar.

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