Capítulo 3 Capítulo 3: El forastero del camino mojado y la gran equivocación
Han pasado tres días desde la publicación del maldito anuncio en el Diario de Valleblanco, y el balance no podría ser más deprimente. Si mi intención era atraer a una fila interminable de pretendientes dispuestos a lidiar con mi genio a cambio de una porción de las tierras de Los Sauces de Bruma, obtuve el efecto contrario: un fracaso absoluto.
Resulta que la fama de mi carácter en el pueblo y sus alrededores es legendaria. Don Elías, el boticario, me confesó con una sonrisa temblorosa que nadie en un radio de cincuenta kilómetros se atrevería a cruzar el altar conmigo ni aunque le regalaran la hacienda entera con todo y ganado, pues aún recuerdan la vez que espanté a balazos a un inspector de impuestos que se atrevió a alzarme la voz. Así que, en lugar de una legión de apuestos herederos o ambiciosos de la capital, lo único que obtuve fue un silencio sepulcral, miradas de reojo de los lugareños cuando cruzo el mercado, y una hoja de periódico arrugada que el viento arrastró hasta el porche de mi casa como una burla estacional.
Me encuentro sentada en el corredor principal, intentando remendar una vieja manta de lana mientras la llovizna perpetua de Valleblanco convierte el paisaje en una acuarela gris. Mis ojos, traidores como siempre, me obligan a acercar la tela casi a la nariz para poder distinguir el ojal de la aguja. La frustración me quema en el pecho. Mañana se cumple una semana desde la visita de Vivaldi, y el reloj de los noventa días corre en mi contra.
Un sonido seco interrumpe mis pensamientos. Es el crujir de las gravas bajo unas botas firmes y pausadas que se acercan por el sendero principal de la hacienda.
Alzo la vista de golpe, entrecerrando los ojos para enfocar la silueta que emerge de la cortina de neblina. A través del desenfoque grisáceo que domina mi visión, distingo a un hombre alto, de hombros anchos, enfundado en una chaqueta oscura que parece impermeable al frío y un sombrero de ala ancha que proyecta una sombra profunda sobre su rostro. No trae maletas de aristócrata ni carruaje de la capital; camina con la seguridad pausada de alguien que no le teme a la intemperie.
Se detiene al pie de las escaleras del porche. Mi corazón da un vuelco, una mezcla absurda de esperanza y recelo. Me pongo de pie de inmediato, alisando con las manos temblorosas la falda de mi vestido de lino y cruzando los brazos para adoptar mi postura más imponente, esa que suele ahuyentar a los incautos.
—Si viene a burlarse del aviso del periódico, le sugiero que dé media vuelta y regrese al pueblo por donde vino —le suelto antes de que siquiera abra la boca, con la voz afilada como un cuchillo—. No estoy de humor para curiosos ni para payasos locales.
El hombre permanece inmóvil un segundo bajo el ala de su sombrero. Luego, da un paso al frente, subiendo el primer escalón. La luz tenue de la tarde esculpe los ángulos marcados de su mandíbula y una boca seria, casi burlona. Cuando levanta la vista para mirarme, siento un escalofrío extraño que no tiene nada que ver con el viento de la montaña.
—No soy ningún payaso, señorita Darcy —responde con una voz grave, ronca y perfectamente calmada que resuena en el porche con una autoridad pasmosa—. Y tampoco vengo a burlarme. Vengo por el aviso.
Me quedo petrificada un instante. Mis párpados parpadean con rapidez mientras intento enfocar sus facciones, pero la combinación de mi vista cansada y la sombra del sombrero me impide capturar los detalles de su expresión.
—¿Usted? —exclamo, incrédula, soltando una risa corta y escéptica—. ¿Leyó el anuncio de la Gaceta y aun así decidió venir hasta aquí? ¿Es que acaso no escuchó las advertencias de medio pueblo sobre mi temperamento?
