Capítulo 2 Capítulo 2: El escándalo en la Gaceta y los gritos de un amigo fiel
El olor a café recién colado y a tierra mojada siempre ha sido mi cura contra los dolores de cabeza, pero esta mañana ni la cafeína más cargada del mundo logra calar en el martilleo incesante que tengo en las sienes. El causante de mi tormento no es mi vista fallida —que hoy decidió regalarme una bonita mancha borrosa flotando justo frente al hocico del perro pastor—, sino un pedazo de papel impreso que yace abierto sobre la mesa de la cocina como si fuera una sentencia de muerte con ilustraciones cómicas.
Damián entra a la cocina haciendo crujir las tablas del piso con esa pesadez tan suya de capataz que se cree el dueño del mundo. Viste su habitual camisa de franela a cuadros, con las mangas arremangadas hasta los codos y el sombrero de ala ancha sostenido en una mano, mientras con la otra agita el ejemplar matutino del Diario de Valleblanco con tanta furia que el papel aletea como un pájaro herido intentando huir del bochorno.
Damián ha sido mi sombra, mi cómplice y mi mejor amigo desde que éramos unos niños corriendo descalzos entre los matorrales de Los Sauces de Bruma. Me conoce tan bien que sabe cuándo miento con solo ver cómo muerdo el interior de mi mejilla. Y hoy, por su expresión, sé que estoy a un segundo de escuchar un sermón histórico.
—¿Se puede saber qué demonios es esto, Sally? —brama, azotando el periódico contra la mesa con tanta fuerza que las tazas de cerámica pegan un brinco. Se cruza de brazos, inflando el pecho y clavándome unos ojos oscuros que echan chispas—. ¿Te cayó un rayo en la cabeza o es que el encierro prolongado en esta hacienda te terminó de secar las pocas neuronas que te legó tu difunto padre?
Me acomodo en la silla, intento mantener una postura de terrateniente imperturbable y sorbo de mi taza con displicencia, aunque el pulso me tiembla ligeramente.
—Buenos días para ti también, Damián. Veo que el lucero del alba te inspiró tanta alegría como siempre.
—¡No me salgas con ironías de alta sociedad, Sally Darcy! —explota, dando dos zancadas por la cocina antes de devolverse y señalar con un dedo acusador la página desplegada del periódico—. ¡Lee! ¡Léelo tú misma si es que tus ojos todavía te sirven para algo más que para mirar al vacío!
Aunque mis ojos me traicionan y las letras se funden en una mancha grisácea, no necesito ver el texto; me sé de memoria cada maldita palabra porque fui yo misma quien dictó el aviso clasificado anoche con una mezcla de desesperación y furia etílica:
"Señorita de alta alcurnia, propietaria de hacienda tradicional en Valleblanco, busca esposo urgente. Indispensable solvencia moral, estómago fuerte para soportar carácter difícil y disposición inmediata para firmar acta nupcial en menos de noventa días. Abstenerse aventureros sinvergüenzas... o presentarse con referencias comprobables. Razón aquí."
—Bueno —murmuro, carraspeando y desviando la mirada hacia la ventana donde los sauces llorones parecen burlarse de mí—. Supuse que había que ser directa y clara. Las sutilezas no atraen candidatos competentes en este siglo, Damián.
Damián suelta una carcajada que es medio ahogada, medio hisérica. Se pasa una mano áspera por el cabello revuelto y se cuelga el sombrero de la nuca con exasperación.
—¿Directa? ¡Sally, esto parece un anuncio de remate de ganado! ¡"Estómago fuerte para soportar carácter difícil"! ¿En qué estabas pensando? ¡Dios mío bendito, pareces una tía solterona desesperada rematando aperos de labranza en el mercado del pueblo!
