Capítulo 5 Capítulo 5: El calor en la tormenta y la propuesta bajo la lluvia
El dolor es lo primero que recupero. Una punzada afilada y ardiente en las costillas, seguida de un temblor generalizado que me sacude los huesos. No hay luz; el mundo sigue siendo una masa informe y negra, un vacío espeso donde mis ojos ya no tienen cabida. Intento moverme, pero un quejido se me escapa de los labios cuando el roce de la tierra húmeda me recuerda la caída del caballo.
Sin embargo, el frío de la intemperie no me alcanza. Estoy envuelta en algo pesado, seco y cálido: una chaqueta gruesa de cuero que huele a leña, a lluvia y a ese perfume varonil e impertinente que pertenece sin duda a Jayden.
—Tranquila. No te muevas bruscamente, tienes al menos una costilla fisurada —la voz de él resuena cerca, demasiado cerca, con una autoridad ronca que tiembla ligeramente por el esfuerzo y la urgencia.
Siento cómo sus brazos me alzan con una facilidad asombrosa, acomodándome contra su pecho. Su pulso es acelerado, firme, un tambor rítmico que choca contra el mío mientras me sostiene en mitad del potrero desolado.
Bufé con la poca fuerza que me queda, apretando los dientes para contener la mueca de dolor y orgullo herido. La irritación siempre ha sido mi mejor escudo contra la vulnerabilidad.
—Déjame en el suelo, idiota... No necesito que me cargues como a una muñeca rota —logro murmurar, con la voz áspera y temblorosa, intentando empujar su hombro con torpeza a ciegas—. ¿Cómo demonios supiste dónde buscarme en medio de esta maldita neblina?
—Tuviste la brillante idea de salir a galopar sola con el peor pronóstico del año, y Relámpago regresó solo al establo con la silla ladeada y el susto en los ojos. No hacía falta ser un genio para deducir que estabas tirada en algún barranco —contesta Jayden con esa calma exasperante, ajustando su agarre alrededor de mi cintura para evitar que me lastime más—. Y guárdate los insultos, señorita Darcy. Bastante tengo con lidiar con tu orgullo como para aguantar tus desplantes mientras te estoy salvando la vida.
No respondo. No puedo. El peso de la humillación, sumado a la oscuridad absoluta que me rodea y a la certeza de que este hombre acaba de presenciar mi peor momento de debilidad, me deja sin argumentos. Me limito a apretar los ojos cerrados bajo los párpados inútiles, dejando que el calor de su cuerpo sea lo único que me mantenga a flote mientras caminamos a tientas hacia el refugio.
Una hora después, el mundo se ha reducido al perímetro cálido y cerrado de la salita de estar principal. Damián ha ido por el médico del pueblo vecino —a pesar de mis protestas de que no lo necesitaba—, y en la habitación solo quedamos Jayden y yo. Él ha encendido la chimenea de piedra, y el crepitar de los leños llena el silencio mientras me limpia con sumo cuidado el barro y un hilo de sangre seca que baja por mi mejilla con un paño tibio.
Siento el roce de sus dedos sobre mi piel. Es un contacto extrañamente suave, contradictorio con la rudeza de su trabajo en los potreros. Mis manos se aferran al borde de la manta de lana que me cubre las piernas, mientras mi mente intenta procesar el caos de la tarde.
—Ya basta, Jayden. Sé perfectamente limpiar mi propia cara —mascullo, apartando bruscamente su mano con un movimiento torpe y desviado por culpa de la falta de visión.
Él detiene el movimiento, suspira con pesadez y se cuelga el trapo húmedo entre las manos, sentándose en el borde de la mesita de centro, justo frente a mi sillón. Aunque no puedo ver su rostro con nitidez, distingo su silueta imponente recortada contra el fuego de la chimenea.
—Eres agotadora, Sally. De verdad que no hay tregua contigo —dice con una media sonrisa en la voz, una mezcla de exasperación y una extraña fascinación que me crispa los nervios.
—Y tú eres un entrometido que apareció de la nada en mi hacienda con una excusa barata de peón —le retruco de inmediato, levantando la barbilla con desdén—. Si viniste a regañarme por salir a caballo, te puedes ahorrar el discurso. Ya pagué con creces la novatada.
