Capítulo 4 Capítulo 4: El precio del orgullo y la caída en la neblina

La tinta del periódico todavía olía a fresco cuando tomé la decisión más impulsiva y absurda de mi vida. Despedir al forastero en el porche pareció en su momento lo correcto, pero la fría realidad económica de Los Sauces de Bruma y la insistente cuenta regresiva del testamento de mi padre me golpearon con la misma fuerza que el viento de la montaña. Necesitaba tiempo, necesitaba peones que mantuvieran la hacienda en pie, y, sobre todo, necesitaba demostrarle al viejo Vivaldi que no estaba cruzando los brazos de manera pasiva ante la inminente catástrofe.

Así que, a la mañana siguiente, lo contraté.

No como el esposo del anuncio clasificado —por supuesto que no, mi dignidad todavía respiraba a duras penas—, sino como un trabajador más de la hacienda. Jayden aceptó el trato con una sonrisa contenida, esa misma expresión socarrona y segura que me ponía los nervios de punta desde el primer segundo en que lo vi bajo la llovizna. Le asigné el viejo cobertizo de aperos, una carga pesada de trabajo físico y las labores más ingratas de los potreros altos, convencida de que a los tres días saldría huyendo despavorido de regreso a la capital.

Pero llevábamos ya más de una semana en esa extraña dinámica, y el muy infeliz seguía ahí, cumpliendo cada tarea con una precisión milimétrica, como si hubiera nacido montando a caballo y arando tierras húmedas.

Esa tarde, el cielo de Valleblanco se había teñido de un gris plomizo, pesado y amenazante. La bruma descendía de las cumbres con una velocidad inusual, devorando los contornos de los árboles y transformando los caminos de la hacienda en senderos borrosos y solitarios. Decidí ensillar a Relámpago, mi caballo alazán, para inspeccionar los límites del terreno hacia el norte. Necesitaba aire fresco, escapar del encierro de la casona y calmar esa punzada sorda que me martilleaba detrás de los ojos desde el amanecer.

—No debería salir sola hoy, señorita Sally —me había advertido Damián por la mañana, observando el cielo con gesto torcido—. La neblina está bajando espesa y los potreros altos se ponen traicioneros.

—Sé cuidarme sola, Damián. Conozco cada piedra de estos terrenos desde que era una niña —le contesté con el mentón en alto, desatendiendo el pressentimiento amargo que se me encogía en el estómago.

Ahora, montada a galope tendido sobre el lomo firme de Relámpago, comprendía demasiado tarde el error de mi soberbia.

El plan era dar una vuelta rápida por la llanura y regresar antes de que la tormenta rompiera sobre los techos de teja. Sin embargo, la naturaleza decidió jugarme una mala pasada. De un segundo a otro, un banco de neblina densa, fría y espesa como el humo, nos envolvió por completo, cortando la visibilidad a menos de dos metros de distancia.

Intenté tirar de las riendas para frenar el ritmo del animal, pero mis ojos, traidores y cansados, decidieron apagarse en el peor momento posible. Un destello blanco, punzante y doloroso me atravesó la retina, seguido de una negrura absoluta, espesa y sin formas. Dejé de ver el camino. Dejé de ver las siluetas de los sauces. El mundo se convirtió en una mancha opaca, gris y vacía.

—No, ahora no... por favor, ahora no —murmuré para mí misma, sintiendo que el pánico helado me paralizaba los dedos sobre las riendas.

Ciega, desorientada y a lomos de un animal inquieto que comenzó a ponerse nervioso por la falta de dirección, perdí el equilibrio. Relámpago dio un rodeo brusco al tropezar con una roca oculta entre los helechos, y el impulso me sacó disparada de la silla de montar.

El golpe contra la tierra húmeda y las piedras fue seco, brutal y violento. Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones en un grito ahogado mientras rodaba por la pendiente de la colina. El dolor me recorrió costillas y extremidades, pero lo peor no fue el impacto físico, sino la absoluta y aterradora oscuridad que me rodeaba. No podía ver el cielo, ni la hierba, ni el lugar donde había caído. Estaba completamente a ciegas, tirada en el lodo, con el sonido del caballo relinchando a lo lejos y la lluvia comenzando a golpear la tierra con gotas gruesas y heladas.

—¿Damián? —logré susurrar con la voz quebrada, tragando saliva con dificultad mientras intentaba mover los brazos, sintiendo que el dolor me desgarraba el costado—. ¿Hay alguien ahí?

Nadie respondió. Solo el silbido del viento de la montaña colándose entre los matorrales y el chapoteo de la lluvia intensificándose sobre los charcos. El frío comenzó a adueñarse de mi cuerpo, entumeciéndome los dedos, mientras el terror me consumía por dentro. Estaba sola, indefensa y a merced de la naturaleza, pagando el precio más alto por negarme a aceptar la verdad de mis ojos rotos.

Y entonces, cuando el desespero amenazaba con desmayarme definitivamente, un sonido rompió el eco de la tormenta: el galope pesado, firme y apresurado de un caballo acercándose a toda velocidad hacia el sector norte.

—¡Sally! ¡Sally, maldición, respóndeme!

La voz grave, cargada de una furia desesperada que no le había escuchado jamás, retumbó a través de la cortina de neblina. No era Damián. Era Jayden.

Intenté mover los labios para llamarlo, pero las fuerzas me abandonaron por completo. El dolor en las costillas y la negrura total me arrastraron hacia un pozo sin fondo, justo antes de sentir unos brazos fuertes, cálidos e imponentes que me levantaban del lodo húmedo, protegiéndome del frío del mundo mientras el trueno final estallaba sobre los cielos de Los Sauces de Bruma.

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