—¡Estaba pensando en que el viejo Vivaldi me dio noventa días antes de echarme a la calle con lo puesto! —estallo yo también, golpeando la mesa con la palma de la mano, harta de su tono paternalista—. Si no me caso, nos quitan la hacienda. ¡A ti, a mí, a los peones, a los caballos y al maldito tractor viejo que no arranca ni con plegarias! ¿Querías que pusiera un anuncio romántico en la sección de poesía? "Se busca alma gemela que ignore que estoy a punto de quedarme ciega y que quiere salvar mi patrimonio por amor al arte"? ¡Por favor, Damián! ¡Despierta!
Se queda en silencio un instante, viéndome alterada, con el pecho agitado. Su enojo cede un poco, reemplazado por esa mueca de preocupación sorda que siempre me desarma, porque sé que todo lo que hace es para protegerme. Da un susurro pesado, arrastra una silla frente a mí y se sienta, desplomándose con los codos apoyados en la rodilla y las manos juntas.
—Sé lo del testamento de tu padre, Sally... el viejo Orozco me comentó que el abogado andaba merodeando por la notaría con cara de cuervo —dice con voz más suave, aunque cargada de reproche—. Pero publicar esto en la Gaceta oficial de todo Valleblanco... ¿Tienes idea de quién puede responder a semejante locura? Van a venir todos los vividores, tahúres, deudores crónicos y farsantes de la capital a tocar nuestra puerta. ¡Esto es un imán para desastres!
—Pues que vengan —respondo, encogiéndome de hombros con una falsa valentía que se desvanece en cuanto siento la punzada en la cabeza—. Los recibiré a escopetazos si es necesario. Pero necesito un marido, Damián. Un testaferro legal que cumpla con los requisitos del albacea para mantener a flote Los Sauces de Bruma. En cuanto pasen los noventa días y asegure los papeles, el hombre que sea puede hacer sus maletas y largarse por donde vino.
Damián me mira fijamente, sacudiendo la cabeza con una mezcla de incredulidad y burla contenida.
—Estás loca. De remate. Te crees la protagonista de una novela dramática de las que leen las señoras en la capital, pero la realidad es que te estás metiendo en la boca del lobo con una venda en los ojos... bueno, hablando metafóricamente —se corrige de golpe, mordiéndose los labios al notar la desafortunada elección de la palabra debido a mi condición visual.
Me quedo helada un segundo, sintiendo un calor amargo subirme por las mejillas. Él se da cuenta de la metedura de pata y estira la mano para tocar la mía sobre la mesa, con esa rudeza y afecto fraternal que me ha tenido paciencia toda la vida.
—Perdón, enana... no quise decir eso —murmura en voz baja, con genuino arrepentimiento—. Sabes que haría lo que fuera por ti. Si la ley me dejara casarme contigo para salvar la hacienda sin que me diera urticaria solo de pensarlo, lo haría hoy mismo. Pero los dos sabemos que nos mataríamos a golpes antes de llegar al altar.
—Gracias al cielo por eso, Damián —le respondo, soltando una risita nerviosa que rompe la tensión acumulada—. Imagínate casarnos nosotros. A los tres días estaríamos ahorcándonos con las riendas de los caballos en el establo.
—Exacto —sonríe él, recuperando su tono socarrón habitual mientras se levanta de la silla y sacude el periódico arrugado—. Pero en fin, ya está hecho. El daño a la moral del apellido Darcy está consumado. Ahora agárrate fuerte, porque a partir de mañana por la mañana esto se va a convertir en una feria ambulante de pretendientes impresentables. Más te vale ir sacando la escopeta vieja del abuelo y engrasando el cerrojo.
Damián se despide con un leve golpecito en mi hombro y sale rumbo a los establos, dejándome sola con mis pensamientos y con el eco de sus palabras resonando en las paredes de la cocina.
Lo que ninguno de los dos sabe, lo que ni el periódico más amarillista de Valleblanco pudo prever en sus páginas de anuncios clasificados, es que el hombre que viene en camino no es un simple aventurero hambriento de dinero... y que cuando cruce las puertas de Los Sauces de Bruma, no vendrá a responder a un anuncio publicitario por desesperación, sino a cobrar una deuda de sangre que lleva años esperando su momento exacto.