—Digamos que tengo un umbral del dolor bastante alto y una paciencia a prueba de balas —contesta él con una calma exasperante, cruzando los brazos de idéntica manera a la mía, como si estuviera evaluando una pieza de ganado en el mercado—. Me llamo Jayden. Acabo de mudarme a la región hace un par de días y, para ser sincero, necesito el trabajo con urgencia. Vi su anuncio en el periódico y creí que era justo lo que estaba buscando.
Frunzo el ceño profundamente, sintiendo que algo en sus palabras no encaja del todo. La manera en que pronuncia su nombre, la seguridad con la que pisa mi terreno y el brillo indescifrable en sus ojos oscuros me ponen los pelos de la punta de los dedos de los pies a la nuca.
—¿El trabajo? —repito, arqueando una ceja con suspicacia, dando un paso al frente en el porche—. Espere un momento. ¿De qué demonios está hablando? El aviso de la Gaceta no era para contratar a un peón de campo ni a un administrador de caballerizas. ¡Era para buscar un marido! ¿Acaso no sabe leer o su comprensión lectora se quedó en el kinder?
Jayden suelta una exhalación que suena sospechosamente parecida a una risa ahogada. Da otro paso hacia arriba, acortando la distancia entre nosotros, y el aroma limpio a madera, lluvia y un toque sutil de colonia varonil impregna el aire húmedo del porche.
—Vaya... eso explica muchas cosas —dice con una media sonrisa cínica que se dibuja lentamente en sus labios—. Debo confesar que cuando leí "Se busca esposo urgente, estómago fuerte para soportar carácter difícil y disposición inmediata" en la sección de clasificados, asumí que se trataba de un error de impresión o de una broma pesada de algún hacendado aburrido. Yo iba buscando el puesto vacante de capataz principal que anunciaba la página contigua sobre la administración de tierras altas.
Siento que la sangre se me sube a las mejillas de golpe, tiñéndome la cara de un rojo furioso. ¿Un error de sección? ¡El periódico debió mezclar las columnas! ¡Qué vergüenza monumental! Mis manos se cierran en puños a los costados de mi vestido mientras la rabia y la humillación se mezclan en mi garganta.
—¿Un error? —le espeto, sintiendo que la voz me tiembla de pura indignación—. Pues lamento arruinarle el viaje, señor Jayden, pero aquí no hay ninguna vacante de capataz. Mi capataz actual, Damián, me dispararía con sal en las pantorrillas si me atreviera a reemplazarlo, y yo misma lo haría si viniera con esa actitud de suficiencia. Así que la puerta está abierta por donde vino. Puede largarse ahora mismo a buscar su puesto de peón en otra parte.
En lugar de retroceder o disculparse por la intromisión, Jayden se queda plantado allí, inamovible, apoyando una mano con total desparpajo en el dintel de la puerta de entrada, invadiendo mi espacio vital con una presencia física abrumadora. Sus ojos me escrutan con una intensidad que me descoloca; hay algo en su mirada fija, un destello de fría determinación que contradice su fachada de simple buscador de empleo rural.
—No sé usted, señorita Darcy, pero a mí no me gusta perder el viaje ni darme por vencido tan fácilmente —murmura él, inclinándose un poco hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave que me eriza la piel de los brazos—. Además, si nadie más en todo Valleblanco se atreve a cruzar estas puertas por miedo a su famoso carácter... tal vez el destino decidió equivocar las secciones del periódico por una buena razón. ¿No cree?
Me quedo sin aire por un segundo. Su osadía me deja totalmente desarmada. Intento replicar, recordarle mis amenazas de escopeta, ordenarles a los perros que lo saquen a mordiscos, pero las palabras se me atascan en la boca ante la cercanía de su cuerpo y la electricidad contenida en el ambiente.
Sin saberlo, sin conocernos de nada, con un malentendido de imprenta de por medio, el desconocido al que acabo de echar a gritos de mi porche acaba de plantar la primera piedra de un juego peligroso. Y lo peor de todo, lo que mi orgullo jamás admitirá en voz alta, es que en medio de la niebla y de mi terror a la oscuridad inminente, la idea de tener a este hombre impertinente rondando por Los Sauces de Bruma ya no me parece tan espantosa como debería.