Jayden se queda en silencio unos segundos. El fuego chisporrotea en la chimenea, iluminando tenuemente la estancia con destellos anaranjados que apenas alcanzan a perfilar su mandíbula cuadrada. Cuando vuelve a hablar, su tono cambia; pierde la ironía habitual y adquiere una gravedad profunda, casi magnética.
—No vine a regañarte. Vine a hablar de negocios... y de nosotros —dice, inclinándose un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Sé lo del testamento de tu padre, Sally. Sé lo de la cláusula de los noventa días, y sé perfectamente por qué publicaste desesperada ese anuncio en el periódico antes de que los vecinos te cerraran las puertas en la cara.
Siento que la sangre se me congela en las venas. El corazón me da un vuelco violento en el pecho. Mis manos se cierran con tanta fuerza sobre la manta que los nudillos se me ponen blancos.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo... cómo sabes eso? —pregunto, sintiendo que el pánico me revuelve el estómago. ¿Vivaldi habrá hablado? ¿Se enteró todo el pueblo?
—Digamos que tengo mis fuentes, y que en un pueblo tan pequeño como Valleblanco los secretos duran menos que un suspiro en la neblina —responde él con total tranquilidad, ignorando mi alteración—. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que estás acorralada. Nadie del pueblo quiere casarse contigo por tu carácter imposible, y el tiempo se te agota para evitar que el patronato te eche a la calle.
—¡Y a ti qué te importa! —estallo, sintiendo una rabia ciega burbujear en mi garganta, intentando levantarme del sillón aunque el dolor en las costillas me hace soltar un gemido ahogado y volver a caer sentada—. ¡No necesito tu compasión, ni tus análisis financieros, ni tus sermones! ¡Si vine a este atolladero es problema mío!
—Escúchame bien, Sally —me interrumpe Jayden con una firmeza implacable, levantándose de golpe y dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una presencia tan abrumadora que casi puedo sentir el calor de su pecho sin necesidad de verlo—. Dame una oportunidad. Cásate conmigo.
La propuesta cae en la habitación como un rayo en medio de una tormenta despejada. Me quedo sin aliento, con los labios medio abiertos, incapaz de emitir un solo sonido. ¿Él? ¿El peón recién llegado que se equivocó de sección en el periódico?
—¿Estás... estás demente? —acierto a murmurar al fin, soltando una risa nerviosa, incrédula y temblorosa—. ¿Casarme contigo? ¡Si ni siquiera sé de dónde vienes, cuál es tu apellido real o por qué diablos apareciste en mi puerta buscando trabajo!
—Piénsalo de forma lógica, Sally —continúa él, ignorando mi estupor y agachándose ligeramente para quedar a la altura de mi rostro, su voz transformándose en un susurro bajo, persuasivo y cargado de una extraña electricidad—. Míralo como un acuerdo comercial perfecto: tú obtienes exactamente lo que quieres —un esposo legal que cumple con los requisitos del testamento para salvar Los Sauces de Bruma y mantenerte a salvo de los buitres de la capital—, y yo gano algo de dinero y estabilidad en estas tierras. ¿Por qué te empeñas en ser tan desconfiada con la única persona que está dispuesta a sacarte del pozo?
Me quedo petrificada, respirando con dificultad. Sus palabras tienen una lógica fría y aplastante, la misma lógica calculadora que mi padre usaba en sus tratos mercantiles. Pero hay algo en la forma en que lo dice, una nota sutil de tensión contenida y un brillo oscuro en sus ojos invisibles para mí, que me dice que esta propuesta no es un simple favor humanitario.
Inclino ligeramente la cabeza hacia adelante, entrecerrando los ojos en su dirección, intentando perforar con la mirada la oscuridad de mi vista para descifrar el verdadero rostro del hombre que tengo enfrente. Mis dedos tiemblan ligeramente sobre la tela de la manta.
—No me engañas, Jayden —susurro, endureciendo la voz, clavando mis ojos ciegos en la dirección donde sé que está su rostro—. Tú quieres algo más. Hay algo oculto detrás de esa fachada de peón servicial y propuestas lógicas. No sé qué es, no sé si buscas la tierra, el apellido o algo peor...
Hago una pausa corta, tragando saliva con dificultad, mientras siento su respiración cerca de la mía, tan intensa que me quema la piel.
—Pero te juro una cosa —concluyo, con una mezcla de desafío y vértigo en el pecho—: Tarde o temprano, voy a descubrir exactamente qué estás tramando.
