Capítulo 6 Capítulo 6: La tregua del humo y las sombras
La luz de la mañana entra a trompicones por los ventanales de la casona, colándose entre los visillos de lino como un polvo dorado que mis ojos apenas logran descifrar. El dolor en las costillas ya no es esa puñalada ardiente de anoche, sino un recordatorio sordo y constante que me obliga a moverme con lentitud, como si caminara sobre cristales rotos. Intento levantarme de la cama, pero el simple hecho de girar el torso me arranca un suspiro de fastidio.
La puerta se abre con un chirrido suave. No necesito mirar para saber quién es; el olor inconfundible a leña mojada, café amargo y a esa colonia seca que parece impregnar cada rincón desde que llegó hace unos días me delata su presencia antes de que cruce el umbral.
Jayden aparece portando una bandeja de madera con una taza humeante y un cuenco de sopa ligera. Su cabello oscuro está revuelto, con algunos mechones húmedos pegados a la frente, como si acabara de terminar una faena pesada en los establos antes del amanecer. Viste su habitual camisa de franela oscura, con las mangas dobladas hasta los antebrazos, mostrando unos brazos musculosos y marcados por cicatrices leves que hablan de una vida de la que no sé absolutamente nada.
—Si viniste a darme otro sermón sobre la imprudencia de montar a caballo con neblina, te sugiero que des media vuelta y dejes la bandeja en el suelo —le digo con voz ronca, cruzando los brazos sobre el pecho mientras me acomodo malamente contra los almohadones, intentando conservar algo de dignidad a pesar de estar despeinada y atrapada en pijama.
Jayden no se inmuta ante mi tono defensivo. Camina con paso firme hasta la mesita de noche, deposita la bandeja con absoluta naturalidad y arrastra la silla de madera para sentarse junto a la cama, exactamente igual que anoche frente a la chimenea. Su expresión es indescifrable, una mezcla de seriedad pétrea y una calma que me exaspera los nervios.
—No vine a darte sermones, Sally. Para eso ya está Damián, que lleva media hora dando vueltas por el patio como un león enjaulado queriendo entrar a ver si sobreviviste a la noche —responde él con voz pausada, tomando la taza y acercándola hacia mí con cuidado—. Bebe esto. Te ayudará con la inflamación de las costillas.
Me quedo mirándolo fijamente, intentando descifrar el trasfondo de sus gestos. Anoche me propuso matrimonio con una frialdad corporativa que rozaba el cinismo, y hoy amanece aquí, actuando como una especie de enfermero taciturno. Es una contradicción andante, un rompecabezas cuyas piezas se niegan a encajar.
Aparto la taza con la mano, reacia a aceptar su ayuda, aunque el aroma del caldo me hace rugir el estómago.
—No necesito que juegues a la enfermera caritativa, Jayden. Y tampoco necesito que intentes comprar mi confianza con atenciones de melodrama barato —le suelto, entornando los ojos en su dirección—. Sigo pensando que tus motivos para estar aquí no son tan limpios como pretendes hacer creer. Nadie cruza medio país, se traga el orgullo de trabajar como peón en una hacienda aislada y le propone matrimonio a una desconocida solo por pura bondad humanitaria. ¿Qué buscas realmente? ¿Dinero? ¿Prestigio? ¿O es que el viejo Vivaldi te envió para vigilarme?
Jayden suspira profundamente. No se altera, ni levanta la voz, ni se defiende con discursos grandilocuentes. Se limita a recargar los codos sobre las rodillas, mirándome con esos ojos oscuros y profundos que parecen guardar secretos capaces de demoler cimientos enteros.
—Ya te lo dije ayer, y te lo repetiré tantas veces como sea necesario para que te entre en la cabeza: vine a trabajar —dice, y hay un matiz de absoluta firmeza en su tono que me descoloca por completo—. No me importa el prestigio de los Darcy, ni las habladurías de la capital, ni los complejos planes que tu mente suspicaz cree que estoy tejiendo en la sombra. Necesitaba un empleo, vi una hacienda con problemas de administración y decidí quedarme. Eso es todo.
—Una respuesta demasiado simple para alguien que llegó con tanta seguridad —replicó de inmediato, entrecerrando los ojos con escepticismo—. Los hombres como tú no simplemente "buscan trabajo" en fincas perdidas en la bruma de Valleblanco. Tienes el porte de alguien acostumbrado a dar órdenes en oficinas alfombradas, no a limpiar establos ni a cargar sacos de grano.
Un destello fugaz, casi imperceptible, cruza por los ojos de Jayden ante mis palabras, pero desaparece tan rápido que dudo haberlo visto. Se reacomoda en la silla, cruzando los brazos con una tranquilidad pasmosa que me revuelve las entrañas.
—Las apariencias engañan, Sally. A veces, las personas escapan de sus propias historias buscando un lugar donde nadie las conozca, donde el pasado no pese tanto en la espalda —murmura él con una sinceridad tan seca que me deja momentáneamente en silencio—. Y créeme, si quisiera hacerle daño a esta hacienda o a ti, la última manera inteligente de hacerlo sería pasarme el día entero reparando cercas bajo la lluvia y cuidando de que no te rompas el otro brazo.
Me quedo callada, sopesando sus palabras. Hay una verdad cruda en su argumento que no puedo rebatir del todo. Si su objetivo fuera destruir Los Sauces de Bruma desde adentro, arriesgarse a salvarme la vida anoche en medio del potrero no encajaría en ninguna estrategia lógica de sabotaje. A menos, claro, que sea un actor de una categoría tan aterradora que su papel requiera extremos peligrosos.
Al ver que no respondo, Jayden se levanta lentamente de la silla, toma la taza de caldo y la deja sobre la mesita de noche, al alcance de mi mano.
—Te dejo descansar. Damián subirá en un rato a revisar los libros de cuentas contigo, así que vete quitando la idea de pasar el día entero en cama compadeciéndote —dice con un atisbo de burla ligera en los labios antes de girarse hacia la puerta—. Ah, y por cierto... sobre lo que hablamos anoche en la salita: piénsalo con la cabeza fría, no con el orgullo. El plazo de los noventa días del testamento sigue corriendo, y yo sigo siendo la única opción lógica sobre la mesa.
Sin darme oportunidad de replicar sus últimas palabras, Jayden cruza el umbral y cierra la puerta con suavidad, dejándome a solas con mis pensamientos, el crujir de la madera vieja y el persistente aroma a leña y café que parece haberse instalado en mi habitación como un recordatorio permanente de su presencia.
Me recuesto despacio contra las almohadas, sintiendo una punzada de frustración mezclada con una desconcertante curiosidad. Este hombre no vino con intenciones románticas, ni con promesas dulces de amor eterno; se comporta más bien como un aliado incómodo, un compañero de trinchera que me mira sin compasión pero que no me deja caer. Y eso, precisamente eso, es lo que lo vuelve infinitamente más peligroso para mis defensas de lo que jamás admitiría en voz alta.
