Capítulo 3 Calor y Descontrol

Luego estaba Chloe allí, sintiendo ganas de llorar porque estaba allí en el departamento compartido con su madre y ahora tendría que abandonarlo; eso era una de las partes del proceso que realmente le dolía.

Solo ocupó dos maletas para llevar todo lo importante y salió de allí, sabiendo que en poco tiempo alguien pasaría por ella.

Mientras, Chloe era recogida por uno de los tantos choferes que contrataba Damian, él estaba desde su imponente Penthouse mientras sostenía una copa de Whisky en su mano y mantenía la otra mano dentro del bolsillo. Intentaba descubrir en medio de toda aquella contradicción, ¿por qué no dejaba de pensar en ella?

Esos pensamientos fueron interrumpidos cuando ella finalmente había llegado y se encontraba en el centro de aquel salón, a su lado dos maletas grandes.

—He llegado —anunció cuando él apenas se percató.

—Tus cosas ya están en la habitación de huéspedes, Así que no entiendo por qué has traído dos maletas —señaló sin mirarla, acercándose Poco después al sofá oscuro mientras depositaba aquel vaso sobre la mesa de centro —. No quiero ver ropa tuya desordenada en las áreas comunes. Mi rutina no va a cambiar en nada por tu presencia aquí.

Chloe sostuvo su bolso de mano con ambas manos, manteniendo el mentón erguido a pesar del cansancio que le pesaba en los hombros.

—No tiene que preocuparse, señor Kingsman. Sé perfectamente cuál es mi lugar en este contrato. No estorbaré.

—Damian —corrigió él de golpe, girándose para clavarle una mirada oscura—. Ante la prensa, los empleados y, sobre todo, ante mi padre, tendrás que llamarme por mi nombre. La junta revisará cada detalle de nuestras vidas este mes, y no pienso perder la presidencia porque se note que ni siquiera soportas pronunciar mi nombre.

—Como digas... Damian.

Él apretó la mandíbula, molesto por la calma con la que ella respondía a sus ataques. Acostumbrado a que todo el mundo temblara ante su presencia en la corporación hotelera, la dignidad de Chloe empezaba a irritarlo de una forma que no lograba comprender.

Ella era diferente.

Los días siguientes transcurrieron en una calma extraña. Chloe pasaba la mayor parte del tiempo cuidando a su madre en la clínica durante el día y buscando trabajos independientes por las noches desde su habitación. Evitaba al máximo los espacios comunes para no cruzarse con Damian, quien trabajaba hasta altas horas de la madrugada en los negocios del hotel.

Sin embargo, la convivencia forzada comenzó a asfixiarla.

Una noche, cerca de las dos de la mañana, cuando la lluvia azotaba las ventanas. Damian regresó de una agotadora reunión con inversores extranjeros, con la corbata deshecha y el dolor de cabeza retumbándole en las sienes. El proyecto en el que estaba trabajando casi fue filtrado, realmente estaba aturdido con tanto trabajo.

Se dio una ducha y moría de hambre, al final fue a la cocina. Se detuvo abruptamente, al darse cuenta de que allí estaba ella.

Chloe estaba de pie junto a la barra, vistiendo un sencillo vestido de dormir de algodón que le llegaba por debajo de las rodillas. Llevaba el cabello suelto, cayéndole en suaves ondas sobre la espalda, y sostenía una taza humeante entre las manos. Parecía ajena a su presencia, observando la lluvia caer contra la ciudad iluminada.

Por un segundo, el aliento de Damian se detuvo. Sin el maquillaje ni la ropa formal con la que la veía habitualmente, la belleza pura y natural de Chloe lo golpeó directo en el pecho. Ella se veía tan hermosa, de una forma que no podía entender cómo lo hacía sentir tan atrapado.

Entonces ella se dio cuenta de su presencia y dio un respingo por la sorpresa.

—Damian...

—¿Qué haces despierta a estas horas? — cuestionó con la voz más rasposa de lo normal, actuando como si nada.

Chloe dio un pequeño salto, sorprendida, y se giró rápidamente, cubriéndose el pecho de forma instintiva.

—No podía dormir por la tormenta —explicó tragando duro —. Por cierto, ¿no has cenado? Preparé comida para cenar y he guardado un poco.

Damian frunció el ceño, sintiendo una extraña desconfianza y un calor desconocido extendiéndose por su estómago.

—No necesito que actúes como una esposa servicial, Chloe. No te pagué para que me cuides. ¿Qué intentas hacer? —cuestionó casi en un gruñido.

Chloe dejó escapar un suspiro cansado y bajó la mirada a su taza.

—No es lo que parece. Sea lo que sea que estés pensando, solo estás equivocado... intento hacer lo que cualquier otra persona haría si ve a otro exhausto y hambriento. Trabajaste demasiado y eso no está bien, a este ritmo terminarás enfermándote. Come un poco.

Esa respuesta fue la gota que derramó el vaso.

Damian avanzó a pasos agigantados hacia ella, acortando la distancia hasta acorralarla contra el borde de la barra de mármol. De golpe el olor costoso de su perfume envolvió a Chloe de inmediato. Ella contuvo la respiración, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del magnate.

—¿Crees que me conoces? —murmuró él, inclinándose sobre ella con la mirada ardiendo en una mezcla de frustración y un deseo repentino e incontrolable—. Crees que porque vives bajo mi techo y conoces mis horarios tienes derecho a opinar sobre mi vida.

—Déjame pasar, Damian —susurró Chloe, aunque la firmeza de su voz se quebró ligeramente al sentir la cercanía de sus labios.

—Tú fuiste la que firmó el papel, Chloe —señaló, bajando la voz a un tono grave que le erizó la piel—. Dijiste que no te interesaba nada de mi mundo... pero empiezas a actuar como si te interesara, es ridículo, deja de hacerlo.

—Tú dijiste que jamás me tocarías —le recordó ella, apretando las manos contra el borde de la barra para no ceder ante el temblor de sus piernas—. Fue tu propia promesa. Entonces... ¿Por qué me tocas?

Damian bajó la mirada hacia los labios de Chloe, que entreabiertos dejaban escapar un aliento acelerado. El autocontrol implacable del que tanto se enorgullecía se agrietó por completo. La combinación del estrés, el cansancio y la presencia hipnotizante de la mujer a la que se había jurado ignorar borró cualquier rastro de lógica en su cabeza.

—Las promesas en los negocios —susurró Damian, sujetándola de la cintura y pegándola a su cuerpo— se rompen cuando la tentación es demasiado alta.

Antes de que Chloe pudiera responder o protestar, Damian inclinó la cabeza y capturó sus labios en un beso hambriento, apasionado y lleno de una tensión que ya no era una amenaza porque ya los había consumido.

La arrastró hacia él con una fuerza que le quitó el aire. Chloe se derritió contra su pecho, respondiendo con la misma urgencia implacable, guiada por un pulso errático y salvaje. Bocas urgentes, dientes que rozaron la piel, y las manos de él marcando su territorio en las caderas de ella. Ya no había vuelta atrás. La noche se cerró sobre ellos, asfixiada por el calor de un deseo que llevaba demasiado tiempo atrapado.

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