Capítulo 6 Palabras Despiadadas

Sus palabras aún seguían rebotando contra las paredes de la habitación, afiladas, frías y despiadadas, tal como las había escupido Damian al otro lado de la puerta de su estudio.

«—Sé directo, di que no quieres un heredero que lleve el apellido Jones, y está bien, padre, me causa repulsión de solo imaginarlo. Si ella me dijera que está embarazada, me encargaría de inmediato de resolver ese problema.»

El pecho de Chloe se contrajo con tanta fuerza que le costó respirar. Sus ojos verdes, llenos de lágrimas y de pura impotencia, se cerraron con fuerza mientras sus manos temblaban de los pies a la cabeza. El pánico la asfixiaba, convirtiéndose en un nudo doloroso en el estómago.

«Me encargaría de inmediato de resolver ese problema». Esa frase era una sentencia de muerte para su hijo. Si Damian llegaba a descubrir que estaba esperando un bebé, cumpliría su amenaza sin vacilar, viendo a la criatura como un estorbo que debía ser borrado. Pero ella jamás se lo permitiría; pese a todo el terror que le comprimía el alma, no se desharía de su bebé.

Instintivamente, con un movimiento protector y desesperado, bajó la mano y la posó sobre su vientre de forma firme, aferrándose a su propia cintura mientras sentía que todo a su alrededor le daba vueltas.

Se obligó a ponerse de pie, caminando de un lado a otro sobre la costosa alfombra con el paso errático de un animal acorralado. Tenía que pensar en algo, trazar un plan. Pero cada vez que su mente buscaba una salida, la realidad la golpeaba como un muro de concreto: su madre.

¿Cómo podía simplemente huir y romper el matrimonio cuando Anastasia dependía enteramente de los tratamientos oncológicos, los médicos especialistas y los recursos que los Kingsman pagaban? Si ella rompía la unión ahora mismo, dejaría a su madre a la deriva y a merced de la furia de la familia.

Se sentía atrapada entre la espada y la pared, asfixiada por un aire que se negaba a llegar a sus pulmones. Sin poder sostenerse un segundo más, se dejó caer sobre la cama, convencida de que el insomnio sería su único carcelero durante esa noche interminable.

Y entonces, en medio de la tormenta de angustia, un sonido sordo y extraño rompió el silencio de la alcoba.

Su estómago rugió.

No era un hambre voraz, sino ese vacío repentino y exigente que solo una madre que empieza a nutrir una nueva vida puede experimentar. Se quedó en silencio, parpadeando con desconcierto ante la cruda contradicción de su propio cuerpo: el mundo se estaba desmoronando a su alrededor, pero su bebé le exigía que resistiera.

Tres toques en seco se escucharon de improviso contra la madera de la puerta.

El sonido la hizo dar un respingo, un latigazo de adrenalina pura que le recorrió la columna. Con las piernas temblorosas, terminó levantándose de la cama de forma desequilibrada, negándose internamente a girar el picaporte.

No quería que la vieran en ese estado, deshecha, con el rastro de las lágrimas aún evidente en las mejillas. No quería dar explicaciones de ningún tipo, y menos a él.

Y cuando la voz de Damian atravesó el umbral, grave y autoritaria, toda la situación se tornó insoportable.

—Sé que estás ahí, Chloe. Abre la puerta.

—No... no, estoy cansada, voy a dormir —soltó ella casi titubeando, intentando que su voz sonara firme, aunque el temblor la delataba.

Al otro lado, se escuchó cómo el hombre exhalaba ruidosamente, una exhalación pesada y deliberada, diseñada para que ella notara su impaciencia.

—¿No vas a cenar? —cuestionó él.

Chloe se apresuró a responder, ateniéndose a la primera mentira que cruzó por su mente.

—Ya... ya he cenado, así que voy a dormir.

Damian empezó a reírse, seco y burlón, de algún modo la hizo estremecer.

—Estás mintiéndome en la cara. Estoy informado de todo lo que pasa aquí, sé perfectamente que no has tocado la cena —replicó Damian, su tono volviéndose más afilado—. ¿No te dije que odio las mentiras?

Por dentro, el impulso la consumía. Quería abrir la puerta de golpe y gritarle en la cara, descargar toda la furia acumulada, decirle casi de un puñetazo que su vida no era su maldito problema, que si comía o no era asunto suyo, y que no había ninguna razón para que fingiera una preocupación que contradecía cada palabra cruel que él mismo había pronunciado horas antes.

Pero se contuvo. Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula, y se quedó en completo silencio, tragándose la rabia a regañadientes mientras aquel encierro se sentía igual de asfixiante. 

Al otro lado de la puerta, un gruñido áspero y gutural se escuchó en la puerta antes de que Damian escupiera con desprecio.

—Haz lo que te dé la gana.

Se escucharon sus pisadas poco a poco alejándose por el pasillo, seguidas por el portazo seco con el que se encerró en su propia habitación.

En la oscuridad de su habitación, Damian se quedó de pie en medio del silencio, con los músculos de la mandíbula tensos y la frustración quemándole las entrañas sin que entendiera del todo por qué.

Sus dedos buscaron por puro instinto la muñeca, encontrando la fría superficie metálica de su costoso reloj. Empezó a juguetear con la hebilla de la correa, deslizándola una y otra vez con movimientos mecánicos y cortantes, la misma y única broma que su cuerpo hacía cuando el estrés lo ahogaba y sentía que perdía el control de la situación.

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